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Homenaje a Antonio Mairena en su mausoleo

Hoy se cumplen 30 años de la muerte de Antonio Mairena, uno de los cantaores flamencos más reconocidos del país.

Este jueves día 5 de septiembre se cumplen 30 años de la muerte de Antonio Cruz García, que en la cima de su carrera fue llamado don Antonio Mairena. Antes había sido el Niño de Rafael o el Niño de Mairena, como era conocido cuando se hizo famoso en Sevilla gracias a su cante por saeta.

Los inicios artísticos de Mairena trascurrieron por cauces naturales. Gitano emparentado con las familias cantaoras de Alcalá y Sevilla, escucha el arte oscuro de sus mayores hasta configurar una idea precisa de cómo y qué debe ser el cante. Sin embargo, su primera obra discográfica nos ofrece a un Mairena acoplado a los designios de la moda, es decir, cantado fandanguillos y cuplés por bulerías. Es curioso como la grisácea posguerra generaba unos gustos tan cursis.

La personalidad de Antonio Mairena se desdobla en dos facetas: la del ideólogo, y la del maestro del cante. Siempre estuvo tan afortunado en lo segundo como en lo primero. Su importancia artística es incuestionable, pero sin su hábil reivindicación de la importancia cultural del flamenco, su figura no ocuparía el lugar de prestigio que disfruta hoy. En un concienzudo y arduo proceso ideológico, Mairena atrajo la atención de los más altos estamentos sociales hacia el flamenco, no sólo como un fenómeno festivo, marginal, si no como un hecho cultural de primera categoría.

Consiguió que las instituciones públicas y privadas participaran en la difusión del cante, y con ello contribuyó enormemente a la profesionalización de esta música, con la que Andalucía aún no se había identificado del todo. Hasta entonces el flamenco había permanecido anclado a los ambientes marginales, mezclado con los espectáculos de variedades, el folclore y otros apetitos de la noche;  con la Alameda de Hércules como centro de la supervivencia de algunos de los artistas más relevantes del cante, el toque y el baile. Casi todos ellos gitanos, casi todos ellos murieron en la miseria.

Mairena acuña un término sesgado pero efectivo; ‘cante gitano andaluz’, para referirse a aquellos cantes que él consideraba más antiguos y de mayor dificultad, asociándolos a la tradición gitana, que supuestamente había permanecido hermética hasta hacía unas pocas décadas. Mairena se propone ilustrar al mundo con los nombres más relevantes de esa tradición, y encumbra a cantaores casi desconocidos y los envuelve en mitología, como Manuel Torre, Joaquín el de la Paula, Tomás el Nitri, la Andonda… y por supuesto a sus maestros: Juan Talega -pétreo gitano de Dos Hermanas que llevaba en su recuerdo las claves del cante de Alcalá, aquel del que se sirvió Mairena para establecer sus génesis cantaora- y Pastora Pavón, la Niña de los Peines.  

Tras configurar este Olimpo, Mairena entrega su vida a diseñar una obra que establezca los cánones del cante clásico, un cante que acabaría creando él mismo en torno a la soleá, la seguiriya, las tonás, la bulería y los tangos. Así su obra es más antológica que personal. En el arte de Mairena se aprecian muchas veces la rigidez y la claridad de quien quiere ser un buen maestro. Esta versión de don Antonio, la más reconocida, contrasta con sus actuaciones en directo, donde siempre se mostró desinhibido, más libre, y así más auténticamente flamenco y gitano.

Durante toda la Dictadura y la Transición, atrajo la atención de intelectuales que vieron en su concepción del cante una metáfora de la opresión del pueblo, y quisieron encontrar en el flamenco la historia de la Andalucía trágica. Es el caso de Félix Grande o Caballero Bonald. A raíz de esa sintonía, los primeros investigadores del flamenco parten de una idea preconcebida de la gestación de este arte –con los gitanos cómo única y espontánea fuente creadora- que en buena medida se ha demostrado si no errónea al menos insuficiente.

Tras la muerte de don Antonio queda el mairenismo, que se volvió a menudo virulento. Sus más fervientes seguidores abanderaron lo rancio, sin reconocer la evolución del cante, si no la perfecta ejecución de sus cánones, es decir de su forma más perfecta, la que cantó Mairena. Hoy en día el flamenco se está desembarazando de esa concepción racial y secular, y se estudia desde un punto de vista meramente artístico. Las ideas de don Antonio quedan cada vez más arrinconadas.

Sin embargo, y afortunadamente, lo mejor que nos ha dejado Mairena es la sabia afición de la gente de su pueblo, que sabe apreciar este arte como en ningún otro lugar. Es un público ilustrado, que hoy abre su corazón a todo aquel que quiera enfrentarse a su máxima exigencia. Se lo deben a don Antonio.

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Equipo de redacción de Sevilla Actualidad