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La degradación imparable de nuestra Semana Santa

En una Semana Santa completa, o al menos con todas las cofradías en la calle, se ha hecho más patente una grave degeneración de la fiesta que obliga a los sevillanos a ejercer una profunda reflexión.

Durante los siete días de goce se ha palpado el retroceso cualitativo que ha experimentado nuestra fiesta mayor en los últimos años, lo cual simboliza la merma moral que sufre la sociedad española, y que con más énfasis recae sobre la rancia sociedad sevillana, anquilosada en el pasado, inculta y condenada a vulgarizar cualquier adelanto temporal.

La mayor lacra que sufre nuestra fiesta mayor es la falta de civismo cada vez más generalizado en los propietarios de las sillitas, de los chinos o de la playa, porque ya sólo falta la arena y el mar. Parece no concebirse el concepto de esperar de pie o al menos, permitir el paso, porque en la vía pública las intenciones de unos deben obligatoriamente casar con las del otro. Esperar tres horas para presenciar el paso de una cofradía no habilita a nadie de ninguna forma para poner un candado en su metro cuadrado. Con esa lógica, imágenes como la del puñetazo en San Esteban se repetirán con frecuencia con el paso de los años entre jóvenes, adultos y mayores, todos ellos culpables de este problema.

sillas semana santa

Sillitas aparte, entiendo que cada persona siente la Semana Santa de forma diferente, pero deberían existir unas normas de decoro que todo el mundo acatase. La dictadura del aplauso, y la imposibilidad casi al completo de disfrutar en verdadero silencio de una cofradía sin música. Olvidamos cada año más que la Semana Santa encierra unos valores que deben ser preservados y reforzados con el paso del tiempo, cuando sucede lo contrario y se llega a desvirtuar la fiesta, la cual puede entenderse como una forma de ocio, pero no sólo como un interés recreativo, pues el público es parte del espectáculo y su actuación es esencial para el desarrollo de la misma.

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Mención aparte merece la gestión de la vía pública por parte de las autoridades con el cierre del paso de Virgen de los Reyes a Alemanes sin previo aviso el Domingo de Ramos, la rectificación el Lunes Santo y la clausura selectiva en determinados momentos de la semana sin saber el por qué pese a los rumores que apuntaban a la superioridad eclesiástica. Esto obligaba al viandante en sumergirse en otra aventura superando la bulla de Argote Molina, otro de los puntos neurálgicos del botellón cofrade, por llamarlo de alguna forma, que pese algunas voces, tampoco se ha erradicado.

Pero superando todas estas trabas, al fin y al cabo las protagonistas de la Semana Santa son las hermandades, quienes también se empeñan en estropear la fiesta de la sobriedad y la mesura, donde sin embargo, cada vez avanza con más fuerza la desmesura y el afán por el titular y la portada. Del mismo modo que la decadencia de la sociedad se evidencia en el público, también se hace patente en el seno de las corporaciones, donde se echa en falta el valor intelectual y moral necesario para estar a la altura de las cofradías que presiden e intervienen, con excepciones muy reseñables, claro está, porque la esencia continúa preservándose en términos generales, pero el peligro es mayor.

Afortunadamente, la vuelta a lo clásico en el asunto marchas está ganando la partida a la modernidad mal entendida y los pasos siguen andando en su inmensa mayoría, pero sigue habiendo hermandades que valoran más el cuello en carne viva por encima de otra cosa, como también hay corporaciones que diseñan recorridos pensados para acordonar determinadas zonas del centro de la ciudad y olvidan aquello del camino más corto.

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En términos meteorológicos la Semana Santa ha sido memorable, con el único lunar del Domingo de Resurrección donde la hermandad de El Resucitado tuvo que regresar a su templo prematuramente, tal como auguraba el 80% de probabilidad de precipitaciones del que le informaron ya con los primeros tramos en la calle, una circunstancia que ni siquiera debió haberse dado, pues la cofradía salió con un tímido chispeo y con un cielo colorado que aseguraba el desenlace. En circunstancias como éstas, ¿no debería bastar el color de la atmósfera en el instante de la salida para tomar una fácil decisión y sin riesgos?

El torbellino de la degradación difícilmente se aminorará si no se acrecienta la educación de quienes la componen en todos los términos. En una Semana Santa plena, con muchos momentos para el gozo, las sombras trascienden con más facilidad, pero serán sin embargo, las muchas luces las que obligan a los sevillanos a realizar un necesario examen de conciencia para hacer que nuestra fiesta mayor resplandezca como siempre lo había hecho.

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Miguel Arco

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