Adolfo

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No lo sabíamos pero era verdad, era aquello. La vida misma. El silencio es eso que pasa ante una mirada detenida en el momento justo en que algo hace crack.

Cuando era pequeño fui tenista, y hoy comprendo que aquello fue para aprender cuando hay que saber no hablar, que no es lo mismo que saber estar en silencio. Cuentan que incluso en las Ventas hubo silencio en cierta ocasión. Merece ser eso otra etapa histórica, algo así como ‘año I antes del tendido 7’.

Con el tiempo, acabé descubriendo el Polo. Un deporte que enamora desde el minuto uno en el que el silencio es eso que se rompe cuando un potro atornilla su galope al alma del jinete que lo monta. Podría decir que eso es el silencio, una simbiosis entre el hombre y todo aquello que ama. El polo es un pasatiempo trufado de elegantes anécdotas; véase aquella mujer de letras argentina que, ante las insinuaciones algo groseras de Ortega, ésta respondió, ‘oiga, don José, para la cama ya tengo a un campeón de Polo’. Y así, fue el polo -y no Otero Besteiro- el que acabó con la broma de Ortega.

En esta vida -con vida hablo de Polo, Toros, el Betis, o las mujeres- el que gobierna el imperio no es otro que Adolfo Cambiaso, un emperador de voz grave y pionero en la clonación equina. Su buque insignia se llamó Cuartetera y desde hace años manda con mano de hierro en el abierto argentino de Palermo. Si, Palermo, la capital del mundo. Podemos decir que me quedan demasiados años de vida disfrutando de ver el silencio romperse mientras se ve cabalgar a Cambiaso o Facundo Pieres en Sotogrande.

Otra muestra bella de lo que es el silencio es la pluma de Leonardo Padura. Este escritor cubano, mitad mantillero mitad cienfueguero, apaga el ruido diciendo, ‘aquí estoy, y vengo de Cuba’. Y entonces, cuando se lee un libro mágico como es Vientos de Cuaresma, es cuando reina el silencio. 

Véase que puede llegarse a la conclusión de que el silencio es el saber estar. En la ciudad corre el rumor recurrente de que esta vive de espaldas al río. Puedo decir que esto no es verdad. Como remero, he conocido tres ciudades: la que se ve, la que va dentro y la que abraza el alma mientras se rema y solo reina el silencio. La prueba de lo que digo es aquel campeonato del mundo de 2008 en 4- que se trajeron cuatro moradores de la ciudad.

El silencio, al fin y al empezar, como forma de vida, de trabajo, de estar, de saber estar. Es ese racheo de Federer cuando estira su pierna de forma elegante para llegar con elegancia absoluta a la bola. Foster Wallace escribió un pequeño ensayo titulado El tenis como experiencia religiosa, un ensayo que considero su mejor obra toda vez que es un paseo vital por el silencio, por el buen saber del elegante comportamiento. Un análisis de esa rivalidad entre Nadal y el caballero suizo desde el punto de vista de un joven periodista. 

A día de hoy, en su silencio inteligente, creo que el discutido Cela se cayó para si parte de aquella frase que acababa con un ‘donde vivimos todos los que quisimos ser toreros’. Y es que, don Camilo -a buen seguro- quiso ser también tenista y se guardó el resto de aquella frase: ‘donde vivimos todos los que quisimos ser tenistas’. Lo que ocurre es que no todo el mundo ha nacido para saber amar el silencio. Unos vinieron al mundo para estar de vacaciones, otros para vivir bailando; la mayoría para trabajar y unos pocos llegamos aquí para trabajar y, en pequeños ratos, perdernos en la caída de ojos de quien está en frente. 

No lo sabíamos pero era verdad, era aquello. La vida misma. El silencio es eso que pasa ante una mirada detenida en el momento justo en que algo hace crack. Cuando era pequeño fui tenista, y hoy comprendo que aquello fue para aprender cuando hay que saber no hablar, que no es lo mismo que saber estar en silencio. Cuentan que incluso en las Ventas hubo silencio en cierta ocasión. Merece ser eso otra etapa histórica, algo así como ‘año I antes del tendido 7’.
Con el tiempo, acabé descubriendo el Polo. Un deporte que enamora desde el minuto uno en el que el silencio es eso que se rompe cuando un potro atornilla su galope al alma del jinete que lo monta. Podría decir que eso es el silencio, una simbiosis entre el hombre y todo aquello que ama. El polo es un pasatiempo trufado de elegantes anécdotas; véase aquella mujer de letras argentina que, ante las insinuaciones algo groseras de Ortega, ésta respondió, ‘oiga, don José, para la cama ya tengo a un campeón de Polo’. Y así, fue el polo -y no Otero Besteiro- el que acabó con la broma de Ortega.
En esta vida -con vida hablo de Polo, Toros, el Betis, o las mujeres- el que gobierna el imperio no es otro que Adolfo Cambiaso, un emperador de voz grave y pionero en la clonación equina. Su buque insignia se llamó Cuartetera y desde hace años manda con mano de hierro en el abierto argentino de Palermo. Si, Palermo, la capital del mundo. Podemos decir que me quedan demasiados años de vida disfrutando de ver el silencio romperse mientras se ve cabalgar a Cambiaso o Facundo Pieres en Sotogrande.
Otra muestra bella de lo que es el silencio es la pluma de Leonardo Padura. Este escritor cubano, mitad mantillero mitad cienfueguero, apaga el ruido diciendo, ‘aquí estoy, y vengo de Cuba’. Y entonces, cuando se lee un libro mágico como es Vientos de Cuaresma, es cuando reina el silencio. 
Véase que puede llegarse a la conclusión de que el silencio es el saber estar. En la ciudad corre el rumor recurrente de que esta vive de espaldas al río. Puedo decir que esto no es verdad. Como remero, he conocido tres ciudades: la que se ve, la que va dentro y la que abraza el alma mientras se rema y solo reina el silencio. La prueba de lo que digo es aquel campeonato del mundo de 2008 en 4- que se trajeron cuatro moradores de la ciudad.
El silencio, al fin y al empezar, como forma de vida, de trabajo, de estar, de saber estar. Es ese racheo de Federer cuando estira su pierna de forma elegante para llegar con elegancia absoluta a la bola. Foster Wallace escribió un pequeño ensayo titulado El tenis como experiencia religiosa, un ensayo que considero su mejor obra toda vez que es un paseo vital por el silencio, por el buen saber del elegante comportamiento. Un análisis de esa rivalidad entre Nadal y el caballero suizo desde el punto de vista de un joven periodista. 
A día de hoy, en su silencio inteligente, creo que el discutido Cela se cayó para si parte de aquella frase que acababa con un ‘donde vivimos todos los que quisimos ser toreros’. Y es que, don Camilo -a buen seguro- quiso ser también tenista y se guardó el resto de aquella frase: ‘donde vivimos todos los que quisimos ser tenistas’. Lo que ocurre es que no todo el mundo ha nacido para saber amar el silencio. Unos vinieron al mundo para estar de vacaciones, otros para vivir bailando; la mayoría para trabajar y unos pocos llegamos aquí para trabajar y, en pequeños ratos, perdernos en la caída de ojos de quien está en frente. 

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Jaime Fernández-Mijares

Nacido en 1989 en Sevilla. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por la Universidad Loyola Andalucía. Forma parte de 'Andaluces, Regeneraos',...