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Futbol / Isaac Escalera
Vientos de estraperlo

Las luces de Mickey Mantle

En las noches tristes de Octubre siempre quedan miles de seres humanos, hombres y mujeres, que en un mismo instante, con el primer escalofrío, se preguntan y vuelven a preguntar por sus preocupaciones. Preocupaciones que cobran vida, tienen significado propio, misterioso. Esperar sin estar esperando que algo se tuerza, como el viento que cambia de repente sin que nadie lo espere o lo sepa, que llegue el día en que la tormenta pase y llegue el día en que las cosas dejen de ir mal dadas.

No imagina quien suscribe cómo Gil de Biedma concluía tales extremos, ese cómo definido por la forma de vestir, si estaba en pijama, si vestido, si recostado o sentado a su mesa. A buen seguro iluminado por el humo de algún tesoro de la empresa familiar, empresa con un nombre tan melódico como serio, Compañía General de Tabacos de Filipinas. Trabajaría en esa empresa sin pensarlo sólo por su nombre, hay nombres que al relacionarlos con gente otorgan personalidad a quiénes están con ellos relacionados. Ewan Mcgregor, Rod Stewart o Sean Connery me caen bien sólo por ser escoceses. Siempre vio esta parte en Escocia un símbolo genuino de personalidad, hombres y mujeres indomables, como Helen Cumming, quien ondeaba -en las montañas de Speyside- una bandera roja para avisar al resto de productores clandestinos de Whisky de la visita de los inspectores del gobierno que perseguían las destilerías clandestinas. A Helen Cumming la tenemos inmortal en la etiqueta de las botellas de 12 años de Cardhu.

Lo anterior vino a mi memoria sentado a una mesa. A una mesa de boda. A los postres recibí un mensaje de mi buen amigo Curro Troya, una foto, ese poema de Gil de Biedma, Noche triste de Octubre, 1959. “Siempre tan vivo y actual´´, me decía. Curro, Flâneur, inefable, excelso, alguien que se mueve como si fuera levitando, voz grave y pequeña sonrisa que desarma, el hermano, padre, tío que cualquiera querría tener, el buen amigo del que puedo presumir, descubría -sin yo decírselo- que Gil de Biedma era y es el poeta favorito de quien suscribe. Gil de Biedma llegó a mi vida llamando mi atención sólo por llamarse como yo, mas bien por llamarme yo como él, decir que Gil de Biedma se llamaba como yo sería y es presuntuoso y excesivo; pues somos tributarios del tiempo que otros gastaron y quemaron, deudores de las mismas páginas entre las que nadamos. Nada hay mejor que leer un poema de Gil de Biedma sentado a una mesa de boda y ver de repente pasar una botella de Cardhu 12 años con Helen Cumming paseando su bandera por una finca de Gines anunciando a los presentes -que lo ignoran- que la vida empieza y hay que celebrarlo, que no hay inspectores que vayan a por la felicidad clandestina; es un buen inicio para celebrar el amor, que siempre hay que celebrarlo, y si se celebra trabajando la personalidad, doble felicidad y celebración.

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De cómo descubrí a Gil de Biedma puede dar cuenta la profesora de Lengua de bachillerato de entonces. Pilar, hoy ya jubilada y reciente Abuela. Pilar es una señora, de pies a cabeza, que trataba con el mismo cariño y atención a todos sus alumnos, a los que aprobaba, y a los que suspendía. Siempre éramos más los suspensos en una asignatura, Lengua y Literatura, en la que desde el principio dejó claro la dificultad de la misma, que no estábamos ante un juego, que si las construcciones gramaticales eran difíciles ella las iba a poner más difíciles aún. Pilar era y es una profesora que se tomaba siempre en serio que supiéramos escribir, que supiéramos expresarnos. Aún recuerdo como en uno de sus exámenes, analizando un fragmento de Marianela, fui capaz de decir “en todo el texto vemos como el autor dialoga constantemente con el lector´´. Tanto le impactó aquello que al día siguiente me pidió permiso antes de clase para explicar cómo no hay concluir tales análisis al resto de la clase. Naturalmente dije que si. Ella, divertida, remató, “Tenemos la fortuna de tener un médium en la clase que se relaciona con don Benito Pérez Galdós´´. Quince años después, recuerdo a Pilar Fernández por varias cosas: jamás aprobé un examen con ella, siempre se peleaba por sacar cosas buenas de todos sus alumnos, ya fuere el de 10 o el de 0, nos hacía aprender de nosotros mismos, y gracias a ella descubrí a Gil de Biedma y Charlotte Brontë.

En aquellos años de instituto disfrutábamos de un mundo en el que Dios no era Dios y se llamaba Eclecticismo. Había heavys, góticos, gentes normales y los que nos vestíamos como si estuviésemos recién salidos de ese colegio de Castelló, 56, sólo que estábamos en un sitio mejor, Amor de Dios, 28. Existía una suerte de hermandad basada en la idea de que todos por su lado pero nadie tendría nada que temer si le pasaba algo, todos nos conocíamos en aquél universo ignorando a conciencia la existencia de los demás hasta que llegase el momento. Recuerda uno las mañanas al llegar siempre con el mismo ritual, observar aquél azulejo reluciente dedicado a don Severo Ochoa, subir las escaleras y ver la niebla de los buenos días de otoño yendo a abrigar a aquél patio blanco y gris. Isaac Escalera, hoy periodista, estaba entre mis compañeros y amigos en aquellos años de Instituto. Isaac es alguien bueno, sin doblez, esa persona que siempre se alegra de corazón cuando te ve. Exquisito con los pies jugando al futbol, era como Federer, no corría, flotaba y llegaba a donde quería y colocaba balones en sitios inimaginables. Isaac además toreaba, era y es serio, medía las palabras, decía lo justo y siempre lo decía bien.

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Isaac Escalera es todo personalidad, alguien admirable, y no había alguien mejor que fuere capaz de narrar la clasificación del Unión Deportiva Tomares a la fase final de la Copa del Rey, revoluciona las formas de contar porque ve en el Mudo Vázquez a José Antonio Morante Camacho, porque sabe apreciar lo realmente importante en cada momento, y lo más importante, lo que supo ver él en aquél partido fue lo mejor del Tomares: la afición pegada a la tapia que nunca dejó de confiar. De fútbol se lo justo y que tengo que saber: que cualquier tiempo pasado que no existió fue mejor. Sufro con el Betis, soy feliz con el Oviedo y se me eriza la piel con tres palabras: Marino de Luanco. Si en una Historia del Bronx estaba claro que Mickey Mantle ignora el destino de la gente, el Tomares demostró el miércoles -abrigado por las luces en la noche- que Mickey Mantle saldó su deuda con los valientes: los equipos que pueden con todo porque se desnudan delante de la musa Eco demostrando ante el espejo que nada tienen que perder.

Sobre el autor

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Jaime Fernández-Mijares

Nacido en 1989 en Sevilla. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por la Universidad Loyola Andalucía. Forma parte de 'Andaluces, Regeneraos', proyecto centrado en la redacción de artículos para la regeneración política, económica y cultural de Andalucía. Le interesa la historia y las relaciones internacionales.

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