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Palabras desde Londres

La soledad individualista

La aventura londinense es un arduo camino que entremezcla amargura y dulzura a intervalos alternos. A nadie debe sorprenderle que la vida en una megalópolis lleva a la soledad más grande que una persona puede verse abocada, aunque siempre esté rodeada de individuos y sonidos estridentes. La multitud no solo niega cobijo a la persona, incluso es agresiva hacia los colectivos minoritarios.

“Song that never ends”

La disponibilidad de comercios con apertura de 24/7(24 horas los 7 días de la semana) desde supermercados, restaurantes, bares, gimnasios permite que siempre haya gente por todas partes y a todas horas, gente de todos los colores, de cualquier edad, cacareando ininteligibles idiomas, pero enganchadas a un teléfono móvil, ese pequeño compendio de electrodomésticos; radio, walkman/cd, despertador/alarma, cámara de video/fotográfica, grabadora, calculadora, reloj… Nos hemos creado mundos burbujas tan personales e individuales que hemos perdido la empatía con las personas de nuestro entorno, a las que esquivamos, literalmente, para que no alteren ni por un instante nuestra realidad paralela.

“This is the song that never ends.”

Nuestro teléfono se ha convertido en nuestro micrófono con altavoz para opinar en las redes sociales, ahí lanzamos nuestros propios juicios con una careta y un pseudónimo. Nuestro móvil es también el diario personal, pero público, para hablar con nuestras amistades, las cuales nos juzgan con un like o su ausencia, si vamos en consonancia con la masa. Ya ha sustituido a nuestra tarjeta bancaria para pagar en el metro y en los comercios, porque cada vez usamos menos el dinero contante y sonante. Inclusive hace funciones de barra de bar o cafetería, a través del teléfono podemos contactar con un abanico de personas dispuestas a establecer relaciones amorosas/sexuales como si fueran un catálogo de cualquier producto.

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“It goes on and on my friends.”

En definitiva, las personas nos hemos puesto la soga en el cuello porque hemos cosificado hasta el límite lo que nos hace vivir en sociedad con sus virtudes y defectos.  Hemos confundido las herramientas con la meta; lo que resulta más rápido y más fácil, con el consenso, la paciencia, la solidaridad…

Entonces llega una pandemia y el mundo se te viene abajo, sobre todo en las grandes urbes, como London. Un like es la definición de si o no, blanco o negro, bien o mal, pero el mundo es una escala de colores que el cielo nos enseña cada vez que llueve.

¿Cómo reaccionar ante una tragedia como la que vivimos con un electrodoméstico en la mano? ¿Somos conscientes que su multifuncionalidad puede desactivar la nuestra si no tenemos mesura?

El virus ha sacado a la luz lo peor y lo mejor de nuestras sociedades. Esa miseria que se arrinconaba en un callejón, en un contenedor, ahora se ha convertido en filas  de personas que nunca se imaginaron acabar ahí. Ese egoísmo de manifestarse en un descapotable con la pulserita exigiendo tus privilegios, reclamándolos como libertad, o peor aún, ser la cacatúa, que lleva la pulserita grande con el palo de una escoba comprada en un chino, aplaudiendo al tipo del coche de gama alta, porque así  siente que es como él. Las personas papagayas  han proliferado porque su entorno ha quedado reducido a su vida digital, donde le cobijan solo aquellos que tiene el encefalograma plano.

Cierto, también, que otros muchos se han volcado en sus trabajos dando el 300% para salvaguardar a sus conciudadanos, al mismo tiempo que las autoridades dependientes les recortaron los fondos en vez de incrementarlos.

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Las personas establecen sus relaciones en torno a grandes grupos de personas, familias, amigos…donde no hay ausencia de conflictos, pero son entornos donde las diferencias de opinión obligan a la reflexión y  al cuestionamiento; con un mundo paralelo en la mano, como son los móviles,  lo primero que matas por comodidad, confort a la carta, rapidez y economía, son ese tipo de relaciones,  aparte del incesto intelectual que supone rodearse de personas que llevan en la frente tres valores simples y banales. Las herramientas son para hacernos la vida más cómoda pero nunca para impedirnos vivirla.

“Someone started singing it not knowing what it was,”

No podemos quedarnos enganchados en ese mundo paralelo porque la realidad no virtual nos puede devorar y este es un claro ejemplo, Rishi Sunak titular de Chancellor and Under-Treasurer of Her Majesty’s Exchequer, el equivalente a Ministro de Hacienda en el Reino Unido ha ido dejando pequeños avances que van tomando cuerpo, como la congelación de salarios de los empleados públicos del estado, incluidos los trabajadores claves, keyworkers, quienes han estado en la primera línea de lucha contra el covid-19.La misma semana que el Estado ha publicado el costo del mayor barco militar de Europa. Obviamente las empresas subcontratadas del ejército tienen más prioridad que la población llana, que sigue sufriendo la escasez de recursos del sistema público sanitario y educativo.

Al mismo tiempo que paseas por las ciudades y ves carteles llamando héroes a los keyworkers, la plata se va a las carteras de los colegas del Gobierno, pero la mayor hipocresía ha sido subir el salario unos peniques, que realmente no marcan diferencia, cuando en la balanza general lo que ha habido es un recorte enorme.

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Sin duda, la pandemia ha debilitado las arcas británicas, como a todos, pero la soledad del Gobierno se ha hecho más evidente desde la derrota de Trump, que iba a mandar el maná para socorrer al Brexit (Rightexit). Pero no por eso este Gobierno  ha movido un ápice de su ideología ni ha cesado de aumentar las diferencias sociales. El respetado ministro de Hacienda sólo está tocando su parte en este concierto.

Otra vez nos aclaran que para ellos lo público sólo tiene sentido derivándolo hacia los beneficios privados, y las pérdidas cargarlas al erario público, en otras palabras, lo de todo para ellos y su facturas para nosotros.

El cuento de la buena pipa siempre se canta en las reuniones, aquí se politiza.

“and they’ll continue singing it forever just because,”

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Sobre el autor

Fran Pereira

Fran Pereira

Natural de Sevilla; en la Rábita, el mar me bautizó; aprendí a caminar y hacer travesuras como cazallero; en Dos Hermanas la escuela me dio alas, la Hispalense un motor; luego en México, bravura y tesón, y por ahora, en Londres, surfeando a contracorriente en la ola del Brexit.

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