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José Luis Garci fotografiado por Esther Montoro.
Vientos de estraperlo

Setenta y Siete vidas de repuesto

Fíjate, ahí donde lo ves enterrado no sabes lo que le costó llegar a estar enterrado aquí. El tío Guillermo llegó cogió un día una maletina y se plantó en el aeropuerto de Miami. Los policías lo encontraron desorientado y le preguntaron “Pero, ¿Usted adónde va?”, y el dijo “Yo a Luanco a morir con mi madre”. El pobre se veía que ya le quedaba poco y únicamente quería volver a Asturias con su madre, aunque fuera para morir, no le importaba, él sólo quería volver. El sol ya estaba por irse cuando esta parte escuchaba esto. El cementerio de Luanco está orientado al noroeste, con una vista envidiable, mirando al Cabo Peñas, y esa orientación dota a lo inevitable de una suerte de enamoramiento de la eternidad, como si la muerte quisiere abrazar al sol que jamás quiere ponerse. ¿Por dónde sale el sol? Que preguntaba el maestro de entonces, ¡por la Punta del Gayo!, que respondían los niños de aquella al unísono. Porque hay una edad en la que los hombres no necesitan saben a dónde está el Este y a dónde el Oeste, lo mismo da, porque lo importante es a dónde lleva la vida.

El tío Guillermo no sabía a dónde le llevaría la vida cuando corría en verano camino a la playa, en aquellos años inocentes, aquellos años que solución no tenían, aquellos años que dan cosas fijas que quedan para siempre en uno. José Luis Garci cumplió esta semana setenta y siete años, escritos con sus letras, que no con sus números, que no es lo mismo, porque la vida es para vivirla y lo demás para otra cosa, ya se sabe. Los cumplió estando en Marbella, probablemente sin salir de Guadalmina, y es que esta parte se ocupa bien en el propósito de husmear cada esquina de la ciudad eternamente reflejada por si se encuentra con él al sólo efecto de convidarle para hablar de la vida delante de unas cuantas cosas de las cosas de buen espíritu, porque eso es lo elegante, que ya lo dijo Rafael de Paula, una cosa de las cosas.

En José Luis Garci se difuminan las líneas de la perfección en unas cuantas facetas distintas, la vida, el cine, la literatura. Decía Manuel Alcántara de él que le gusta todo, pero mucho. Ciertamente uno adoptará tal última reflexión como epitafio cuando llegue tal lejana hora, con sus golpes, con sus caídas, con sus glorias y sus misterios. Garci tuvo demasiados misterios en su vida pero adivinar si ganaría el primer Oscar para una película en Castellano no fue uno de ellos. Cuenta en una entrevista él mismo que vio aquél día de la ceremonia de entrega de los Premios de la Academia en Hollywood, en Los Ángeles, a Pilar Miró bajar con un vestido amarillo y no recriminárselo porque sabía que ganaría. Garci es el bartender que sabe cada noche de viernes quién se irá con quién, qué chica guapa de pelo negro dormido en el hombro derecho se irá con el perdedor que nadie espera, el boxeador que no deja de aguantar y golpear cuando toca hasta que no acaba la pelea, el piloto que sale del avión averiado sabiéndose revolucionario porque nadie más que él hace lo que sabe que puede hacer.

“La historia de Volver a empezar es la historia de mi familia”, me contó hace unos días un amigo, que era una película que en su familia procuraban ver todos juntos. En su cine, en su forma de relatar las cosas, Garci está instalado en una luz suave, tan suave que nos echa los brazos al cuello, tal y como el mismo define en el capítulo dedicado al Gimlet en Beber de cine, uno de sus unos cuantos libros dedicados a todo aquello de la vida insignificantemente importante que tiene su retrato perfecto y nítido en el cine. Amar, Beber, Morir, Mirar, todo hay que hacerlo de cine, porque todo tiene que ser perfecto. “El cine es una vida de repuesto que tuvimos la suerte de recibir cuando éramos unos chavales”, cuenta él mismo con una modestia impropia de alguien que atesora inmortalidad en lugar de sangre. Lo ciertamente normal es querer ser joven, fumar, comer y beber con una joven que tire la caída de ojos tras de unas gafas negras a medio subir –o bajar-, lo deseable, lo que todos hemos acabado queriendo es ser Antonio Miguel Albajara, ese hombre -premio Nobel de literatura- que vuelve a empezar en el cuerpo de Antonio Ferrandis que acaba perdiéndose sin querer encontrar el camino en esa Ginger Rogers disfrazada de Encarna Paso.

La vida consiste en sentarse mal en una silla de forma constante hasta que alguien acaba diciéndonos que nos pongamos derechos, lo que todos acabamos deseando es haber sido Julipín para que Melchora sentencie “Julipín, ponte derecho´´, el Julipín que pasó aquella primera y única noche en vela frotándose los labios embriagado por el aroma de los ojos de Bea, ese primer amor en el que uno siempre se vio reflejado y que no se olvida por bien y más imposible que fue y es. El mar, siempre el mar, el testigo del amor lujurioso de Dido y Eneas, ese cuadro que observa con perfección una mujer hasta que la tía Gala afirma que hay algo que se les da mejor a las mujeres que observar el mar: ver escaparates. Porque la vida no es tan difícil de llevar, que hay que comer y beber a la hora de comer y de beber, dormir a la hora de dormir, hacerlo todo como cuando se es joven; todo siempre enmarcado en el Night and Day de Cole Porter interpretado por Allan Jones.

“Cuando te da el amor, cuando te da la risa todas tus defensas se hacen pedazos”, asienta el Blas Otamendi encarnado en Alfredo Landa, el mismo Alfredo Landa que tiene esa vida de repuesto del Detective Germán Areta que duerme poco, anda mucho, y lo que ve no le gusta. Recientemente escuchaba una entrevista en radio a Garci en la que afirmaba algo así como que encontraba la felicidad en un Sí que llega de forma inesperada. Lo que no sabemos es que ese Sí puede llegar de distintas formas. En forma de beso, de Dry Martini, de Gimlet, de la observación de unas manos que bailan gesticulando mientras se pelean por embrazar una copa de Verdejo, pues es la realidad la que otorga la vida de repuesto que uno desea cuando no se sabía que había que esperar por ese tipo de sorpresas.

José Luis Garci cumplió esta semana setenta y siete inviernos enseñándonos a ser sin querer enseñarnos, cumplió esos años habiéndonos dejado escrito -y escribiendo- todo aquello que debe ser la vida cuando no sabíamos, ni esperábamos, que la vida era eso, un beso, un paseo, una historia, un sí, una desgracia que curte los costados. Cuentan que cuando ganó el Oscar volvió al Molinón a hacer el saque de honor mientras el estadio entero coreaba el Begin the Beguine the Cole Porter, y todos aquellos sabían y saben que toda una vida puede recuperarse en tan sólo dos días, porque la vida no acaba hasta que el cuadrilatero queda vacío.

Para el Almirante, y para los hombres y mujeres que empezaron a vivir su juventud en los años treinta.

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Sobre el autor

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Jaime Fernández-Mijares

Nacido en 1989 en Sevilla. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por la Universidad Loyola Andalucía. Forma parte de 'Andaluces, Regeneraos', proyecto centrado en la redacción de artículos para la regeneración política, económica y cultural de Andalucía. Le interesa la historia y las relaciones internacionales.

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