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El Archivo municipal debe tener mancomunados los fondos documentales de los ayuntamientos de Villafranca de las Marismas y Los Palacios desde su unión en 1836 / F. Amador
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Una memoria mutilada de tinta y papel

Más de un siglo de historia de Los Palacios y Villafranca descansa en la planta baja del consistorio palaciego, como un árbol vivo que brota cada primavera pero que es incapaz de regenerar sus ramas mutiladas.

Tras la puerta metálica que da acceso al disco duro de la última centuria palaciega, en un criadero de ácaros, macera el papel añejo que adquiere con el paso de los años tonalidades de solera.

En el más auténtico caos de archivadores AZ, libros y legajos para el ciudadano de a pie, cada estante guarda un escrupuloso orden establecido por el archivero municipal, custodio de un bien material despreciado en otras épocas. El Archivo municipal de Los Palacios y Villafranca pudo ser, y no es, uno de los más importante de la comarca del Bajo Guadalquivir, por la idiosincrasia de estar formado en el pasado por dos villas distintas, Villafranca de las Marismas y Los Palacios, debiendo tener mancomunados, desde su unión en 1836, los fondos documentales de ambos ayuntamientos.

La historia de un pueblo

La memoria histórica es algo más que desenterrar muertos para darles humana sepultura. Es conservar las memorias de tinta y papel para escribir la historia de un pueblo.

Hasta nuestros días el Archivo municipal ha llegado amputado de sus raíces. Apenas quedan documentos del siglo XVII, XVIII y XIX, sólo unos cuantos libros de cuentas de Villafranca y el emblemático libro de El Becerro, recientemente restaurado. La humedad, que Romero Murube describe de su Pueblo Lejano como “un sudor salino que sube por la blancura nítida de las paredes”, los sucesivos traslados de sede del Consistorio y el incendio provocado por los franceses en el municipio en 1810 -que las techumbres de pastos propagaron hasta quemar el archivo- han ido descapitalizando el patrimonio documental palaciego. Hoy es un archivo moderno, un monstruo de la burocracia actual, con más de ocho mil quinientas cajas. Es un archivo, según Julio Mayo, actual archivero municipal, “bastante completo para investigaciones sobre el siglo XX”.

En 1906 se fecha el primer Acta capitular que se conserva, firmada por Domingo Elías Merino, alcalde del bando conservador. La siguiente sesión plenaria recogida en ese mismo libro ya viene rubricada por su sucesor, el liberal Salvador Murube, tío del genial poeta palaciego de la Generación del 27 Joaquín Romero Murube. Estos son los primeros documentos que se archivan con una periodicidad estable y se atesoran con rigor, libres de catástrofes. Por tanto, las decisiones políticas y administrativas registradas en papel durante todo el siglo XX ya forman parte, por ley, del Patrimonio Documental de Andalucía y sobre todo de los palaciegos que pueden acudir al archivo a consultar su historia de forma objetiva, haciendo uso del servicio público, sin el historiador intermediario ni contaminaciones intencionadas. Entre tanto papel destintado y tapas resquebrajadas por el paso del tiempo hay maravillas que somos incapaces de observar a causa de la hipermetropía humana. Tendrán que morir varias generaciones para empezar a valorar algunos documentos históricos, que los padres, abuelos, bisabuelos y tatarabuelos de los hijos de ahora han guardado como un cadáver en el ataúd, sin vida para dejarlos descansar en paz.

Además de incendios y extravíos, el hombre, como especie, ha establecido trabas de otra índole a la conservación de la historia. La Diputación de Sevilla estableció hace unos años criterios de expurgo para decidir qué se elimina y qué perdurará para siempre en los distintos fondos de la provincia. El Archivo municipal no es un mero almacén contenedor de actas sin vida, existen: contratos, facturas, bandos y carteles, documentos con nombres y apellidos que son hilos conductores de la historia del pueblo. Cuenta Julio Mayo, historiador palaciego y archivero, que “uno de esos criterios impuestos por el ente provincial es desintoxicar de clips y grapas los papeles, además de eliminar documentos anexos de escaso valor. Revisando facturas de imprentas del último tercio del siglo pasado, encontré impresos, como carteles del Festival de La Mistela y papeletas electorales, que estaban a punto de ser destruidos”. En Los Palacios y Villafranca de haber seguido escrupulosamente estos criterios hubiéramos eliminado contratos del Ayuntamiento con José Monge Cruz, Camarón de la Isla, y pagos acreditativos firmados de puño y letra por las hermanas Bernarda y Fernanda de Utrera, documentos cruciales para escribir la historia del arraigado Festival.

La memoria histórica es algo más que desenterrar muertos para darles humana sepultura. Es conservar las memorias de tinta y papel para escribir la historia de un pueblo.

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Sobre el autor

Francisco Amador

Francisco Amador

Licenciado en Periodismo. Actualmente en Sevilla Actualidad y La Voz de Alcalá. Antes en Localia TV y El Correo de Andalucía.

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