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Pocos sevillanos imaginan que, entre huertos urbanos y paseos familiares, se esconde un testigo milenario de la historia rural de la ciudad. En la zona norte de Sevilla, en el entorno del Parque de Miraflores, se encuentra uno de los enclaves arqueológicos más singulares y menos conocidos de la ciudad: el yacimiento del Cortijo de Miraflores y la Huerta de la Albarrana. Un lugar que ha acumulado más de dos mil años de memoria entre vestigios romanos, estructuras islámicas y elementos de arquitectura agrícola moderna.
Este conjunto arqueológico, declarado Bien de Interés Cultural por la Junta de Andalucía en 1996, es mucho más que una zona protegida: es un verdadero palimpsesto histórico. En él se han identificado los restos de una villa romana del siglo I a. C., posiblemente dedicada al cultivo de cereal y vid, así como a la producción de aceite y vino para la cercana Hispalis. Sus cimientos y materiales constructivos han sobrevivido lo suficiente como para confirmar la existencia de una intensa actividad agrícola desde tiempos imperiales.
Pero el recorrido por la historia no se detiene ahí. En la Edad Media, sobre esta misma finca, se alzó una torre almohade entre los siglos XII y XIII, que aún se conserva integrada en el actual cortijo. Esta estructura defensiva rural recuerda la importancia de la red agrícola y de control territorial en la Sevilla islámica. Más adelante, ya en la Edad Moderna, la propiedad fue transformándose en una finca agrícola activa con elementos renacentistas, edificios del siglo XV y XVI y hasta un molino de aceite del siglo XVIII, ejemplo de la arquitectura funcional y rural andaluza.
Uno de los aspectos más destacados del yacimiento es su sistema hidráulico. Desde antiguos pozos y norias medievales hasta galerías subterráneas que llevaban agua al Hospital de las Cinco Llagas, este espacio demuestra la sofisticación con la que se gestionaba el agua en las fincas sevillanas. Además, aún se conservan arcos del puente sobre el arroyo Tagarete, construidos entre los siglos XV y XVII, que conectaban las huertas y facilitaban el acceso desde otros caminos históricos.
Este rincón histórico, aunque integrado en un parque urbano, conserva la esencia de un paisaje agrícola milenario. La Huerta de la Albarrana, que da nombre a parte del enclave, fue concedida en 1285 al convento de Santa Clara y durante siglos abasteció de alimentos y agua a instituciones y vecinos de la ciudad. Hoy, es parte de la memoria rural de Sevilla, viva en las estructuras, en la tierra y en los usos sociales que aún perviven entre los huertos vecinales de Miraflores.
Aunque se encuentra a apenas 2,5 kilómetros del centro histórico de la ciudad, este espacio sigue pasando desapercibido para la mayoría. Sin embargo, el Cortijo de Miraflores y su entorno no solo son una joya arqueológica, sino también un ejemplo de cómo la Sevilla moderna convive, muchas veces sin saberlo, con capas de historia que aún laten bajo sus pies.
