La Torre del Oro.
La Torre del Oro.

El paisaje urbano de Sevilla esconde, bajo sus calles, la huella de un arroyo que durante siglos fue crucial para la ciudad: el Tagarete. Hoy es prácticamente invisible, pero en el pasado delineó fronteras, protagonizó problemas sanitarios e inspiró leyendas. Nacía en la comarca de Los Alcores, entre El Viso del Alcor y Carmona, donde era conocido originalmente como arroyo Miraflores.

Al aproximarse a Sevilla, tomaba el nombre de Tagarete, atravesando la huerta de Miraflores (hoy integrada en el Parque de Miraflores). Desde allí entraba en la ciudad por la actual calle Arroyo – llamada así precisamente por este cauce – y discurría paralelo a las antiguas murallas por el flanco oriental de la ciudad​.

Tras rodear extramuros los barrios de San Roque y La Calzada, pasaba entre la Real Fábrica de Tabacos (actual Universidad de Sevilla) y el recinto del Alcázar, siguiendo aproximadamente el trazado de la actual calle San Fernando​. Finalmente, se unía al río Guadalquivir a la altura de la Torre del Oro, marcando allí su desembocadura​.

Aún hoy, si uno se fija en la orilla junto a la Torre del Oro, puede ver una estructura de drenaje que corresponde a la antigua salida del Tagarete​. De norte a sur, este modesto río atravesaba huertas y arrabales, bordeando Sevilla casi por completo. Su curso, en combinación con el Guadalquivir al lado opuesto, convirtió prácticamente a Sevilla en una isla durante mucho tiempo​.

Curso del antiguo arroyo Tagarete.

Un arroyo con importancia histórica

Durante la época medieval y moderna, el Tagarete funcionó como un foso natural que reforzaba la defensa de Sevilla por el este​. Transcurría adosado a la muralla, de manera que varias puertas de la ciudad (entre ellas la de Carmona, la de la Carne, la Puerta de Jerez o la desaparecida Puerta Nueva) tenían puentes o pasos asociados para salvar el arroyo​.

De hecho, además del gran Guadalquivir al occidente, este arroyo al oriente delimitaba la Sevilla histórica, sirviendo de frontera natural. Fuera del recinto amurallado, en sus orillas surgieron arrabales tradicionales – barrios como San Bernardo, San Roque o La Calzada – cuyos habitantes se asentaban allí atraídos por la disponibilidad de agua y tierras fértiles en la vega del arroyo​.

Las crónicas describen que el Tagarete era un arroyo de caudal modesto: en los meses secos podía incluso vadearse, mientras que en invierno requería cruzarlo por pequeños puentes de piedra, conocidos como alcantarillas.​

Varios de estos antiguos puentes existieron a lo largo de su trayecto – como la Alcantarilla de las Madejas en la Calzada o la de San Bernardo – permitiendo el paso sobre sus aguas. Con el tiempo, estas estructuras dieron lugar a curiosas toponimias y leyendas: por ejemplo, la «Virgen de las Madejas» (una imagen que presidía el acueducto de los Caños de Carmona en el punto donde cruzaba el Tagarete) debe su nombre a la iconografía del famoso NO8DO de Sevilla, el «No me ha dejado», que aparece como una madeja de hilo en el escudo de la ciudad.

Inundaciones y problemas sanitarios

Pese a su modesto caudal, el Tagarete no estaba exento de causar estragos. Sus aguas inundaban con frecuencia las zonas bajas extramuros, anegando áreas como la antigua huerta de Santa Justa (hoy entorno de la estación de tren) y el Prado de San Sebastián, e incluso afectando a barrios adyacentes​.

En ocasiones, era el propio Guadalquivir crecido el que retroalimentaba al arroyo: durante fuertes crecidas del río principal, el exceso de agua se colaba al cauce del Tagarete y provocaba desbordamientos adicionales​. Estos constantes anegamientos convertían los alrededores del arroyo en zonas insalubres.

El estancamiento estival del Tagarete acarreaba problemas de salubridad. En los meses de calor sus aguas quedaban reducidas a charcas inmóviles que desprendían hedor y se convertían en caldo de cultivo de enfermedades. No en vano, las crónicas del siglo XIX lo describen como foco de epidemias veraniegas​

El Tagarete llegó a ser considerado un «arroyo inmundo» por los sevillanos de la época, temido por sus pestilencias. En un tiempo en que la ciudad empezaba a tomar conciencia higiénica, este curso de agua se veía cada vez más como una amenaza que como un recurso.

Las autoridades finalmente tomaron cartas en el asunto. A mediados del siglo XIX comenzaron las primeras obras de saneamiento: en 1849 se encauzó y entubó un tramo del Tagarete (especialmente en la zona próxima a la Fábrica de Tabacos y la calle San Fernando)​

Décadas después, la modernización urbana llevó a planeamientos más ambiciosos. Con motivo de la Exposición Iberoamericana de 1929 se decidió desviar por completo el cauce del Tagarete fuera del casco urbano, canalizándolo hacia el arroyo Tamarguillo al sureste de la ciudad​

El objetivo declarado era alejar definitivamente aquel foco de inundaciones y enfermedades del corazón de Sevilla​. El viejo arroyo, que tanto había condicionado la geografía urbana, empezaba así a desaparecer de la vista.

Soterramiento y legado oculto

Tras su desvío en 1929, el Tagarete dejó de correr por la superficie de Sevilla. Su antiguo cauce fue progresivamente soterrado y rellenado, permitiendo que sobre él se abrieran nuevas calles y espacios antes impracticables. Barrios extramuros que durante siglos estuvieron limitados por la zanja del arroyo quedaron por fin conectados con el centro. Por ejemplo, la apertura de vías como la Ronda del Tamarguillo y la urbanización de la zona este de la ciudad en el siglo XX fueron posibles gracias a la desaparición del Tagarete de la superficie.

Aunque oculto, el Tagarete no desapareció por completo. Gran parte de su curso sigue existiendo bajo tierra, reconvertido en colectores de agua y desagües. En la década de 1960, nuevas obras de ingeniería hidráulica separaron de nuevo las aguas del Tagarete de las del Tamarguillo, encauzándolas en un ramal subterráneo propio en el norte de la ciudad​.

Así, irónicamente, el Tagarete continúa fluyendo bajo Sevilla con otro nombre y forma, cumpliendo aún su histórico papel de marcar el límite urbano, aunque ya nadie lo vea. Hoy, las huellas visibles del arroyo son escasas pero evocadoras. En el Parque de Miraflores, al norte, se ha reconstruido un pequeño tramo de su antiguo cauce a modo de recuerdo vivo​

Allí incluso se restauró un viejo puente de piedra (la Alcantarilla de Miraflores) que permite imaginar cómo era cruzar el Tagarete siglos atrás. Y en la ribera del Guadalquivir, junto a la Torre del Oro, la boca oscura de un conducto recuerda que bajo ese punto la corriente del Tagarete se unía al gran río sevillano.