Zahara nos muestra una radiografía de Cádiz muy distinta a la habitual

La provincia de Cádiz es rica en horizontes por todos sus puntos cardinales. El mar le da un olor a sal que envenena al peregrino, sin permiso y con maldad, que ya pasen días o años, le hará de un modo u otro, algún día regresar. Pero el Golfo de Cádiz inunda de belleza mucho más adentro de la playa, a las prominencias que se elevan en los límites de su jurisdicción. Una visita a un rinconcito situado al Norte del distrito encallado en los más al Sur del Sur, nos mostrará una radiografía de Cádiz distinta, bañada también de sol y mar.

Ángel Espínola. Zahara de la Sierra, una ciudad que sin su posdata no sería más que una zona rica  en atunes, se sitúa a la sombra de municipios serreños como Grazalema, el Bosque o Algodonales. Tras una sinuosa carretera de curvas y mareos, llegamos al embalse de Zahara-El Gastor. Cerrado en tiempos de verano, el mar de agua dulce va alimentando las raíces de la población. La cual se alza decenas de metros más arriba, coronada por una fortaleza medieval.

La vista, tanto desde el propio embalse, como desde la azotea del castillo, que unos párrafos adelante comentaremos, nos inspira la sensación y el sentimiento que ya despertó en José María Pemán. Como lo indica un azulejo en el centro de una escalera con aires judíos, rotos por el supermercado del pueblo- que no   es más que un negocio de mujer y marido- y que acaba así: “A las ocho, Zahara se convierte en armonía de aroma y colorido, cuando ya estaba a punto de convertirse en tarjeta postal”. Qué razón tenía Pemán  cuando se volvió loco por este poblado de no más de 2.000 habitantes.      

Zahara y sus calles empinadas. Zahara y sus casapuertas abiertas de par en par. Zahara y su iglesia con ostentoso habitáculo incluido para el coro. Una ciudad espectro convertida en nube si viajan en invierno, llenando de agua el depósito del que, una vez transcurran los vientos, disfrutará Grazalema. La misma que le da sombra, a pesar de estar a varios kilómetros, en los meses de estío.

En la plaza del Ayuntamiento se instala la última cuesta. La que lleva al camino del Castillo. Sus murallas, ya alicaídas por el paso de los años en el anonimato, aún rezuma a los turistas alguna que otra piedra. Tras una empedrada subida de cactus sin espinos, en los que el ser humano, invasor de todo cuanto ve, ha dejado sus huellas en forma de escrituras, llegamos a la Torre del Homenaje. La que corona la localidad. La que permite fotografiar el embalse en plena sierra. Aquella que construyó la forja del musulmán y que las hienas francesas devoraron en 1811.

No obstante, la pequeña torre permanece prácticamente intacta. Una vez entras por su portalón dejas los tiempos del tuenti para llegar al siglo XIII, donde tu misión como  vigía te distrae desde la azotea, tras subir los tenebrosos escalones ostioneros. Sólo unos sacos de cemento nos pueden despertar de nuestro viaje a otro tiempo.

Una vez llegas arriba, tu condición de ser humano hace que te adaptes al panorama. No conformándose tu vista ahora con una foto más cercana a la tierra firme. Es hora de dejar por tanto, Zahara, con su pasado y su presente enterrados entre la bruma del tiempo. Dos caminos quedan desde allí, los dos con el mismo final aventurero. Y es que en Cádiz toda experiencia es posible.

Un baño en plena Sierra

Zahara de la Sierra, un pequeño rincón que enamora desde los pies de su embalse, hasta lo más alto de su torre/FlickrSi es verano, el mejor camino es el que va hacia Arroyomolinos. Una carretera de apenas tres kilómetros, en la que uno de sus desvíos nos lleva hasta la “playita”. Sí, como lo leen. Con el agua de un manantial, unos vecinos tienen organizado un espacio similar al de un parque acuático.

Una playa de agua dulce, puesto que esta provincia es señora de la mar, y ni en sus cerros puede olvidarla. La entrada no es gratuita, pero el recinto está mejor acondicionado que cualquier costa andaluza.

El otro camino, el de invierno, es la carretera que nos traslada a Grazalema, centro de todas las miradas, la hermana extrovertida de la tímida Zahara. Cruzando un puerto de montaña, la carretera se cierra en un carril diminuto, elevado a cientos de metros, donde nacen los nubarrones que más tarde aparecen en televisión.

Toda una aventura, con cierto peligro para el poco prudente, pues la nula visibilidad y la poca experiencia en parajes difíciles de encontrar, puede provocar alguna que otra náusea.

Zahara de la Sierra, un pequeño rincón que enamora desde los pies de su embalse, hasta lo más alto de su torre. Una población verde, a la que  el andaluz, cual musulmán caminando hacia la Meca, debería visitar alguna vez en la vida.  A unos escasos 90 kilómetros de Sevilla, hay una ciudad perdida entre olivos, que acoge  sin rubor el tumulto del gentío cosmopolita.

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