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Tom Brady fotografiado por Brian Snyder.
Vientos de estraperlo

Siete vidas de fe perfecta

Hay una cosa que no implica que tuvieras que saber que todo iba en serio, que lo supieras, que tomases conciencia, pues te cogió todo por sorpresa, porque estás como Gil de Biedma, el del poema de Octubre que leíste en aquella boda en la que veías pasar impresionado las bandejas de Black Label dejándote impresionar más que si una cariátide hubiere tomado asiento a tu lado. Ese “más tarde” elevado a momento culmen en el que entiendes que la vida iba en serio, pues hoy es ese “más tarde”, tu más tarde, tu hoy, tu ayer y mañana, porque nada cambiará ya. A decir verdad, hace tiempo que nada cambia ya o nada cambia tampoco, si acaso esa novedad que se paseaba por tu casa dotando todo de un halo de color y misterio que no es que te encante si no que lo necesitas, porque el encanto sólo está separado de la necesidad por una delgada línea curva que oscila entre la alegría y la tristeza, y tú necesitabas ese halo de color y misterio, y esa curva que oscila entre la alegría y la tristeza. Hasta ahora, que no es que ya no lo necesites, pues te hace falta para respirar, porque tú sólo vives. Te suena el despertador. Una, dos, tres, cuatro, cinco, por 9, cuarenta y cinco minutos que tu crees que ganas durmiendo pero que pierdes fustigándote y regodeándote en tu derrota.

Igual que los días anteriores, cuando había luz, cuando te daba igual amanecer y que la claridad te despertase, todo era química, azar, algo de confusión y cuestión por el “qué vendrá”, “cómo será”, “¿saldremos enteros e ilesos de este necesario desastre?”. Cuando os daban igual una botella de vino blanco -sobre todo tú, que eres un empedernido del tinto- y una copa de seguido aunque fuera Jueves y al día siguiente tuvieras que madrugar dándole abrigo en el susurro de “duerme más, que yo me voy”, y ya todo lo limpiarías más tarde, o no. El amor dura siete días, o siete vidas, según quieras medirlo o medirte, sí, y no te hablo de una medida individual de 24 horas por cada uno de esos siete días si no de siete días con una medida de cada uno de ellos distinta, inteligible y cuantificable. Un día la observas, el segundo eres consciente de tus limitaciones, en el tercero caes en la cuenta de su perfección, al cuarto día la limitación y la perfección de ambos dan lugar al control y la felicidad, al quinto día descansáis, al sexto decides dejar de fumar y al séptimo día… normalmente, y en todas las historias fantásticas, el séptimo día está reservado al descanso, pero el séptimo día no sabemos muy bien para qué está reservado, y mejor que sea así, porque ese séptimo día será convulso o no será, hará daño o no existirá.

Imagínate llamar tóxico a todo lo bello y perfecto que te rodea. Toda la historia de la humanidad, la que te gusta, porque hay Historias que no te gusta saber, que no oír, se resumió en una lucha constante por la identidad y la propiedad. A veces todo resuelto con suerte, otras con voluntad, en unas ocasiones con cobardía y resultados favorables, las menos, otras con valentía y una derrota grande, honorable. Que tú ya sabes bien que hay victorias pírricas, deshonrosas, y derrotas grandes, de las de avión a tu disposición para huir a Lisboa dispuesto por el mariscal contrario reconociendo tu valía. Estás cautivo de la sorpresa y de lo inevitable, y en tus muchos costados se refleja una amargura de heridas templadas que no te quitarán ni mil humos en la oscuridad. Y ahí estás, te debates entre coger ese avión a ese destino ignorado y quedarte, saberte sentenciado, depurado, prescindido drásticamente por fusilamiento, pero sabes que la derrota tuya tiene que ser grande, que tu sitio está con los derrotados, que no es lo mismo ser derrotado que ser perdedor, porque ya te enseñaron que perder pierden los que no se dan la oportunidad de querer triunfar y que los hijos de la derrota sois aquellos que no vuelven el rostro a lo inevitable aún sabiendo que probablemente el sol no vaya a salir por donde esperan, por donde tú quieres que salga.

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Eres el Quarterback MVP de la temporada regular de su vida, de la tuya y de cinco más que a lo mejor ni esperas vivir, pero ahí estás, y déjame decir y hacerte saber, let me tell you -que dicen los ingleses-, que eso es una mala noticia para ti, porque no estamos en 1999, no naciste en Burlington, no jugaste en la Northern Iowa, y no te llamas Kurt Warner, que fue el último Quarterback MVP de la temporada regular en ganar la Super Bowl. La buena noticia para ti es que nadie te dijo que puedes romper esa maldición y que, cuando hayas derribado sus murallas, puedas llevarte las manos a la cabeza mientras sonríes incrédulo y entre lágrimas  por lo que acabas de hacer. Que ya sabes bien que lo bueno de que la gente piense que la historia la escribe el que la escribe es que esa gente no sabe que quien da y escribe la historia es el tiempo, porque el tiempo te da todo.

Una moneda tiene tres lados: tu lado, su lado y el filo, y hay que ser muy malo o desafortunado para no acertar cuando sabes que la moneda tiene tres lados. No sabes dónde estás tú, pero sí sabes dónde está ella, dónde están ellas, esperándote a que te corones y te coloques ese séptimo anillo, siempre esperando en el canto, en el filo de la moneda, en pánico, un lugar incierto en apariencia pero tranquilo en su fondo, siempre en guardia, con el miedo peinando las pestañas y la media sonrisa, siempre en una desconfianza fija para poder confiar. Su corazón es el coronel Jessep y tú eres el teniente Kaffe buscando la verdad, y cuando insistas queriendo encontrar la verdad, sentando las columnas de la verdad inmutable, verás que estás ahí de pie para ella, sus ojos te susurrarán “We use words like “love” and “loyalty”, and  We use these words as the backbone of a life spent defending something. Men use them as a punch line”, y será entonces entre esos bastidores de su vida y la tuya cuando caigas en la cuenta de que estáis en el mismo capítulo del libro, que lo que tu creías que era broma o una ilusión finita y sometida a término va en serio, que era un final de novela ya escrito, que lo que tú usas como gag por temor a ese “No” esperado e irremediable es hoy, aquí y ahora un “Si” inesperado e inabarcable en el que querrás estar cuanto mas tiempo mejor, porque realmente en el fondo sabes que no puedes soportar ni enfrentar la verdad, pero sí observarla mientras te arrolla

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Probablemente quieras dormir, respirar, observar, pero no puedes relajarte, no ya, te han enseñado a llegar lejos, a querer significar algo cuando todos estamos irremediablemente sólos pero acompañados. No hay ninfas en tu azotea escondidas, no es domingo, tampoco el único Dios que en ti confía tiene previsto para ti un destino con forma de Imperio porque el destino no es tuyo, pero si la fe. Y todo esto va de creer, que es sinónimo de esperar, como ese Gálata de mármol que muere sabiendo que es el final pero aún cree que lo que sale de él no es sangre si no el fruto de la victoria sobre todas las maldiciones que te quedaban por romper.

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Sobre el autor

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Jaime Fernández-Mijares

Nacido en 1989 en Sevilla. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por la Universidad Loyola Andalucía. Forma parte de 'Andaluces, Regeneraos', proyecto centrado en la redacción de artículos para la regeneración política, económica y cultural de Andalucía. Le interesa la historia y las relaciones internacionales.

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