james-dean-gigante

Recuerdo y no quiero recordar que reconciliarse con algo por lo que se sentía aprecio es como resucitar, volver a vivir. Es mentira. Es vivir, directamente.

A menudo me veo inmerso en batallas por mantener intacto el honor del gusto por la F1. Si, algo que muchos morrales ven aburrido. Como mitómano no puedo pasar por alto vidas rotas u oxidadas a base de épica y unos kilómetros por hora de más. James Hunt, Alfonso de Portago, Jackie Stewart o Raikkonen. Siempre Raikkonen.

Hará 6 meses, mientras preparaba mi último maratón coincidí con otro loco gastando kilómetros frente al mar. Este me decía que leyó a Murakami para ver eso de hablar cuando se habla de correr. Evidentemente decía que no encontró respuesta a su deseo y que se echó a la calle y llegamos a la conclusión firme de que no nos gustaba correr, sino la sensación de inmediatamente después. El cuerpo destrozado, como no queriendo ser.

Y he aquí mi blasfemia particular de domingo: Santa Teresa tuvo su extasis tras correr un maratón. Hala. Y no hay mejor ni mayor experiencia extracorporal que el post-workout, y si alguien lo duda que empate o lo mejore. Jamás me reconciliaré con el gusto de correr, porque no me gusta. Lo odio, pero puestos a sufrir es el mejor pasatiempo que se le puede dar a un pasatiempo absurdo y que se basa en sufrir, sufrir mejor que nadie: la vida.

Desde que uno saca el carné de conducir parece predestinado a desarrollar cierto sentimiento de hermandad con su coche. Una suerte de pacto de sangre y gasolina basado en el click de ese mando a distancia accionado para abrir o cerrar. Un pacto distanciado en una frase tipo, ‘hey, nena, tengo las balas; mañana en la batalla piensa en mí’. Y así, uno trata a su coche como otro loco que va por la vida, ese James Dean de Rebelde sin causa que ahoga su maldad en un buen fondo que lucha por quedarse tras el biombo del alma.

Leyendo a Kerouac no encontré gusto por conducir. Tampoco leyendo a Austeen me gusto más el Earl-grey de lo que ya me gustaba antes. Con los años he acabado odiando conducir. Sin más. Sin saber por qué. Y ya va pasando a mejor vida esa sensación de odio por conducir, de ver el coche como una cárcel. En un nuevo tiempo miro el coche como si fuera el John Wilson de Cazador blanco, corazón negro y le digo ‘robarte sería el mejor pecado que puede cometerse con las manos’, y aprendo a amar cada kilómetro, cada cambio y cada subir y bajar de la aguja del contador de velocidad. No obstante, odio a esa arpía aguja del indicador de gasolina. Es la Cersei Lannister de la automoción, la Angela Channing de todo coche.

Hoy, tras los años, se que nada tiene sentido sin mi coche. Sin una distancia larga y amarga. Esto lo consiguió alguien que escribe aunando belleza y frivolidad cuando habla de la Primera Guerra Mundial. Alessandro Baricco construye una increíble historia de amor por todo lo que construye el carácter humano en Esta historia.

Este libro, puede decirse, cambia la vida. Debe admitirse. Los protagonistas caen en preguntas como ¿cuando estaré vivo? ¿Cuando lo estuve?. Resulta imposible no empatizar con los personajes si no se mete uno en su punto de vista. La guerra, Caporetto, la Mille miglia, Fangio, la vida en Estados Unidos como si cada noche llegara la misma muerte a traernos la cena con el mismísimo convidado de piedra, la muerte, el padre. Todo al rededor del deseo: las ruedas, la velocidad y un circuito. Todo por amor de Ultimo Parri a su padre.

Si desde que leí Un buen año no dejo de brindar por la tierra, Esta historia es un libro que ha dejado la vida marcada para siempre. La vida hace que tracemos un atlas de necesidades en el que vamos encontrando aquello que una vez nos recordó que vivíamos. El mar, el tren, el remo, el polo, las gaviotas de la ciudad mientras la tarde cae con el golpeo de las teclas del ordenador…

Pero al final, y al principio, no puedo pasar sin apreciar ciertos pecados que hacen de la existencia algo más placentero por fugitivo y por arriesgado. Ese semáforo en ámbar que va camino del rojo que acaba saltándose ella mientras ríe y reconozco de forma triunfal ‘si, bien, eso es; estaba en verde fresa’ se ha convertido en esa clase de objeto sagrado de la vida que hace todo distinto. Como mis gafas de miope sin remedio. Como La Luz verde para Gatsby. Y en esto está conducir. Me acaba gustando conducir por pequeños pecados como ese semáforo que se va y no vuelve, esa caricia entre cambios de marcha. Ese reconocimiento de que no le gusta Bukowski porque es agobiante su manía de vivir hasta las últimas consecuencias.

Baricco acaba concluyendo una suerte de epitafio de la humanidad, como afirmando que nuestro corazón se parará llevándose nuestra vida por delante allá donde habíamos vivido. Y al final el corazón se para cada segundo, sin remedio, sin ser conscientes de ello. Porque no lo hemos elegido. Como Dean no eligió estrellar su Little Bastard, como Prefontaine no eligió estrellar su descapotable. Y todo queda resumido en ese instante en el que el semáforo cae del lado ámbar al rojo. Y nos gusta conducir, a través de nosotros y a través de lo que ella quiera.

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Jaime Fernández-Mijares

Nacido en 1989 en Sevilla. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por la Universidad Loyola Andalucía. Forma parte de 'Andaluces, Regeneraos',...