Escena de la película 'Cownboy de medianoche', de John Schlesinger

Al entrar en una habitación forrada de libros observo una pared norte imaginaria en la que un efebo veinteañero se mira socarrón al espejo luciendo músculos. En el lado izquierdo del espejo una foto de Paul Newman en La leyenda del indomable con esa mirada helada con la que manda a cerrar el bar, la casa, la ciudad, y hasta la vida misma si quiere. Lo que uno describe no es realidad, es una escena de cine de una película que es pura poesía sobre los costados oscuros de la vida: Cowboy de medianoche.

De todas las películas favoritas, es Cowboy de medianoche la única que puede verse más de una vez sin caer en el cansancio y -tras haberla visto una cuarta vez- se llega a la firme conclusión de que si Dios se bajara de su mundo se iría con John Voight a lucir músculo ante ese espejo. Voight, que quiso ser el Al Pacino vestido de Tony Montana y acabó siendo el otro Al Pacino, el villano simpático y necesario, el hombre atolondrado y caído del cielo que por bandera inconsciente e innata tiene la buena voluntad: Serpico.

Hoy, con los años, se es un ser humano que cae en la cuenta consciente de que Dios se ha ido presentando en las pequeñas cosas: Los Spritz magníficos que preparan los muy queridos amigos del Café de Estraperlo -a ellos se les debe el nombre de esta columna de domingo y el ver la vida con una sonrisa cuando se está llevando el caballo tirando con las riendas desde el suelo-, los libros añejos que se van rescatando en mercadillos y rastros, Bette Davis en Jezebelle, la calle Alcazabilla, el mar, la calle del reloj, la calle Pelayo y su tristeza alegre diaria de domingo, una Harley Sportster que diariamente se encuentra en la calle, un pasaje concreto de Hermosos y malditos y así una lista interminable de cosas en las que cada día de la vida se ha ido encontrando a Dios.

La vida es odiosa cuando se le pone apellidos. Hoy está ese invento de la vida ‘moderna’, creo firmemente que hace años que eso de la vida moderna es vivir en un viernes constante celebrando que es viernes o escuchar Vetusta Morla, que no te gusta en el fondo, y hacer alarde de ello para que todo el mundo sea consciente del indie cutre que se es. Todo esto lo pienso hablando con gente auténtica, gente que encuentra en este su país de pernocta su refugio; mi amigo Rafael, un francés de la Camarga, nonchalant y bonachón que lo primero que dice es que es del Betis desde Los cuatro años y de Morante, y que va por las calles de Osuna pegando chicuelinas de bajo compás con su abrigo sin mangas.

Gente genial es gente corriente, frecuente, abundante e imprescindible, y Rafael lo es. Tan genial como Iwasaki, Fernando Iwasaki, un caballero que de vez en cuando leo en el editorial de Vanity Fair descubriéndome cosas como que la palabra glamour significa habilidad para hablar francés o que existen librerías como Shakespeare & Co. En cierta ocasión, cuando quien suscribe tuvo su etapa liberal regeneracionista, Iwasaki nos contó que hubo una vez un poeta que escribió una Oda de amor a un ‘seise jubilado’, y claro, cosas así no se olvidan porque son geniales.

Al cabo de la vida no puedo permitirme otra cosa que no sea el pragmatismo. En la facultad de Derecho se podía ser idealista, pero no te enseñaban que acabarías aprendiendo a palos a ser pragmático y a amar ese pragmatismo. Y así se está: consciente tras los años de que se es un nonchalant y simple abogado de provincias, libre y sin espada, si, una Libertad imperfecta pero limpia como el traje de un sastre.

Dios queda descubierto en las pequeñas cosas, pero se es consciente de que si Dios se bajara de su vida para venir al mundo viviría con John Voight en ese cuartucho, avergonzados los dos -como Lady Macbeth- de tener un corazón tan blanco. Dios queda en esos poemas de Zhivago con los que Pasternak cierra esa cumbre de la literatura y en esa palabra sagrada con la que Ayn Rand cierra la última página: <>. Porque dentro queda. Como la batalla constante que es Sébastien Castella, como el Napoleón contra sí mismo que era Alfonso de Portago, y el viaje de ida sin vuelta queda para los cuerdos; que al fin y al cabo somos todos porque como buenos locos se nos da bien mentir mal.

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Jaime Fernández-Mijares

Nacido en 1989 en Sevilla. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por la Universidad Loyola Andalucía. Forma parte de 'Andaluces, Regeneraos',...

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