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En lo alto de Castilblanco de los Arroyos, entre encinas y alcornoques de Sierra Morena, se levanta un templo humilde que, sin embargo, guarda un tesoro que mueve a miles de personas cada año: la Ermita de San Benito Abad. A primera vista, su arquitectura sencilla puede parecer la de cualquier capilla rural andaluza, pero basta pasar unos minutos en sus alrededores para entender que este lugar late con fuerza propia.
San Benito Abad no es solo el patrón de Castilblanco, sino también su alcalde perpetuo, título honorífico que muestra la devoción de un pueblo hacia el santo. Cada mes de julio, la localidad se transforma: las calles se engalanan, los tamborileros marcan el ritmo y los peregrinos emprenden el camino hacia la ermita para celebrar una de las romerías más singulares de la provincia de Sevilla.
La sala de los milagros
Uno de los rincones más curiosos del recinto son las conocidas “salas de los milagros”. Allí, los fieles dejan exvotos de todo tipo: muletas, fotografías, objetos personales… pequeñas ofrendas que narran historias de promesas cumplidas y favores concedidos. Es un museo vivo de la fe popular, donde cada objeto tiene detrás un relato de gratitud.
La devoción a San Benito trasciende las fronteras de Castilblanco. Existen hermandades filiales en numerosos municipios sevillanos —como Cantillana, Brenes o Tocina—, lo que convierte a la ermita en un punto de encuentro para gentes de toda la provincia. De hecho, no es raro ver cada fin de semana a grupos de devotos visitando el lugar, ya sea para cumplir promesas o simplemente para disfrutar de la serenidad del entorno.
Naturaleza y espiritualidad de la mano
Además de su valor religioso, la ermita ofrece algo que no todos los santuarios tienen: un entorno natural privilegiado. Situada en las estribaciones de Sierra Morena y cerca del río Viar, la visita se convierte en una experiencia doble: espiritual y paisajística. El sonido de las campanas se mezcla con el canto de los pájaros y el murmullo de los peregrinos, componiendo una estampa que parece sacada de otro tiempo.
Quizá lo más llamativo de la Ermita de San Benito Abad es que, a pesar de no ser un edificio monumental, se ha convertido en epicentro de la devoción en la provincia de Sevilla. Un templo que recuerda que la grandeza de un lugar no siempre se mide en su tamaño o su ornamento, sino en el fervor de quienes lo mantienen vivo.
