People in the sun/Edwar Hopper

La transgresión es una cualidad a la que todo arte aspira -o debería aspirar, dice mi amigo Gonzalo Gragera en la finísima entrevista que hace pocos días hizo a Eduardo Mendicutti. Es cierto. Está cara hoy la transgresión, aunque buscarla hace que me reconcilie con columnistas como Emilia Landaluce. No mucho ha no le terminaba de perdonar que me rebajara a simple icono rosa a Carmen Díez de Ribera, no obstante, desde que usa expresiones como ‘derriere’ o ‘en negligé’ me está conquistando.

La vida actual va de transgresión, si, siempre. Hoy día la transgresión podemos resumirla como venir del lugar menos pensado al sitio más indicado. Como por ejemplo Gerard Piqué. Nos gusta Piqué, lo veo alguien estrictamente necesario en el fútbol. Básicamente porque es al fútbol lo que Ouka Lele a la fotografía: díscolos y bohemios de familia que vinieron al mundo a estar de vacaciones y de su hobby hicieron vida. De un modo u otro, así eran los gentleman drivers; aquellos pilotos de formula 1 que vivían mirando por la izquierda a la muerte y por la derecha a la tentación. Hunt el máximo exponente. El que se dejó levantar a la mujer por Richard Burton. El de Elizabeth Taylor, el que murió con una pluma en la mano escribiendo una carta de amor. Eso es morir con transgresión y con clase, y no morir con una copa en la mano.

Vemos hoy día que la transgresión se resume a citar a Chaves Nogales a destiempo y volviendo la cara al contexto. Ponderar como desde el complejo de culpa por ser niños que lo tuvieron todo. Como Joaquín Reyes cuando escribe riéndose -con un paternalismo chirriante- de Javier Marías teniendo que preguntar -al momento- quién es Marías y su nunca lo suficientemente ponderado padre. Pero si alguien sabe de transgresión y apología de la misma es la Academia Sueca otorgando el Nobel de literatura. Dentro de cinco años la Academia repartirá más perdones que premios.

Por mor de la transgresión, los distinguidos caballeros y damas del jurado dejan de lado nombres. Si. Parecen no perdonar a Joyce Carol Oates -La más excelsa escritora contemporánea- ese giro brillante que tuvo hacia lo negro. La americana tocó el cielo de la creación con Qué fue de los Mulvaney, ocurriéndole lo mismo a Philip Roth, a quien parece que la Academia no perdona una tragedia brillante como La conjura contra América y es que en lugar de descubrirse, el jurado lleva años hacer lo imposible por no reconocer la brillantez de la escuela americana. Tan es así que no dudaron en dárselo a Bob Dylan. A mi modo de ver, Dylan merecía el Nobel por aquel capítulo de los Simpson que a modo de sorna le dedicaron. Ya saben, Krusty y el Cañonero =Dylan y el Cadillac Escalade. Pero nada malo puede tener Dylan en el alma si puso ritmo a la historia de Rubin Carter. Como nada malo tienen Los hombres y el género humano cuando son capaces de sacar vino de la tierra.

Margaret Atwood lleva años siendo demasiado canadiense para la Academia sueca, como Richard Ford demasiado lírico, Don Delillo demasiado serio, Murakami demasiado vendido, Franzen extremadamente forzado, Ian McEwan demasiado británico o Javier Marías demasiado anglófilo. Lo cierto y verdad es que la Academia sueca parece estar deseando un nuevo y escandaloso ridículo como el que protagonizaron cuando se les murió Karen Blixen sin haberle concedido el Nobel. Cierto es que en determinados momentos estuvieron a la altura de las circunstancias, como cuando le concedieron el premio a Pasternak. No obstante, parece que debieron pensar que estuvo bien la broma con los rusos y que era mejor no dárselo a Nabokov.

A la muerte de Blixen -Isak Dinesen para quien la conozca con su seudónimo- los caballeros suecos reconocieron que fue un error no haber reconocido la obra de la dama nórdica que tenía su alma en África. Hoy, tras los años, parece que quieren que un día mueran estos gigantes sin reconocer cómo murieron las hermanas Bronthë: sin ser conscientes de lo que crearon. Por suerte, el mundo sabe reconocer siempre la grandeza de lo esculpido en páginas.

Hay escritores a los que se les reprocha que tengan gesto de cabreo. No debe ser así este reproche, no se les debe perdonar todo pero si ser conscientes de que la creación requiere de un carácter distinto, un modus especial, un Live True que nadie puede igualar.

La vida, al fin y al empezar, debe tomarse con la misma tranquilidad con la que Norman Foster explica que ya no es Sir, sino Lord Foster of Thames Bank. Yo, personalmente, me cabreé cuando me dijeron que me parecía a Harold Lloyd. Siempre quise ser Robert Mitchum. El cabreo me duro lo que me duró un Aperol. No obstante, hay que reconocer que no es lo mismo un cabreo mortal que un enfado de los hijos de los dioses; lo que ocurre es que la Academia sueca ha decidido ser Kronos devorando a sus hijos, un pecado mortal para quienes llevan tiempo obviando lo evidente. Hombres y mujeres que hacen aquello que proclamaba Wilde: matan lo que aman.

Jaime Fernández-Mijares

Nacido en 1989 en Sevilla. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por la Universidad Loyola Andalucía. Forma parte de 'Andaluces, Regeneraos',...

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