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Vientos de estraperlo

Despedidas

No nos obsesiona la muerte. Nos determina, directamente, por cuanto que el sentido de nuestra existencia está ahí, nacer para sobrevivir y morir cuando menos se espera. No estamos esclavizados por el pasado, en modo alguno, estamos determinados por él a fuerza de creer que el tiempo nos pondrá en nuestro sitio en función de lo que dimos o dejamos de dar, y así siempre estaremos en deuda, con quienes nos rodean y con la verdad que de nuestro suelo no queremos recoger. Obsesiona últimamente a quien suscribe el cómo ha de ser el decir adiós, no la muerte, la despedida, sea cuál sea, pues una despedida siempre es dejar morir una parte de nosotros.

Hablaba en su día, hará alrededor de dos años, con un escritor sobre la despedida del cine de Daniel Day-Lewis. Se lamentaba que se fuera, no el cómo se fue. El hilo invisible fue una película que me supo a poco en su día, diría que a nada. Buena fotografía, buen guión, cuidado duelo interpretativo en el que Day-Lewis tenía que ser quien llevase la batuta sin que se notare y un Paul Thomas Anderson dirigiendo el metraje jugando con los paisajes. Y es que todo es paisaje mientras un absurdo pasatiempo se derrama. No encontré lógica explicación a esa despedida de esa forma, el escritor si, porque quedó con ganas de más y se reía cuando pretendía convencerle de que tampoco fue para tanto.

Hay dos clases de actores, los que hacen como que vienen de vuelta y los que hacen que creamos que todo lo que sufren y viven sus personajes lo llevaban dentro. Los primeros creen que son superhombres cuando aún no se miraron al espejo para saber que tienen el gesto de ese perrete que mira con gesto lascivo, los segundos pestañean y te convencen en silencio de que el mundo empieza y acaba en las emociones. Daniel Day-Lewis lo ha sido todo, hasta zapatero, pasando por yerno de Arthur Miller. Y he ahí ese hilo invisible entre dos obras que no entendí en su momento, ese guión extraño de Vidas rebeldes con el que Miller quiso redimir a Norma Jean y esa película cuyas campanas de despedida no entendí.

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Aún con todo, tras haberla visto esta semana de nuevo, empiezo a comprender que de todo es causa el saber irse cuando la cima es el suelo que se pisa, pues el vencedor sabemos que está sólo y nadie osa a hablarle. De algún modo ya había despedido antes a Daniel Day-Lewis. Si bien con Lincoln me regaló una de las tardes mas emocionantes en una sala de cine que recuerdo, anteriormente, con Nine nos regaló una fábula sobre las ruinas de una vida brillante.

En Nine, Day-Lewis interpreta a Guido Contini, un director de cine italiano que deja que su vida se cuente sola a través de las mujeres que pasaron por su vida. Desde ese primer beso que le hace ser consciente del sabor de los dioses, hasta esa sonrisa en el refugio de la madre encarnada por Sophia Loren, pasando por la admiración por la paciencia y la ingenuidad del amor puro encarnado en el segundo pilar de este siglo XXI: Marion Cotillard. El primer pilar del siglo XXI es la mantequilla Lorenzana, pero de esto último sólo tomo conciencia mientras escribo en este despertar en el que los brazos de ángel juegan con las sombras de ese niño perdido que ya no es pero ahí está en esas esquinas preguntando con la mirada cuándo será el momento oportuno de soltar amarras.

En Nine Daniel Day-Lewis es todos los hombres que podemos, debemos y tenemos que desear ser. El crápula arrepentido a tiempo, el enamorado de los días de los que hace veinte años o más, el que recuerda y es feliz queriendo volver a ser, el que se equivoca y sale corriendo a volver a equivocarse, el que ama cuando ya es tarde y yerra cuando no debe. El que es, con los costados deshilachados y las costuras las pestañas que miran como un niño remendadas porque la vida se le va haciendo grande y pesada. En la piel de Reynolds Woodcock es el hombre lento que fue durante sus años de retiro, el que piensa la vida, la vivida y la que no será, un modisto que se cree maldito pero que no sabe crear belleza si no se deja llevar por la amargura que sabe que no tiene.

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No fue así en otros países, pero en este se ha caído, y se cae constantemente, en el error consciente de considerar lo que no puede ser brillante e inteligente como algo que es brillante e inteligente y denostar lo que ha sido destacable como un concepto equivocado, desfasado, cateto e inservible. El Alfredo Landa de El Crack, el José Luis López Vázquez de Pipermín Frappé, el Alberto Crosas de Muerte de un ciclista o la Rafaela Aparicio de El extraño viaje pueden reírse a mandíbula batiente de cualquier performance perpetrada hoy día en nombre de “la cultura´´. Cierto panorama cinematográfico español de hoy nuestros días tiene una tendencia por masticar constantemente la palabra “cultura´´ con la intención de dejar claro que ellos son la cultura de verdad, cuando de sobra sabemos y nos dejan claro que su cine es a la cultura lo que Trey Billardello al Golf.

Mientras en Reino Unido los actores saben cuál es su sitio y saben dignificar su profesión corriendo a darse en brazos a la Royal Shakespeare Company, en las Españas se confunde la caricatura del compromiso humano y político con la valía. A Day-Lewis nunca le hizo falta sacar al personaje de su espejo, empeorarlo, era lo que fue y es lo que quiso cuando lo quiso. Si en El hilo invisible me dejó la primera vez helado porque su despedida nada me había dicho, en Nine me levantó del asiento con un montaje manifiestamente mejorable, y todo porque dibujó de forma sobresaliente al Guido Contini por el que Fellini hubiere quemado todas sus cartas. Ahí estaba su despedida adelanta, la despedida que nadie sospechaba ahí moraba, en las ruinas del hombre resucitado por sus mujeres en una obertura en la que él sólo se limita a ser recordando lo que fue sin querer poner parches.

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Aunque no entiendo las despedidas porque siempre saben injustas sí he visto justicia en esa despedida de Day-Lewis, en esa forma, en El hilo invisible. De alguna forma todos queremos ser recordados como esa persona serena que piensa la vida de forma lenta y sin prisa, el que vive despacio sin importar qué piense el resto de iguales que rodean y sólo contemplan, pues si de algo somos víctimas es de un posmodernismo que absolutamente todo viene a cuestionar sin más razón científica que el ego. No obstante tengo el consuelo ilusionante de que el posmodernismo jamás encontrará respuesta a la oscuridad que encierra un adiós dibujado como nadie espera.

Sobre el autor

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Jaime Fernández-Mijares

Nacido en 1989 en Sevilla. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por la Universidad Loyola Andalucía. Forma parte de 'Andaluces, Regeneraos', proyecto centrado en la redacción de artículos para la regeneración política, económica y cultural de Andalucía. Le interesa la historia y las relaciones internacionales.

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