En una ciudad acostumbrada a ver a sus vírgenes en andas como Sevilla, con la mirada baja y el rostro sereno bajo un palio, existe otra forma de representación mariana mucho menos conocida, pero igual de cargada de simbolismo: las vírgenes dormidas.
Estas imágenes muestran a la Virgen María en el instante de su Dormición o Tránsito, es decir, el momento en que, según la tradición, su alma se separa del cuerpo antes de ser elevada al cielo en la Asunción. En ellas, María aparece recostada, con los ojos cerrados, las manos cruzadas sobre el pecho y vestida con ricos tejidos. Es una escena que no busca el dramatismo de la Pasión, sino la serenidad de un sueño que anuncia la vida eterna.
En Sevilla, varias iglesias y conventos custodian estas piezas, que rara vez salen a la luz. La Virgen Dormida de la Catedral, atribuida a Pedro Duque Cornejo, es una de las más célebres, expuesta solo en determinadas fechas. También destaca la de la parroquia de San Isidoro, delicada y recogida, así como las que se guardan en conventos como Santa Paula o San Clemente, verdaderos tesoros del barroco sevillano.
Su momento de mayor protagonismo llega cada agosto, coincidiendo con la festividad de la Asunción. Durante esos días, se colocan en altares especiales, a menudo rodeadas de flores blancas, velas y un silencio devoto. Quien se detiene a contemplarlas descubre una Sevilla menos bulliciosa, donde el arte y la fe reposan juntos.
Las vírgenes dormidas no procesionan por las calles ni son objeto de grandes titulares, pero siguen siendo una joya escondida de la imaginería hispalense, capaces de transmitir una belleza sosegada que sobrevive al paso de los siglos.
