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Peñón de Gibraltar / Jaime Fernández-Mijares
Vientos de estraperlo

Segundo viernes

Todo iluminado en un bello desorden -porque cuando en la noche intenta sobrevivir la luz artificial significa que hay desorden, identificado el desorden como todo aquello que vaya contra el orden natural de las cosas- y el Peñón y la Bahía protegiendo las aguas, dándoles calor, testigo o Dios de paso, que decían, indiferente a todo, a la alegría, a lo simple, y también al dolor.

Es viernes, segundo viernes de cuaresma, que si se quiere se escribe en mayúsculas y todo va dejando de ser sólido en esta parte de la vida que discurre necesariamente igual que el calendario biológico. Todo vuelve a nacer y parece que los amaneceres siempre están, nunca pasan, y se está ya guardando el Invierno tras la puerta alumbrado por esa luz que siempre encendida le espera.

Pasean los jóvenes indiferentes al amor, pero conscientes de la pasión que por desatarse está, pues nadie se enamora por primera vez si no que empieza a sentir sobre la conciencia un sentimiento sin nombre, una sensación que hace olvidar tiempos, despertares y amaneceres. Comienzan los pajarillos adolescentes a ser conscientes de lo inefable de los sentimientos, escoltados siempre por las blancas paredes encaladas, jóvenes que ignoran penas grandes porque estas no les existen por desconocidas. No saben aún que olvidarán a qué huele y sabe la pureza virginal de las mañanas en las que el amor grande viene a vestirse de jazmín para procurar quedarse en los adentros de aquello que envejecerá.

Observando el extraño cómo nacen amores jóvenes en los bancos de la Plaza de Armas del pueblo, el atardecer va tornando en anochecer -pues siempre hay luz para quien quiere verla-. Allá donde el Africano se propuso dotar al toreo de la armonía de la esgrima va creciendo con la misma armonía del azahar algo grande que, como decía el poeta, debe tener miedo de irse solo a la sombra del tiempo. La parte va quizás a encontrase a sí mismo, cortando las magnolias interiores que la vista le nublan, camino del mirador, como queriendo encontrarse con un cristo misericorde que a esa misma hora recuerda para sí bajando por su calle favorita. Siempre en ese momento sabe que no encontrará lo que busca en el pestañear que le alumbra el instante deseado.

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Al este de su posición deja el peñón de Gibraltar, al oeste le cuesta ver por mor de la miopía el monte de la mujer muerta. Gusta quien suscribe de no llamarlo así, como hasta los días llegó, si no darle categoría de monte de la mujer que despierta, y se le va dibujando en la noche la sonrisa recordando a la ciudad como a la mujer que despierta en la mañana pura y aún presa que va dejando de serlo del sueño, mujer -la ciudad- que dejó la niñez reposando en la noche para no volver a recogerla, mujer -la ciudad- que no quiere despertarse porque sabe que en la amanecida tendrá que venir la despedida y no volverán las tardes en las que los vencejos batallan con el silencio mientras los hombres arrastran la vida por el albero en el baile eterno contra el destino propio que es la muerte.

Mientras a kilómetros, y en sus adentros, aquél cristo del segundo viernes de Cuaresma intenta ver más allá de las estrellas y la vida preguntándose todos los porqués, el extraño despierta consciente hundiendo sus ojos en la extraña belleza del Estrecho. Dos mares que aún no son dos, dos mares que son siempre el mismo y duermen ya en la noche los vencejos que siempre se echan de menos. Las mareas de la memoria propia vienen agobiando y el humo quiere atragantar las sensaciones pero el cuerpo se resiste. Aún se recuerda esta parte cuando el amor le empezaba a nacer en reciente primavera y al final no fue, porque no estaba de Dios -y tampoco de ellos- pero aún se acuerda, que es lo importante, recordar para siempre no querer olvidar, porque eso es la vida, luchar por no querer olvidar.

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Observando las dos montañas que se echan de menos, esa parte no sabe ya si quedarse siempre ahí o volver andando sobre lo andado antes en busca del hogar, volviendo a ver con media sonrisa a los jóvenes que van sembrando el pulso de un corazón que va a hacerse grande, pero no puede vivir sólo de emociones el corazón de las emociones, pues ya lo dejó sentado Belmonte, que lo más importante en la lidia y en la vida es parar, y quien sabe parar domina, y lo decía sabiendo que no podía parar, que le costaba parar. Se va reconociendo el joven en su vuelta, volviendo la vista al paisaje extrañamente bello e iluminado, en el niño que en la noche volvía a los brazos que nunca debe abandonar, volvía queriendo ser abrazado por los muros blancos que escoltan a los jóvenes que enamorándose van.

Aún así, sabe que su vida no es que esté lejos, si no que está donde tiene que estar. A prudente y doble distancia de la ciudad del segundo viernes de Cuaresma que encierra belleza solo por ser, no por quienes la hacen ser o la quieren disfrazar de lo que no es. Diferencia en esa doble distancia, en ese paseo de vuelta, dos ciudades: la que lleva abrigada y la que nunca le quiso, y la que nunca le quiso es la que no existe, no por su maldad, si no porque sólo es apariencia. Ciudad en la que abundan aprendices de socarrones que creen ser Pilato sin saber que Pilato era necesariamente humano, todo lo que ellos no son; ciudad convertida en un parque de atracciones por esos Pilato peripatéticos que cómodamente viven en esa ciudad en la que eternamente son las 8 de la tarde y en la que su mundo se mueve rotando por favores debidos por mor del nombre y la apariencia, la sombra.

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Con todo, ya sabe el extraño cómo acaba todo, con frío, y así siempre ha de ser. Narcisos que preguntan quién anda ahí ignorando que Eco es tan grande que siquiera va a repetir la última palabra de los extraños que pretenden disfrazarla sin comprender la belleza de su oscuridad. Mientras se para quien suscribe sobre sus pasos, observando accidentalmente de nuevo a los pájaros que van enamorándose abrigados por las paredes blancas de la plaza, recuerda entonces el perfume de aquél segundo viernes de Cuaresma medida de todas sus cosas, la brisa de la noche acariciándole las mejillas como las pestañas que le rozaban y erizaban la piel; y recuerda su poeta del Alcázar, pues “al ir hacia casa, la humedad nos deja sobre el rostro el beso de la noche que cierra”.

Sobre el autor

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Jaime Fernández-Mijares

Nacido en 1989 en Sevilla. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por la Universidad Loyola Andalucía. Forma parte de 'Andaluces, Regeneraos', proyecto centrado en la redacción de artículos para la regeneración política, económica y cultural de Andalucía. Le interesa la historia y las relaciones internacionales.

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