- La enigmática construcción romana de 2000 años que Sevilla mantiene en el olvido y en riesgo de desaparición
- El impresionante parque de Sevilla que es casi tan grande como la pedanía a la que pertenece
A medio camino entre la campiña y las marismas, en el término municipal de Las Cabezas de San Juan, se esconde un pequeño núcleo de Sevilla con un nombre que suena solemne: Sacramento. Quien lo visite por primera vez puede pensar que se trata de un pueblo cualquiera, pero en realidad es uno de los poblados de colonización que el Estado impulsó en los años 60 para reorganizar el campo andaluz y ofrecer vivienda a familias agricultoras.
Su historia comienza en 1965, cuando el urbanista Fernando de Terán diseñó sobre plano un pueblo entero. La traza fue ortogonal, con el rigor de las «súpermanzanas» modernas, pero salpicada de plazas que daban aire y vida al conjunto: la de la Iglesia, la del Cine, la del Mar Menor o la del Paso. En torno a ellas se levantaron casas blancas de una y dos plantas, sencillas y funcionales, pensadas para resistir el calor con soportales y sombras.
La iglesia de Sacramento, con su rosetón y su espadaña, se convirtió en el corazón simbólico de la comunidad. Frente a ella, los vecinos encontraban la plaza como punto de encuentro, demostrando que el urbanismo planificado podía también crear espacios de convivencia. A día de hoy, con apenas dos centenares de habitantes, Sacramento conserva buena parte de aquella fisonomía original, lo que le ha valido estar catalogado como enclave de interés cultural.
Lo curioso es que Sacramento no tiene siglos de historia ni leyendas medievales que contar. Es un pueblo nacido de la nada hace apenas seis décadas, fruto de la ingeniería social y agraria del franquismo, y que aún mantiene viva la memoria de aquella época en sus calles cuadriculadas y su arquitectura sobria. En un tiempo en el que tantos pueblos desaparecen, Sacramento recuerda que también hubo lugares creados ex profeso para poblar un territorio, como un experimento que se volvió hogar.
