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Vientos de estraperlo

Ucronía de las sombras

A Fernandito le contaron -cuando aún hablaba con dificultad por mor de la corta edad- que llevaba nombre de rey, pero a él siempre le gustaba contar que llevaba el nombre de su tío. En aquellas tardes de la primera mitad de la década de los noventa las calles aún olían a café y a naranjas. Aún no le dejaban beber café, cosa distinta es dejar, verbo que en nada o poco se tiene parecer con permitir, Fernandito se permitía beber café cuando quien no se lo permitía no miraba. Y allá fue mientras la ciudad le abría los brazos colgado de las manos sabias y morenas del hombre que no tenía otras palabras que no fueran la verdad por bandera. Si el hombre decía “te voy a llevar a tomar el mejor cafelito de España” a Fernandito lo llevaban a tomar el mejor cafelito de España, no había discusión, era así, bien lo pudo comprobar y tan es así que desde entonces, en aquellos años de inocencia o apariencia de inocencia -porque por debajo de los cinco años nadie sabe en qué consiste la inocencia propia-, no volvió a probar un café igual. La prueba de ello es que tras los años Fernandito perdió el gusto por el café como los espartanos acabaron hastiados de la batalla.

Bebe café sin gusto ni intención por gustarle, por no perder la mínima sensación que le transporta a los años perfectos que no tienen remedio ya, porque como decía el poeta de todo hace ya veinte años. El único remedio que encuentra Fernandito, y que a tan corta y tierna edad jamás imagino encontrar, es pararse a escuchar el latido del silencio, los rumores que recobran vida de pronto y significado propio y misterioso, su forma de leer a su poeta fue acabar poniéndolo en práctica, poeta que resulta ser su favorito porque da en llamarse como el… o quizás no se llama como él. De todo en su vida fue causa un error de misterio, de saber, de ignorar, de no querer saber, de irse aún cuando el sol es tímido y no quiere asomarse a dar vida a las vidas imaginadas que viven un tiempo futuro que es el día a día que se va rompiendo cada mañana mientras se muerden las esquinas con el cuchillo entre los dientes.

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Allá que se le iban abriendo las calles a sus cinco años, de la mano del hombre que alumbraba verdad, camino a tomar el mejor cafelito de España, ignorando lo que le quedaba por venir aquella tarde. General Polavieja se le alumbraba como el territorio dominado por el lobo que no está, un desierto que aparece tras abrirse una puerta, y tiene la osadía con los años de verse como un Centauro del desierto que mira la vida con misterio y sabiendo qué está por llegar. Un sorbo, dos, cinco, “el café hay que saber beberlo rápido porque el gusto se queda una vida entera”, y Fernandito ignoraba la grandeza ante la que estaba, las grandezas que tuvo ante los ojos y que le forjaron lo poco que da en ser hoy. Los pasos no se cuentan, se dan, no cuenta recorrer si no vivir, y desde allí hasta la Maestranza vivía y flotaba aún en el aire la espesura del café de otros tiempos y el aroma de las naranjas que no eran ya y fueron en el tiempo perfecto que siempre debió quedarse. Por Castelar ya se oía el murmullo, los cascos de los caballos iban llamando a las puertas de la luz como Clitemnestra osaba a despertar a las Erinias, qué pecado grande debiere ser observar sin saber ver, admirar sin saber saborear, amar sin saber querer, ser nostálgico sin saber añorar.

El ir y venir de gente era complementario entonces de la alegría de las calles, dos ciudades, una que bebe, baila y disfruta a kilómetros, otra que empuña en una mano un corazón que se asoma al tremendo borde de todo ignorando si después vivirá o morirá; la dualidad extrema siempre en pocos kilómetros cuadrados, una ciudad dentro de otra. Y un hombre. Palmadas en el hombro, un ramillete de romero, gesto ocurrente y necesario de un aficionado que estira el brazo para hacérselo llegar, y una cara morena que parece curtida en el tiempo libre que tenían las Cariatides del Erecteion cuando no tenían que sostener los pilares fundamentales de la civilización. Cómo sonríe Curro, a Fernandito le impresiona cómo un hombre sonríe ignorando saber a dónde se dirige, lo que Fernandito no sabe es que es él quien no sabe a dónde se dirige Curro, Curro lo tiene muy claro. Ha tenido muchas oportunidades ya con la vida y ha sido un maestro acertando con una moneda que tenía dos caras bien pulidas.

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La diestra agarrada a la izquierda del abuelo, la izquierda intentando tocar el suelo de la calle Iris para saber con los años que lo que se vive es cierto. El resol que viaja por las calles se va colando sin permiso por las rendijas encaladas e ilumina el rostro del torero. ¿Qué tiene Curro Romero en la sonrisa? Qué va a ser, Curro lleva el universo entre las comisuras, hombre, si no sabemos ver bien qué es vivir este no es nuestro juego. El caminar con un último brinco cautivo, atrás queda la superstición, el cerrojazo que indica la vuelta atrás que no será y la ciudad se encierra en sí misma sin solución de continuidad. ¿Qué ocurre debajo de Fernandito, allá en Sol y Sombra? Una mujer que molesta está ya por el pelo antes de empezar, el lamento frívolo de quien tiene nula preocupación propia más allá de la sensación espontánea. Uno, dos, tres, sólo uno es quien interesa ver mecer la vida y la muerte en la palma de las manos. Dejó pasar los meses en esa tarde por la derecha, por la izquierda, la capa ya bien llena. Se colgó los meses por derechazos y tejiendo fuerte los naturales sin enseñar los tirantes, como a él le gusta, que para eso los toros vienen buenos.

Por allá viene Belmonte a espantar la belleza adornándola de temple, José se va por allá a espantar el temple adornándolo de perfección. Los vencejos distraen de todo lo que se tiene que ver, así suena el silencio en esta ciudad. Curro anda y es un premio hasta verlo andar con las manos vacías, pues lleva el universo mismo bordado entre las comisuras. “¿Maestro? Es que, con lo bien que me suena Curro´´, le escucharía años después. Fernandito no va de la mano que debería ir ya, el tiempo quita y da poco, bebe café sin gustarle, cree haber visto mucho y vio nada y cada día sabe menos. Pestañea cada noche frente al mar luchando por no olvidar esa torre echar el telón a otro atardecer. Con los años ha coleccionado tardes en la Maestranza entrando en ella de todas las formas posibles: se coló como pícaro que fue, se abonó e incluso los Maestrantes tuvieron alguna vez en invitarlo a su palco de Horchata y Montecristo a partir del tercer toro. De todo hace veinte años ya, que diría el poeta, y ya nadie dice la verdad, que dice Curro hoy, porque torear es engañar al toro contándole la verdad -que dejaron dicho-, el problema es que Curro es la verdad y la verdad y Dios llevan el pelo blanco, por eso ambos están vivos por siempre.

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