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Escena de The Crown, serie de Netflix dirigida por Peter Morgan / SA
Vientos de estraperlo

Vivir de impresiones

Moondust. Al trabajar en inglés en no pocas ocasiones se pregunta uno si sabe lo que dice o si piensa lo que quiere decir, si el contrario sabe el sentido de sus palabras y que al recibir su mensaje estamos cambiando el sentido de lo dicho. Si decimos “cuéntame qué piensas”, un inglés probablemente traducirá “let me know your thoughts”. Moondust es una conjunción de dos palabras hecha una sola, Luna y Polvo, Polvo Lunar. Polvo Lunar es el nombre en castellano del octavo capítulo de la tercera temporada de The Crown, una crónica real sobre la vida inaparentemente atribulada de Isabel II salpicada con geniales ficciones que dan sentido a una historia que siempre se forjó hablando bien. Cuando contaba muchos años de inconsciencia y pocos de adultez, me abordó en el Christ Church college de Oxford un vigilante octogenario y susurró “Spanish, i presume”. El honorable anciano me enseñó emocionado su tumba favorita, no se leía en ella nombres, tan solo una fecha, sí se leía una inscripción: Love is stronger than death. Tras enseñármela me enseñó tres normas que siempre recuerdo y sonrío cada vez que las leo en algún artículo o reportaje: Si encuentras a alguien que hable mal de España, es Francés, si encuentras a alguien que hable bien de los británicos, es inglés, y si encuentras a alguien que hable mal de España, es español.

El vigilante era un hombre de acción, sabía qué tenía que hacer y cómo debía hacerlo, sólo con levantarse de su silla la gente retrocedía en su empeño de dar un paso más en aquél salón amaderado gigantesco. Cada mañana puedo recordar el aroma de la madera antigua del Christ Church College mientras el perfume se adhiere. El anciano vigilante era un hombre de acción, veterano de guerra con sus medallas colgando, daba los pasos necesarios, los movimientos medidos, como siguiendo un protocolo no escrito en el que se relacionan no más que los movimientos necesarios para vivir y ser, el vigilante era esclavo de su propio protocolo, pero dueño de su propio reino. En ese capítulo de The Crown que conjuga dos palabras en una para su título nos encontramos a un Duque de Edimburgo -asombrosa y maravillosamente interpretado por Tobias Menzies- que aún habiendo triunfado en apariencia está sólo y sólo él lo sabe, y sólo él lo ignora. Deja claro a su mujer que ni un domingo más irá a misa a escuchar al Deán de Windsor, que a partir de entonces hará cosas útiles.

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La sorpresa le llega a Felipe cuando cambian al Deán de Windsor por uno más joven, coetáneo del Duque, Robin Woods, un hombre de grandes gafas y buen carácter que se adivina sólo con verle en fotos. El nuevo Deán pide a Mountbatten dos cosas: adaptar una estancia inutilizada del castillo para convertirla en una escuela-centro sanitario de almas sacerdotales que sufren crisis de fe, y que él les acompañe nada más llegar. El experimento de acompañarles evidentemente vemos que se tuerce casi antes de empezar, el duque les deja claro que sabe por qué están así, amargados, por no ser hombres de acción y sólo dedicarse a pensar, porque la virtud está en la acción y no en pensar qué será de nosotros, qué somos y por qué abandonamos la fe o tememos abandonarla. Airado, el príncipe se levanta y se va. En momentos posteriores lo vemos emocionado viviendo el aterrizaje del hombre en la luna, casi con tanta tensión como Armstrong, Aldrin y Collins. Admira con lágrimas en los ojos cómo tres hombres de acción dan sentido sin saberlo a la vida sin aparente sentido de un hombre abandonado de sí mismo desde niño por mor de las circunstancias. Meses después los tres astronautas emprenden una gira por distintos países que les lleva, entre otros, a Reino Unido y a visitar a la soberana inglesa. En ese punto es cuando la historia toma signos de ficción, no se produce una audiencia privada entre el duque y los tres aviadores, si no entre el duque, su mujer, y los tres aviadores. Podemos ver a un hombre que titubea a la hora de formular preguntas a los tres hombres vestidos de dioses que en frente tiene, hombres a los que pregunta por sus pensamientos ahí arriba en la luna y que responden que tampoco tenían mucho tiempo para pensar, porque estaban sometidos a un estricto protocolo que les obligaba a marcar casillas una vez completadas las acciones, casi como mi querido vigilante del Christ Church.

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Felipe intenta encontrar en las impresiones de los cosmonautas un sentido a su vida, y lo más que encuentra es la anécdota de Armstrong molesto con el sonido del radiador del módulo lunar. Por momentos Felipe de Edimburgo trató de encontrar sentido a su existencia al lado de la reina en impresiones de otros, en acciones de otros, en acciones y hechos que él no podía llevar a cabo por ser el escudero de una mujer, que aunque al principio lo hubiere querido y deseado, no le torció el gesto a su destino, que era también el de una misma nación. El ya maduro Mountbatten trató de encontrar sentido a su vida en la experiencia directa de otros a quienes veía como dioses, se negaba a ver que tenía que navegar por las turbulentas aguas de la propia mente. Vemos como el hombre triunfador acaba volviendo sobre los pasos que antes no había dado y se sienta a confesar que emprendió un viaje incapaz de encontrar calma o satisfacción y acaba por darse cuenta de que está sumido en mitad de una crisis que ni él mismo se atreve a calificar.

El Deán Woods acoge en el seno de su rebaño a un hombre de mediana edad que abre sus pensamientos con una precisión cirujana, quedando desnudo como un hombre que quiso llegar al conocimiento pleno del propio ser sin pasar por lo más importante: la Fe. Y sin ella queda el vacío y la decepción, la desolación. El ingenio no está en lo que otros hagan si no en el corazón o en la cabeza, o más allá, pues no sabemos dónde reside la fe. El príncipe reía por lo que el deán intentaba emprender y acaba lleno de admiración por Woods, acaba pidiendo ayuda, lo que desde el principio necesitaba. Leí hace unos meses una entrevista a Sorrentino en la que admitía pletórico que la Iglesia aún conserva en su seno la idea del hombre intelectual que dedica su tiempo a pensar el mundo. Intelectual o no, hemos dado a luz a un homo novus que no necesita pensar el mundo si no vivir de impresiones, o vivir de decir y hacer lo que no hizo. He revisionado por quinta vez el que para esta parte es el mejor capítulo de The Crown de sus tres temporadas, una crónica en la que se nos desnudan los miedos inocentes de un hombre que en apariencia piensa sus acciones pero sólo si son de otros, un hombre a quienes todos creían triunfador, acaso no queremos ser todos así. No obstante un hombre que sin quererlo acaba cayendo en el dilema de Ricardo II Así, tan sometido, ¿cómo podéis decirme que soy rey? Pues no es rey el que reina si no los que tienen la Fe en sí mismos por corona.

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