Como si de una desdicha en el momento menos oportuno se tratara, llueve. Llueve y el agua empapa las ideas abrazadas a los carteles, los panfletos, nubla las pintadas que ahora decoran nuestras plazas…, tal y como llevan haciendo durante años los gobiernos, como lleva haciendo durante años el poder. Borrar, sin más, nuestro derecho a la libertad de expresión, acallar nuestros gritos.
Al principio estaba despejado, pero de repente sentí una lluvia de palabras escalofriantes que impregnaban mis oídos, y cómo no, mi atuendo recién estrenado. Y es que, en este país, sin enfrascarnos en grandes discusiones, la saturación informativa de palabras carentes de valor parece que valen dinero, y en el fondo, lo valen. El problema es que nadie lo sabe, o no quieren saberlo.
Que si el paro, que si la crisis, que si el gobierno, que si el partido tal… Toda la semana escuchando lo mismo, promesas decoradas que se van oscureciendo una vez metes el voto en la urna, y es que, verdad y política son dos sustantivos que no casan, vamos, que les cuesta darse la mano, por muy bonito que el señor bien peinado, el que sale en la tele, te lo pinte.
Ya se acerca el domingo como una cuenta atrás que todos seguimos a la espera de que el ruido de las caceroladas que ha inundado las calles, con palabras vivas que no callan ahora que han despertado, se vea reflejado en las caras y en las conciencias de los enchaquetados bien puestos que escupen palabras huecas, vacías y caducas que solo van a durar el tiempo que se tarde en contabilizar los votos.
Sin embargo, parece que comienzan a escucharnos, a vernos, aunque con los oídos medio tapados y los ojos entreabiertos, incrédulos pero temerosos, nos contemplan, unos pensando que con un poco de vino se degustará mejor la carne, otros que con un poco de caldo se tragará mejor el pescado. Y de indignante a veces resulta hasta gracioso. Te acompañan toda la hora de la comida entre abucheos y elogios, y cuando apagas la televisión, es cuando se dan la mano.
La lluvia aprieta en las calles de Sevilla tal y como ha apretado en otras comunidades, tal y como aprieta el surtido de palabrería elaborado que nos sueltan diariamente, y contaminan nuestros medios con falsas ilusiones. Tal y como aprieta la indignación de muchos, que a pesar de la lluvia, se mantienen fieles. Calados por fuera, pero ardientes por dentro, sin manchas, sin contaminación, libres bajo un lema, unas ideas, y unas manos unidas que hacen de cubierta contra la lluvia de escépticos, de parlantes, de palabras que no cesan.
