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francis segura 26 04 17
Rueda de reconocimiento

Eipril feria

Hacía mucho tiempo que la Feria no nos regalaba suculentos debates como los de este año. Lo del Charco de la Pava estaba quedando ya así…de un pavo tremendo, porque no había manera de salir de aquel charco.

La ampliación de la Feria, la que se debatía ya por los años 60, hace medio siglo…y que se acalló en parte cuando en Los Remedios se alcanzó el deseo, por parte de muchos colectivos, de tener caseta propia.

Luego, y siempre, la adjudicación de las casetas, la manera de concederlas y de retirarlas, los clásicos “por un día la perdimos” (nombre de pañoleta, ¿verdad?) y todas esas frases de antología: “yo era socio y me quité”, “mi mujer no quiere Feria”, y muchas más, que son octosílabos preciosos para escribir sevillanas, no tan buenas como las del maestro Pali, pero sonoras para una tarde de bullicio y rebujito.

¿Y ahora, qué? Ahora la caseta de Abengoa, que se ha convertido en lugar de acogida dentro de un Real, inhóspito a veces para los propios sevillanos y que se abre, por medio de una singular iniciativa, a la presencia de turistas y extranjeros, que en sus hoteles podrán concertar una visita a un lugar tan singular como la Feria, ciudad efímera en la que uno no encuentra, ni fácil ni cómodamente, lugares donde almorzar de forma medianamente cómoda o ciertos servicios teniendo en cuenta que si no lo han vivido desde siempre no pueden, en unos días, hacerse con tan compleja realidad.

La caseta de Abengoa, reutilizada para este fin con interesantes ofertas para el turismo, aunque alguno pueda pensar que aliena la Feria de Abril, podemos decir que la abre aún más a un público que, con su potencial, no va a conseguir que la fiesta pierda su esencia. Lo hemos vivido todos esta Semana Santa. Los que hemos estado trabajando, nos hemos visto rodeados de turistas de todas partes, ávidos de saber, ávidos de sentir, con ganas de que alguien les explique todos los detalles y les convide a compartirlo.

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Cuando la vida estaba marcada por el ciclo festivo de pueblos y de comarcas, la grandeza de cada celebración no estaba en lo que vivieran los propios del lugar, que ya sabían cuál era su papel y se lo tenían bien aprendido. El lustre se lo daban los de fuera, y para alimentar su curiosidad, la gente de cada pueblo se esforzaba en ir cada año más arreglados, en traer novedades más cuidadas y costosas para alimentar ese reflujo. No me negarán ustedes lo que viste un forastero, a pesar de que venga con atuendo raro y mire todo sorprendido. En esa representación de la vanidad y el patriotismo chico, esas miradas valen un mundo para sentirnos quizás más orgullosos de lo que somos y lo que tenemos.

La caseta de Abengoa amplía la Feria, pero no para que nos hagamos cortijos y apartes, sino para que los que no tenían caseta, y nunca la tendrán, puedan imaginarse lo que significa para un sevillano tenerla. En la eipril feria, los turistas que coman allí, que aprendan a bailar, hasta los que saquen dinero en el cajero electrónico…harán más grande y más importante la Feria, que ahora es la más ombliguista de nuestras celebraciones populares.

A la rueda de las cuatro sevillanas, una tras de otra sin parar, los que han hecho posible esta ampliación “sine termino” de la Feria de Abril abriendo una caseta para que los extranjeros puedan conocerla, donde se venda un tópico, sí, pero también donde se genere riqueza para los sevillanos. A la rueda de la trastienda de la caseta petá de gente sin poder pedir ni un plato de pimientos los que no se han enterado que lo que es de uno, para hacerlo grande, hay que venderlo hacia afuera, hay que hacerlo cómodo y palpable. “Caseta de Abengoa / donde el que venga,/de fuera y forastero/ refugio tenga. ¡Tuvieron vista/abriendo una caseta/ para el turista!”. Cántese con la música de las sevillanas de siempre, que son como será la Feria, siempre con letras nuevas, pero cada año con una esencia distinta. ¡Vívanla!

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Francis Segura

Sevillano habilitado por nacimiento, ciudadano del mundo y hombre de pueblo de vocación. Licenciado en Historia del Arte que le pegó un pellizco a la gustosa masa de la antropología, y que acabó siendo recepcionista de notario y estanquero. Investigador en la historia y en la literatura, preguntón, atrevido y gesto hecho hombre.

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