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Andalucía contra la violencia machista, por Ánegeles Sepúlveda (IAM)

Porque la violencia de género adquiere muchas y diversas formas, sirva este testimonio para hacer ver cómo la humillación del insulto duele igual o más que cualquier bofetón y por qué es absolutamente necesario salir de ese mundo.

Los datos personales de los protagonistas de este relato y las localizaciones han sido modificados, pero a petición del periodista más que de la propia Ada, que está «más que harta de, encima, tener que esconderse”. Lejos de amedrentarse, ahora, y gracias al apoyo del Instituto Andaluz de la Mujer, escribe su experiencia en un libro que verá la luz en los próximos meses.

La vida de Ada es la de cualquier mujer en un barrio normal de una tranquila ciudad andaluza. O, al menos, lo era hasta que se encontró con su “cruz”, como ella la define, que cargará siempre sobre sus hombros “pero con la cabeza bien alta, sin vergüenza ninguna”. “Porque la vergüenza -frente al resto de mujeres- es ser cómplice del silencio de los maltratadores”.

Con una infancia normal, un noviazgo ideal y un matrimonio que empieza idílico y se torna oscuro a la velocidad de la luz. La historia, no por más veces repetida, deja de ser noticiosa mientras dure esta lacra. Así lo entiende Ada, orgullosa de haber salido adelante. “Necesito contarlo para ser de ayuda a otras mujeres que estén viviendo lo mismo y demostrar que, si yo he salido, todas pueden”, explica. Y es que Ada no sólo ha estado ligada emocionalmente a su marido, sino también económica y profesionalmente, puesto que él era su jefe directo.

El camino no ha sido nada fácil. “Dudas muchas veces, te culpas a ti misma, lo justificas, te planteas qué estás haciendo mal. Intentas mantener un orden considerado ‘normal’ y te llegas a dar asco a ti misma, hasta que te das cuenta de que tienes que huir de ahí”.

Un calvario es lo que ha vivido durante casi 30 años esta profesional andaluza que “de cara a la galería, tenía un marido modélico, sociable, amable” y, dentro de casa, un monstruo. “Todo empezó poco a poco. De otro modo, evidentemente, no te enamoras de una persona así”, explica a quienes todavía la juzgan incrédulos. “Estas personas son encantadores de serpientes”, sentencia.

El marido de Ada empezó con “comportamientos raros” que pronto se convirtieron en celos enfermizos y control absolutos, que pasaban desde pedir contraseñas del móvil y llamadas constantes a exigir los tickets de la compra y prohibirle hablar con los vecinos. El delirio lo llevó incluso a oler su ropa interior acusándola de engañarlo con otros hombres. Los insultos, gritos y peleas han sido constantes en esta cuestionable unidad familiar durante más de dos décadas y casi siempre en presencia de los hijos, menores, de la pareja.

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“Pero que nadie piense que estos hombres están locos. Ellos distinguen perfectamente el bien del mal, y a veces se apoyan en consumo de alcohol o drogas para justificarse”. Porque sí, Ada lo ha justificado una y mil veces, hasta que gracias a la unidad de apoyo psicológico del Instituto Andaluz de la Mujer ha comprendido que no había excusa alguna a lo que ella estaba soportando. También allí entendió que el maltrato es el mismo aunque no haya palizas de por medio, que este infierno se presenta envuelto en cajas de regalo y bonitas palabras como las que su marido le entregaba a modo de arrepentimiento después de cada episodio violento.

Y es fácil flaquear. “En esos momentos dudas, achacas sus reacciones violentas a tu comportamiento, piensas que tú lo provocas y te planteas si eres tú quien está haciendo algo mal”. Después de media vida sufriendo estos abusos, Ada todavía se resistía a usar esa palabra, “maltratador”, hasta que una tercera persona, al saber de la situación, se lo hizo ver. Para ella seguía siendo algo “normal, lo que había tocado vivir”.

Treinta años en un infierno insoportable que nunca había llegado a las manos. Hasta que llega, porque, más tarde o más temprano, siempre lo hace. “Me dio una bofetada y ese fue el momento en el que hice click. Ya no eran solo los insultos, ni el puñetazo en la mesa sino que iba a por mí. Ahí me asusté de verdad”, confiesa.

Ada salió desconcertada, con sus hijos y “literalmente con lo puesto” a casa de unos familiares, donde encontró el apoyo que necesitaba. “No sabía qué hacer ni a dónde acudir, pero ¿qué me quedaba?, ¿esperar a que me tirara por las escaleras y me abriera la cabeza? Cuando lo conté, me llevaron enseguida a comisaría”, explica. “Y es que yo me estaba muriendo en vida”, declara sin poder evitar una voz entrecortada.

