Sevilla volvió a vestirse de Pascua. Como cada año, la Hermandad de la Sagrada Resurrección cerró la Semana Santa con su mensaje único: el triunfo de la vida sobre la muerte. La mañana del Domingo de Resurrección estalló en luz sobre Santa Marina, y a las 8:58 horas se abrían sus puertas para que la cruz de guía anunciara el gozo. Apenas diez minutos después, el Señor de la Sagrada Resurrección ponía sus sandalias en la calle San Luis, mientras en el interior comenzaban los sones que levantarían a Nuestra Señora de la Aurora. A las 9:27, la Virgen se asomaba al dintel del templo, bañada por la claridad de la mañana.

Desde ese instante, la cofradía tejió una jornada plena de símbolos, emociones y belleza. La marcha Luz de Luz se estrenaba en la calle Infantes, y en San Blas se despedía con los sones de El Cachorro. El paso por Monte-Sión volvió a ser uno de los momentos más íntimos del recorrido, marcado por la fraternidad entre hermandades. Más adelante, la Carrera Oficial ofreció estampas inolvidables: la Virgen cruzando la Alameda bajo los rayos del sol, el Señor asomando a la Campana, los nazarenos blancos abriéndose paso por Trajano, y una sentida levantá en Sierpes en honor a la familia del recordado Miguel Loreto.

Con solemnidad y ritmo acompasado, la hermandad avanzó hasta la Catedral. El Señor entraba por San Miguel a las 12:25 y salía por la Puerta de Palos apenas diecisiete minutos después, mientras la Virgen le seguía los pasos entre marchas centenarias como La Estrella Sublime. La Cuesta del Bacalao volvió a desbordar de júbilo con ambos pasos, en un tránsito que tuvo su eco también en las calles Placentines, Cardenal Amigo o Francos, donde llovieron pétalos al paso de la Reina de Santa Marina.

La emoción se hizo oración al llegar al entorno de Santa Inés, donde las monjas dedicaron cánticos al Señor y la Virgen. Desde allí, la hermandad se encaminó hacia el último tramo de su recorrido, con la alegría contenida de los que saben que han vivido algo único. La Plaza de San Marcos, la visita a La Salle-La Purísima o la llegada a la Alfalfa fueron los últimos latidos de una mañana que ya era tarde, pero que aún conservaba el resplandor de la primera hora.

A las 15:37, el Señor de la Resurrección cruzaba de nuevo el umbral de Santa Marina. Cincuenta y tres minutos más tarde, lo hacía la Virgen de la Aurora, cerrando con dulzura y solemnidad el último capítulo de la Semana Santa. No hubo saetas rotas ni lamentos de despedida: solo luz, música y esperanza. Porque la Resurrección no es un final, sino un principio.