En este mes de noviembre se celebra el día uno, el Día de todos Los Santos (TOSANTOS en algunas localidades) , que es festivo y cae en sábado. El día dos, el llamado Día de los difuntos ha dejado de ser festivo aunque este año cae en domingo. Son unos días de celebración de los que aún estamos vivos y en recuerdo de nuestros seres queridos que ya no están-nuestros muertos.

En Pruna, cuando yo era chica, mi madre nos llevaba a mis hermanos y a mi al cementerio. Mientras las mujeres  arreglaban los nichos, los niños jugábamos al esconder entre las tumbas. Después, antes de venirnos, nos daban de merendar y emprendíamos el camino de vuelta. Ya estaba todo preparado para celebrar esta fiesta. Era una  manera de recordar a nuestros muertos y de avisarnos que más tarde o más temprano iríamos a parar allí, al cementerio.

Era costumbre por aquel entonces de “comprar” un nicho o dos para que fueran enterrándose los familiares y no resultara tan costoso el hecho de morirse.

Ahora mismo, parece que ha subido el precio de la incineración y sale más barato el entierro. Pasaa como con la gasolina o el diésel…

Mis abuelos se habían hecho de unos nichos donde ahora están enterrados. La última vez que pisamos el cementerio fue cuando el entierro de mi tío. Porque una vez que quisimos entrar, en 2019, resulta que estaba cerrado, aunque había tres mujeres dentro y no podían salir. ¿Eran ánimas quizás? Con cautela fuimos a socorrerlas y eran personas de verdad, que, ocupadas en arreglar las tumbas, no avisaron al guarda,  quien, cuando llegó su hora, cerró la cancela del cementerio y allí las dejó dentro, a punto de convertirlas en muertos vivientes…pero esa es otra historia que ya os conté.

Ahora todo el mundo anda buscando los huesos de sus familiares desaparecidos en la Guerra civil, por eso de La Memoria Histórica, desenterrando a sus muertos, aquellos de los que no supieron en 😯 años ni dónde los habían matado. Algunas comunidades han eliminado de un plumazo eso de la memoria histórica. Será porque ellos sí saben dónde están los suyos.

Hace unos días me han llamado de mi pueblo para recordarme que mi abuela Teresa, esa de la que hablo en mi libro LA FUENTE DEL DUQUE, la que ha salido en los papeles porque allí cuento cómo un pretendiente celoso mató a su hermana en la misma calle antes del Movimiento, en el capítulo Misa de Difuntos, está a punto de cumplir 58 años enterrada en un nicho que compró mi abuelo. Mi abuela Teresa murió en 1966, cuando yo tenía sólo 10 años y está enterrada, junto con su hija Francisca,   que murió en el año 1996. 

Me cuentan que mis abuelos se habían hecho con el nicho-cedido por el ayuntamiento-y que estará disponible hasta el año 2065.

Mi abuela nos ha dejado una herencia: un nicho en préstamo. Habrá que irse muriendo entre esas fechas para aprovecharlo.

Cuando he contactado con mis primos, se lo han tomado a guasa y dicen que no mentemos “la bicha”, porque ellos no quieren morirse con fecha en un tiempo y que para cuando les llegue su hora, ya tiene un ático, un mausoleo o una urna pagada.

Hace ya más de cincuenta años que dejamos el pueblo. No por gusto, sino por necesidad y aunque algunos pocos expresaron su deseo de que lo enterraran en el pueblo, la mayoría no opina así.

En los años setenta nos esparcimos como las semillas de amapolas y hoy los descendientes de Teresa andan en la Costa del Sol, en Mallorca, en Sevilla y su área metropolitana y otros incluso fuera del país.

Lo que son las cosas. Unos buscando a sus seres queridos y otros olvidando dónde están enterrados o no queriendo volver ni siquiera con los pies por delante.

Ya me hubiera gustado a mí, como a mi madre, volver al campo, a La Fuente del Duque. Sin embargo nadie la ha llevado, aquí está en el cementerio, en una urna común, donde espero algún día reposen junto a ella mis restos.