Entre El Cuervo de Sevilla y Jerez de la Frontera se esconde un lugar que durante años parecía condenado al olvido, pero que hoy vuelve a brillar como uno de los mayores humedales endorreicos de Andalucía: la Laguna de los Tollos.

Durante siglos fue un auténtico oasis para aves migratorias y especies acuáticas, hasta que la explotación minera de sulfato de cobre en el siglo XX alteró de manera drástica su ecosistema. La actividad degradó el entorno y puso en serio riesgo la supervivencia de la laguna, que pasó de ser un refugio natural a un espacio contaminado y sin vida.

El giro llegó con los proyectos de restauración ambiental impulsados en las últimas décadas. Gracias a ellos, el paraje ha recuperado buena parte de su esplendor y hoy forma parte de la Red Natura 2000, catalogado como Zona de Especial Conservación y Zona de Especial Protección para las Aves. La biodiversidad ha regresado, y con ella el color de los flamencos, el vuelo de las cigüeñuelas, los zambullidos de los zampullines y la presencia de anátidas en sus viajes migratorios.

La laguna ofrece dos caras de una misma belleza: al amanecer, el visitante se encuentra con un escenario silencioso y sereno, en el que las aves comienzan su actividad entre los reflejos suaves de la primera luz del día. Es el momento idóneo para la observación ornitológica y para quienes buscan calma en contacto con la naturaleza. Al atardecer, en cambio, el paisaje se transforma en un espectáculo visual: el sol desciende tras el horizonte y tiñe el cielo de tonos dorados y rojizos que se reflejan en el agua, creando un ambiente perfecto para la contemplación y la fotografía.

Hoy, senderos y miradores permiten adentrarse en este resurgir. La Laguna de los Tollos no solo es un espacio natural recuperado, sino también un ejemplo de cómo la naturaleza puede renacer con ayuda y compromiso. Un lugar que invita a pasear, a detenerse en el tiempo y a recordar que cuidar lo que nos rodea es también cuidar de nosotros mismos.