Ubicada al oeste de la ciudad, en el barrio de la Encarnación del distrito Casco Antiguo (41003), con sus 87 m de longitud discurre desde la confluencia de las calles Martín Villa y Laraña donde empieza hasta la de Javier Lasso de la Vega y José Gestoso donde finaliza. Y como suele ser frecuente en el nomenclátor su nombre ha sufrido varios cambios a lo largo de su historia y así en sus inicios, en la Edad Media, parece ser que era conocida como calle del Muro Viejo, si bien durante los siglos siguientes, XVI y XVII, pasó por diferentes nombres. Desde referencias descriptivas como “calle que va de calle de Carpintería a San Andrés”, “calle que va hasta la plazuela de las casas de don Pedro de Pineda” o “’del Hospital de San Andrés a la plazuela de Villasís”, entre otras.

Pasando por calle de Don Pedro de Pineda, por la casa-palacio que esta noble familia tenía en ella; Ermita de San Andrés, por la iglesia de este nombre a principios del XVIII; o Quebrantahuesos, a finales de dicho siglo y cuya razón se ignora a ciencia cierta. Así hasta 1868 cuando se rotuló con el nombre que actualmente conserva en honor del médico mahonés Mateo José Buenaventura Orfila (1787-1853). Abro un inciso respecto a la pertenencia de esta vía al barrio de la Encarnación pues me consta, por cierta antañona revista de Semana Santa que en ella se señala literalmente la ubicación de la capilla de la Hermandad del Prendimiento en el ¡barrio de la calle Orfila!, y no en el de la Encarnación, una cuestión sin duda de importancia espacio-temporal, pero algo tendrá el agua (H2O) cuando la bendicen. Aquí hay tema.

En Menorca, formación y marina

Quien llegó a ser químico y médico conocido y reconocido a nivel mundial y “padre de la toxicología científica”, un campo de conocimiento en el que fue una figura fundamental, fue hijo de un influyente armador, banquero y comerciante, propietario de una pequeña flota de barcos mercantes con ingresos suficientes para asegurar una buena educación para su prole. El ambiente cosmopolita de la isla, debido a las diversas dominaciones extranjeras, había facilitado la disponibilidad de preceptores que le enseñaron idiomas (latín, pero también francés e inglés), Filosofía, Matemáticas y otras disciplinas, por lo que su formación intelectual se inició a muy corta edad. Y no se le daba nada mal si tenemos en cuenta que con tan solo catorce años comenzó a impartir lecciones de matemáticas que a su vez aprendía antes a través de los pocos libros de estas ciencias que se podían leer en aquellos tiempos en la isla. Pero, y como es lógico, su familia lo orientó a la marina de modo que en 1802 se embarcó durante tres años, pero las vicisitudes pasadas durante esta travesía no le sentaron nada bien de modo que a la vuelta pidió permiso a su padre para estudiar Medicina, una disciplina por la que ya había mostrado cierta predilección.

En Valencia, medicina y química

Pero no siendo posible estudiarla en Menorca viajó a Valencia en septiembre de 1804 para asistir a las clases impartidas en su Facultad de Medicina, y durante este primer curso comenzó a interesarse también por la química, que estudió tanto en las clases regladas como en plan autodidacta, a través de las obras de los principales autores franceses y de pequeñas experiencias que realizaba en su casa con la ayuda de otros aficionados. Y entre otros franceses leyó nada menos que a Antoine Lavoisier, Claude Louis Berthollet o Antoine François de Fourcroy, quienes también cuentan con un lugar en este paseo sevillano. Tal fue el nivel de su autodidacta formación en química que llegó a deslumbrar a compañeros y profesores durante un concurso público celebrado en junio de 1805 que ganó. Pero decepcionado por las carencias educativas y el bajo ambiente intelectual universitario, unido a un desagradable encuentro con la Inquisición, debido a una denuncia infundada, pidió permiso a su padre para continuar sus estudios en Barcelona.

En Barcelona, más medicina y química

A donde se trasladó en 1806 trabando relación con un grupo de químicos que trabajaba en aquella ciudad y muy especialmente con Francisco Carbonell y Bravo que fue su profesor de Química, un seguidor de Fourcroy y uno de los principales promotores de la nueva química industrial que tan interesante papel desempeñaría en el desarrollo económico de Cataluña. Gracias a su informe favorable, en 1807, la Junta de Comercio de Barcelona concedió a Orfila una beca (pensión en aquellos tiempos) para ampliar sus conocimientos de química y mineralogía durante cuatro años, dos de ellos en Madrid junto a Joseph Louis Proust y los otros dos en París. La idea era que tras su regreso se hiciera cargo de una segunda cátedra de química en Barcelona, Orfila se sumaba así a la larga lista de pensionados españoles que viajaron a Francia para estudiar química durante el último tercio del siglo XVIII y primero del XIX. Sin embargo, sabido es que el hombre propone, Dios dispone y las circunstancias descomponen.

En París, pluriempleo y doctorado

Resulta que cuando llegó a la capital de España, Proust se había ya marchado, por lo que partió inmediatamente a París, ciudad donde permanecería ya el resto de su vida desarrollando su actividad científica y docente, aunque no exento de contratiempos. (Continuará)