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Escena de Uno, dos tres, película de Billy Wilder.
Vientos de estraperlo

Enemigos

No se que es de él, realmente me doy pena a mi mismo, por no saber si la frase entre comas está bien escrita y por no haber intentado el contacto con el profesor en este tiempo. En los tiempos en que éramos mentor y alumno pocas veces hablábamos de las obligaciones y contratos en el Código Civil, materia para la que tenía que prepararme por haber pasado un mejor verano del que merecía y esperaba. Me hablaba siempre de la vida, y del ser libre. Sus años en Stamford y reíamos cuando pronunciaba “Palo Alto´´ con su acento californiano y aquella vez en que tuvo que suspender al atleta estrella. El profesor sigue vivo, no lo digo porque lo sepa, si no porque habría leído titulares a modo de obituario sobre él, y aunque no me leerá puedo prometer que contactaré con él esta semana. 

De aquellos días de mis 21 años, aquél mundial de España, recuerdo el zapato castellano en miniatura de bronce que usaba como pisapapeles y la socarronería, “Yo se que te gustaría el pisapapeles, pero mi libro te va a hacer mejor bien´´. Creyendo yo entonces que era libre me descubrió que la idea de Libertad que pueda tener el ser humano es siempre insignificante por todo lo que queda por conocer. Esta parte, que siempre observa con recelo suficiente cuando a algo netamente teórico y despojado de se le adjudica el sustantivo “ciencia´´, no es extraño a llamar Ciencia a la Ciencia de la Libertad. Su libro incluía una dedicatoria deseando un feliz conocimiento y mejores augurios. Adivinaba ya entonces mi ignorancia supina y con una exquisita educación me invitaba cada martes a ir a aprendiendo del ser que aún hoy menos conoce uno: uno mismo. Aquél libro, su libro, descansa en la mesa de despacho en la que día a día comienzo pretendiendo la seriedad y determinación y acabo queriendo volver a ser aquél niño Dios del poema de Juan Ramón, queriendo volver a correr por las calles estrechas gritando en silencio un nombre que es y otro nombre que ya no está.

177 páginas sobre el artículo 33 de la Constitución y la disciplina de la propiedad privada. Y la misma viene a ser un reflejo material de nuestra vida propia. ¿Somos lo que tenemos? ¿Tenemos lo que somos? ¿Quién puede despojarnos de todo lo que con sudor nos hemos dado? Siempre concluíamos que los enemigos de la libertad eran siempre inesperados, pero abundantes. Un luis de ciudad -que diría Núñez de Herrera- que creía saber quién era sabiéndose que lo ignoraba todo si no sabía definir qué era la libertad, era ingenuo, tal que ahora, pues demasiado osado se debe ser para creer que se tiene una verdad construida sobre la que guiar los propios pasos. Ve quien suscribe poco probable ser plenamente feliz, al margen de pensar de que sólo son felices los idiotas, falta lo primordial, nunca abandonar la luz de la razón y así ser feliz, porque por ella, ni se desea ni se teme. No obstante, ese punto medio de aguante de Séneca pocas veces o ninguna se tiene.

Observé con inseguridad allá por los 2014, 2015 y en adelante esa tendencia un tanto ilógica, quizás patética, entrañable, si, romántica también, de no poca gente a creer que no era ciudadanos libres, que eran presos de “los poderes económicos´´, que “las instituciones estaban cerradas a cal y canto´, en lo concerniente a su forma de decidir, para el ciudadano. Pensaba entonces lo que sabía, y se ahora lo que entonces pensaba: que cualquier intento de explicar que estaban equivocados sus altavoces era vano. El resumen era que no éramos libres y que tenían que liberarnos, y quienes nos liberarían eran unos jóvenes burgueses baladrones criados en buenos colegios y con buenos expedientes conscientes de que lo que tenían que decir debía ser efectista antes que realista. En vez de en la leche, aquellos pijos disfrazados encontraban el calcio en Laclau y su misión era combatir a “ladrones de cuello blanco´´ cuyas risas aún resuenan desde entonces. La casta, los “privilegiados´´, el arrogarse el concepto de pueblo fueron constantes efectivas de un discurso vacío lleno de pasión y vacío de contenido, perfecto para un público que no sabe que no los necesita.

Pensaba entonces, y ahora, que los más entrañables enemigos de la libertad son aquellos que vienen a decirnos que no somos libres cuando está mas que demostrado que somos libres. Aquel entusiasmo se diluyó, el poder atrae, da y quita los disfraces y proporciona dosis necesarias de realidad, que el romanticismo hay que pagarlo. Comenzaron a formar parte del sistema, esa aberración de la que tanto se ladra, empezaron a ser sistema, hablando con romanticismo desde la tribuna del Congreso, si, pero ahí estaban, siendo parte de cuanto criticaban, con el aplauso de los politólogos, gente que siempre pliegan velas hacia el mismo lado pero sin que se note y cuyo oficio es proporcionar explicaciones que nadie necesita desde órganos como una oficina llamada “de Prospectiva y Estrategia de País a largo plazo´´. Tales nombres hacen que determinados órganos o direcciones generales resulten más patéticas que el despacho del directivo de Pepsi de Uno, dos, tres de Billy Wilder.

Tales órganos están copados por jóvenes entusiastas otrora intentos de liberales cuya mejor carta de presentación es querer tener el carácter de Jordan, pregonar que la biografía de Agassi les ha gustado mucho y que hay que leer el prólogo de A sangre y fuego porque ahí es donde está la “tercera España´´. No volverá a repetir esta parte que quien usa un prólogo de Chaves Nogales como si de unas maracas se tratase no aguanta el resto de su obra ni a su autor, pero lo que queda claro es que se nos ha quedado un buen sanatorio de entrañables intentos de sociópatas al servicio del gobierno. No hay mejor ocasión para lanzar un mensaje efectista y populista que una situación límite. El mensaje de salvación debe llevar impreso la palabra “Libertad´´, presentando la misma como algo que nos han robado aprovechando una situación límite que nos puso a prueba mentalmente antes que otra cosa.

Si en 2014 nos decían unos que no éramos libres, es hoy cuando otros sin disfraz vienen a decirnos que no somos libres cuando entonces y ahora estaba más que manifiestamente claro que somos libres y que sólo nosotros regimos nuestro destino y de ahí mana ese poder limitado que tienen los gobiernos para con nosotros. Es sencillo envolverse en una bandera en nombre de la Libertad, ese gesto retrata a quienes están deseando odiarla sin atender a más razón que su consigna y a quienes están deseando odiar a quienes odian la bandera sin más razón que la de la lucha inventada disfrazados de quienes no son ni jamás fueron. El profesor sigue vivo, y bien haríamos en recordar que las preocupaciones inexistentes nos esclavizan; he ahí ese ciudadano esclavizado, el que se preocupa por la libertad que no se le robará jamás.

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Sobre el autor

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Jaime Fernández-Mijares

Nacido en 1989 en Sevilla. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por la Universidad Loyola Andalucía. Forma parte de 'Andaluces, Regeneraos', proyecto centrado en la redacción de artículos para la regeneración política, económica y cultural de Andalucía. Le interesa la historia y las relaciones internacionales.

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