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Estaba por pasar. Es decir, no pasó. O si, según quiera verse.

Un seis de Julio cualquiera, sí, porque los números y meses importantes hay que escribirlos con letras e hilarlos con lana escocesa, como la lana de aquella rebeca de aires de tiempos de Fred Perry que sacó Roger Federer al empezar el partido. Porque en Wimbledon el partido empieza en los vestuarios, y que alguien se atreva a rebatírselo a los ingleses. Retraso por la lluvia, allá en Londres. Aquí no había retrasos, la vida transcurre igual de traidora que siempre. Y allí estaba, en esa carretera de dos carriles de aquél seis de junio de 2008 que olía a embrague y carné de conducir recién sacado.

A ella no le arrancaba su coche y me dio por parar por si necesitaba ayuda. Esperando la grúa. Spoiler: la grúa llegó tarde, o pronto, según se mire. Al ofrecerle volver en mi coche la casualidad hizo que tampoco arrancara, pero sabíamos que en Wimbledon estaba a punto de empezar algo importante. Rafael Nadal, Roger Federer sobre la hierba y aquél bello monstruo de la naturaleza que puso la radio para escuchar ese partido de lawn tennis. Apretaba el infierno sobre la carretera, y el asfalto llevaba escrito aquella frase de Wilde sobre los placeres sencillos de los hombres complejos.

Por recordar, recordaba aquellos domingos de otoño frío en los que el abuelo me decía aquello de que el tenis es el deporte más sencillo del mundo. Hala. A la porra la dificultad. Luego venía el relato de los partidos por radio de Manolito Orantes, aquél Wimbledon de Santana imaginado a través del altavoz mágico. Y allí estaba yo, en esa carretera cerca de Isla Mínima a la que había llegado como se llega a todo aquello que nos conquista: perdiéndome y por casualidad queriendo. La radio a todo volumen y Rafael Nadal contra un gigante que domina los dos extremos de una cancha con solo dos pasos. Esperando, andando pasos perdidos, como con un aire de grandeza propio del tumbao con el que andan los guapos -como escribe Javier Aznar en ¿Dónde vamos a bailar esta noche?-.

La vida debe ser eso que pasa mientras uno se acuerda de las frases que pronunciaron los santos cuando eran personas. Siempre me llamó la atención aquella frase de San Agustín en la que pedía a Dios, “Señor, dame castidad, pero todavía no”. Yo pidiendo resistencia a Dios para no mirar aquellos ojos de gacela acuática más de la cuenta y caer en sus terrenos. Me confesó que ni siquiera le gustaba el tenis, y yo le confesé que echaba de menos Londres, aquél Londres de niebla y orbayu que conocí un año antes, al contrario que Clint Eastwood en aquella escena de Cazador blanco, corazón negro en la que confesaba que no echaba de menos Londres. Echaba de menos Oxford. Aquél Oxford encerrado en el patio del Christchurch, donde descubrí una lápida que contenía la mayor lección de vida: Love is stronger than death. Ahí es nada.

Y si. El verano es una suerte de naufragio. En mi caso, un naufragio verde, como la hierba de Wimbledon, como la hierba de Augusta. En tiempos de tenista impúber tenía por Dios a McEnroe, e incluso rezaba porque se me rizara el pelo para llevar esa cinta, rezaba para tener ese pundonor y mala leche en un partido. Pero que va. Aquello va dentro, y en los torneos pocas bolas discutía y con el paso de los años aún pido a los reyes magos vivir en bucle como espectador en aquél partido de “Are you serious?”. Pero no cuela. Dos en la carretera. Allí estábamos, escuchando aquella final de Wimbledon de 2008, enseñándonos como era un liftado o una volea. Aprendiendo los dos que la vida es como el tenis: que podemos movernos de un extremo a otro pero tras nuestro golpeo debemos volver siempre al medio, al punto de equilibrio, a la virtud. Pasan dos horas, tres, más lluvia. Suspenso el partido, se reanuda y vuelta. Dos hombres contra la historia.

En aquella carretera me dio por acordarme de aquellas fotos de Le Corbusier de vacaciones. Un recuerdo absurdo, si, como el niño que memoriza diálogos de películas Disney. Con los años, acabé memorizando diálogos de Malditos bastardos o aquella escena de El equipo A en la que Fénix canta que aquella chica es un diablo. Y si, como un cowboy de media noche -y medio pelo- yo podría tararear que aquella Diosa es un diablo. Aquella joven de ojos acuáticos y pelo rebelde que de vez en cuando me cantaba canciones de Fleetwood Mac. Mientras, un partido de tenis. La vida misma. Y todo lo importante pasa cuando estamos en sitios inverosímiles. Yo en aquella Isla mínima y Nadal luchando contra la oscuridad por llevarse el trofeo más bonito del mundo. Un passing, una carrera, una gota de sudor que es una lágrima en la eternidad y esa regla heterodoxa del blanco sobre verde. Porque el vencedor siempre pertenece al vencido y si hay que vencer o hay que morir siempre hay que ir de blanco, porque los ingleses lo dicen. Porque un león no escucha al cordero de la derrota. Y así, todo lo bueno de la vida ocurre a través de la radio. El mejor partido de tenis de la historia. Sí. Nadie lo iguala. Nadie se atreve. Como ese atrevimiento de igualar la sonrisa de los tenistas y los golfistas; deportes de la eterna sonrisa. Con los años, me acuerdo de aquella desconocida. De cómo me descubrió a aquella miope que jugaba con gafas. Y Billie Jean King descansa hoy congelada en un instante en la pared de mi habitación. Recuerdo mis deseos de ser McEnroe -uno jamás pierde la esperanza-, y aún hoy, de vez en cuando, practico esa mirada de tipo duro que tenía Alfonso de Portago, o esa vehemencia de Steve Prefontaine, el Rolling Stone del atletismo. Conforme vamos creciendo, vamos cambiando de héroes, pero algunos siempre permanecen con un tenor literal: el color verde.

Así, gracias a la vida, he acabado entendiendo que el verano viene a ser un naufragio al que no nos podemos resistir, un naufragio de color verde que vive y muere en la mente y en los recuerdos. Como una zanja de cemento fresco en la que nos hundimos sin poder prestar resistencia, como el placer cautivo. Pero el verano, si algo significa es una cosa: Wimbledon y la entronización de los dioses de cuando era niño.

Con todo, sigue siendo una época marcada por el ojalá que trae el levante y el quizás que se lleva el poniente, y la pelota siempre caerá a un lado o a otro. Aún en el recuerdo de aquello que no ocurrió y existió, todo permanece, como si al mundo hubiésemos venido siendo invencibles sobre el esplendor de la hierba, y ¿Quién dice que no lo somos?

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Jaime Fernández-Mijares

Nacido en 1989 en Sevilla. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por la Universidad Loyola Andalucía. Forma parte de 'Andaluces, Regeneraos',...