Inmersa en el proceso judicial, nada es fácil, el agotamiento psicológico, constante y Ada se encontró ante una situación que le parecía ajena a ella misma: “Llegas al juzgado y ahí estaba yo, junto a otras mujeres, algunas con ojos morados y aún entonces seguía sin reconocerme como mujer maltratada, porque a mí no me pegaba palizas. Incluso delante de la juez llegué a decir que el bofetón no me había hecho daño”. La magistrada no dudó, en 24 horas tenía una orden de alojamiento. “Al principio ves esa orden como un castigo propio. Sin ella, no sé dónde estaría ahora mismo”, reconoce.

Ha recibido apoyos pero sabe que no se ha librado de opiniones retrógradas, miradas inquisidoras, acusaciones veladas, y no tan veladas. “He llegado a oír eso de ‘será que no sabes llevarlo’”.

“Cuando sales y lo cuentas, la mayoría te apoyan pero a muchos todavía les cuesta creerlo”, explica con frustración. Y es queel caso de Ada, con estudios superiores, una posición laboral reconocida y un carácter fuerte y abierto, como la definen quienes la conocen, fue una sorpresa para muchos de su entorno que empezaron a conocer lo ocurrido.

Un lustro, una orden de alojamiento y sentencia en firme después, Ada es hoy una mujer libre y sabe lo que es sentir de nuevo la tranquilidad en el cuerpo, un alivio que denotan sus palabras sinceras y claras: “He vuelto a ser yo, mis amigas me dicen que ahora miro de frente, ya no me comporto de manera esquiva y huidiza como hacía antes”. Pequeños detalles a los que Ada no prestaba atención pero que ahora le permiten disfrutar de cada día.

“Claro que ha sido durísimo. En el camino he perdido amistades, poder económico y me han relegado a puestos inferiores en mi trabajo. Trabajo en la empresa que sigue siendo de mi marido y todos los días entro al trabajo pensando que tengo que dar un futuro a mis hijos.”, confiesa, valiente.

¿Volvería Ada a hacerlo?“Por supuesto, no me arrepiento de nada, si acaso de haberme cruzado en mi vida con la persona equivocada y, encima, tener que mantener el anonimato por seguridad. No es justo”, aun indignada, no duda.

También sabe que hay quién la sigue juzgando, pero la fortaleza que, “gracias al IAM”, la ha acompañado en el proceso no va a abandonarla ahora: “Los mensajes de que debería haberme separado “sin hacer tanto ruido”, como le han llegado a decir a mis hijos, calan muy hondo, pero si precisamente lo he hecho así ha sido por ellos y por mí misma”.

¿Un consejo? “Lucha. Denuncia. Tolerar esa situación es morir y enterrarte en vida”.Ada puede haber perdido cosas, pero también ha recuperado muchas otras: “¿Sabes lo único que no me han podido quitar? Mi dignidad, que sigue intacta.”

Incluso terminado el proceso y rehecha su vida, Ada sigue involucrada en combatir esta lacra, que no entiende de edad, situación económica o social, de ahí la necesidad de expresarse y escribir un libro que será publicado muy pronto y que ha escrito de manera anónima pero autoimpuesta, porque insiste, “quería publicarlo con el nombre real, es injusto encima tener que esconderse”. Plasmar por escrito todo lo vivido ha supuesto “una víade autoayuda en ambos sentidos”, para ella misma y para las generaciones venideras. “Muchos me preguntan si no me da vergüenza dar a conocer mi vida personal. ¿Vergüenza, reparo? Vergüenza sería callarlo y no luchar”.

25 de noviembre de 2015, Día Internacional para la Erradicación de cualquier forma de la Violencia contra las Mujeres. 56 mujeres, 10 de ellas en Andalucía, asesinadas por sus maridos, novios o ex parejas sentimentales. A poco más de un mes para acabar el año, la cifra solo está tres puntos por debajo de la de 2014. Una cantidad todavía demasiado alta hasta que se iguale a cero. La violencia de género es, para la ONU, «la más vergonzosa violación de los derechos humanos»; «un problema de salud mundial de proporciones epidémicas», en palabras de la OMS. Del trabajo, esfuerzo y concienciación de todos depende que el 25 de noviembre de 2016 no requiera de ninguna marca señalada en el calendario.

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