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Las discusiones son gritos. Hasta aquí hay consenso. Cuando se es elegante se cambia de impresión y cuando se es un caballero se muestra la distinta visión desde el aprecio.

Estos días pasados observé un intercambio de visiones entre un buen amigo poeta y una periodista de El Español en el club del ruiseñor -tuiter-. Tal fue la cosa que al final el poeta acabó admitiendo, «yo soy como Luis Rosales: me equivoqué en las cosas que mas quería´´. Y así, entre los calores, se zanjó todo y resumió mi buen amigo la vida parafraseando a Luis Rosales: equivocarse en nada, salvo en las cosas que mas quiere uno.

Uno solo padece dos anomalías: una real y otra en el alma. Una hipoplasia sigmoidea con nula repercusión sobre el devenir diario -van maratones ya a las espaldas- y un amor por la tierra con el que siempre es fácil sentirse raro entre normales. Criarse entre dos mares y un océano: Guadalquivir, Cantábrico y Atlántico da una visión vital reducida al agua Ni un día es igual, como cada ola. Ni un sol se parece al anterior, como los amaneceres de la niñez de Matalascañas. Ni un solo ocaso nublado acaricia el pelo como lo hace el orbayu del ocaso de Luanco, Asturias.

En aquél Atlántico de Huelva, cerca de dónde la Argónida despide al Guadalquivir, los abuelos contaban aquellas historias de ciudades que están bajo las aguas, ese Cádiz que está debajo del Cádiz Liberal, esa Atlántida que a medio camino de Sancti Petri y Sanlúcar quedó. Mazagón evoca esa huída inconsciente al hogar de Charlton Heston en El planeta de los simios. Al volver a Matalascañas, Sanlúcar o Luanco no me es difícil escribir en el viento aquello que canta Elvis Costello, This is the place where i made my best mistakes, y así es como se acaban cometiendo los mejores errores en la vida: enamorándonos de cada palmo de tierra que nos ha venido regalando vida.

La mejor cornisa de mar: Asturias. El mejor sol que puede iluminar una mirada: el Atlántico de Huelva. El Guadalquivir y la Argónida tienen esa habilidad de llevarse la historia y tragar vidas. En el Atlántico la Alemania nazi comenzó a caer; William Martin vino a morir en el mejor sitio soñado. Y Doñana, encarnada en esa Argónida de Caballero Bonald, construye una recreación de paraíso irreal para la razón humana. Unos sueñan con la lotería, con la diosa perfecta, otros soñábamos con que la tierra nos tragar y ser acantilado Cantábrico o arena que abraza el tímido río que acaba convertido en Oceano.

No existe Lolita. La tierra viene a ser para mí esa mujer a la que amar con amor prematuro, con una hermosa violencia que marcó mi juventud y marca mi vida adulta. En la tierra tengo esos brindis con los amigos, ese momento incómodo de no saber por qué brindar: Brindemos por la tierra, digo sin despeinarme. La tierra habla en las mejores ocasiones, y arde en los peores momentos. Cuando habla nos dice, arderé contigo en la batalla y nos iremos de la mano para no volver. Si la tierra arde la vida asusta porque queda huérfana. Queda uno sin ser invencible, sin esas bicicletas oxidadas de paseo por el espigón, alumbrados con ese sol de lobos de mar que avisan que tras eso llega la lluvia. Da igual, solo es agua, solo es tierra, solo es un amor equivocado en el momento perfecto. La tierra.

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Jaime Fernández-Mijares

Nacido en 1989 en Sevilla. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por la Universidad Loyola Andalucía. Forma parte de 'Andaluces, Regeneraos',...