(Continuación) Por ir acabando, unos detalles más sobre nuestro hombre, el lugar donde vivió y el extraordinario siglo que le tocó vivir, una época en las que grandes navegantes y descubridores vieron la luz, siendo España la patria donde nacieron y Sevilla la ciudad desde donde partieron y a veces volvieron tras realizar aquellas grandes proezas marineras; el α y el ω de los Descubrimientos.

‘Alfa’ y ‘Omega’

Sin embargo, ese no es el caso de Medina, él fue un hombre de tierra firme que ha permanecido en la sombra de esta historia a lo largo del tiempo a pesar de haber jugado un papel imprescindible en ella gracias a sus aportaciones y logros científicos, su grano de arena en la cimentación y desarrollo de la navegación europea. A su favor en este desempeño jugaron aquel ánimo innovador suyo tan repleto de entusiasmo didáctico y, por supuesto, los eruditos conocimientos que poseía al respecto, pero evidentemente era humano y por tanto falible. Me explico. Aunque consiguió corregir los errores de las cartas de marear de la familia Gutiérrez, recuerde, protegida del piloto mayor Sebastián Caboto, mantuvo sin embargo una postura poco flexible en cuanto al fenómeno de la “variación de la aguja de marear”. Sostuvo inflexible su opinión contraria a la existencia del mismo, incluso cuando ya había sido aceptado por otros cosmógrafos españoles, alegando que no existían suficientes pruebas y carecer de experiencia propia sobre el mismo. Alfa y omega del hombre.

Algo de física y gramática bachillera

Sin entrar en profundidades le expongo algunas notas sobre la citada aguja de marear y su variación. De ésta recordarle que no es más que lo que conocemos en la actualidad como declinación magnética, la diferencia que existe en un punto de la Tierra entre el norte geográfico (NG) y el indicado por una brújula, el norte magnético (NM). Y del nombre del instrumento, también conocido como aguja náutica, decirle que es una antigua expresión utilizada en el ambiente marinero para la brújula, aparato destinado a registrar la dirección de la quilla con respecto a la línea norte-sur del horizonte y con el que se hace seguir a la embarcación el rumbo preciso para ir de un punto a otro. Una aguja imantada suspendida sobre una Rosa de los vientos que nos indica la dirección del norte magnético, una forma más de determinar el rumbo y mantener una dirección constante durante la navegación que nos permite orientarnos en el mar y, en ocasiones, también en superficies terrestres. Ya que estamos didascálicos, añadir que la expresión “aguja de marear” también tiene otra acepción, ésta en sentido figurado, para referirse ‘a la capacidad de alguien para orientarse o tomar decisiones en situaciones complejas’; una manera de describir a alguien que tiene cierta habilidad para desenvolverse en situaciones difíciles o para tomar decisiones acertadas. En definitiva, “aguja de marear”, bien como un instrumento esencial de navegación o bien como una metáfora de la humana capacidad de orientación y habilidad para tomar decisiones.

Un hombre del Renacimiento

Pedro de Medina, del que no le había dicho que está sepultado en la sevillana iglesia de San Lorenzo, además de cartógrafo hábil y minucioso, avezado astrónomo, probado matemático, geógrafo eficiente y un válido asesor del Consejo de Indias, fue también un enamorado historiador de la historia de España. Así que estamos ante todo un polígrafo español del Renacimiento, un humanista pleno, un hombre que influyó notablemente en todas las expediciones marítimas de su época y posteriores, marcando un antes y un después con sus famosos manuales en el arte de marear. Toda una personalidad y un hombre de su tiempo que como científico merece ser conocido y reconocido por sus aportaciones en todo aquello que significó el siglo XVI en la era de los descubrimientos y la navegación por mares y océanos. Sirvan estas sevillanas líneas como una discreta mención y sencillo reconocimiento para carrera tan meritoria y significante.

Adenda callejera

Por cierto, y hablando de reconocimientos, un pajarito me avisa de la existencia unos nexos callejeros sevillanos, próximos en historia éste, que no me privo de ponerle negro sobre blanco. Curiosamente, o no, todos ellos están en la orilla de poniente del río Guadalquivir, la del arrabal trianero: uno es la calle Pedro de Mendoza; otro, la calle Juan Díaz de Solís; y esto otro, la calle Sebastián Cabot, uno de los rivales de Medina. Dejo estos flecos sueltos para hilvanarlos en otra mejor ocasión.