James Stewart y Donna Reed en Qué bello es vivir, película de Frank Capra

La intención de matar confluye en la misma identidad con la intención de ser feliz, esto es así y fácilmente comprobable si tomamos por cierta esa afirmación puesta en boca de Charles Manson -ese hippie del que reniegan los hippies y convertido en icono pop porque fue la sociedad la que lo hizo tan malo-, «Si quisiera empezar a matar, no quedaría ni uno solo de ustedes», y es que ocurre lo mismo con la felicidad, pues se dibuja en la cara de cierto sector de la generación de quien suscribe una expresión de amargor o cansancio con la que parecen pregonar «Si quisiera ser feliz no quedaría ni uno sólo de nosotros». Dice esta parte esto por una idea que lleva tiempo rondando la cabeza y también las conversaciones del entorno: los hijos, ser padre, perpetuarse, educar. No va incluido dentro de esto el hacerse amigo del o los hijos, eso es una estulticia que tuvieron a bien los tiempos en darnos. Escribía Alcaraz «Te quiero mucho, ya puedo vivir sin ti», y ciertamente el poeta estaba y está en lo cierto -valga la redundancia-. El nivel máximo de complicidad que puede alcanzar un matrimonio o unión -eso de decir «pareja» me duele, no va con quien suscribe el ser aséptico y aparentemente vacío y escueto- es precisamente el que solamente puede otorgar una mujer por cuanto que asienta cualquier polvo del camino y corrige cualquier arruga.

Lo peor que trajo el siglo XXI es precisamente la insomne y solemne chifladura de dar lo complejo por fácilmente sentado. Se da por sentado, por ejemplo, que Roma cayó, pero si pedimos a alguien que nos expliqué cómo fue la caída de Roma es probable que suceda que nos diga que un viernes llegaron unos tipos barbudos y con pieles que dijeron que como era viernes no harían nada, pero que el lunes colgarían un cartel a la entrada de Roma que indicase que aquella aventura que comenzó en Troya el hijo de Afrodita y un pastor había acabado, y así cayó Roma. Ocurre lo mismo con la intención de tener hijos, «estoy cómodo sin hijos, no quiero tenerlos», «no se por qué tengo que necesitar tener hijos para sentirme realizada», «tener hijos es de meapilas», «ya tengo un gato que me da el mismo cariño o más que un hijo y desde que es pequeño lo hace todo sólo. Al margen de eso, se divertirme sóla». Al final todo acaba en la cama y todo acaba a los pies de la cama. E irremediablemente sólo. Escribía esta semana el profesor Diego Garrocho Salcedo un artículo que tiene a una media Españita aplaudiendo a orejas batientes y a la otra media asintiendo como si estuviesen en una grada dándose golpes de pecho reafirmando «en todo esto nos hemos equivocado». Lo cierto es que, personalmente, uno sólo se reconoce en una única frase de dicha pieza, «pero seguirás, a pesar de los bellos filtros, irremediablemente solo». El artículo en cuestión está dirigido a jóvenes dedicados nobles artes de hacer pensando, tales como el Periodismo, la Sociología, la Historiografía etc, razón por la cual probablemente esta parte no se vea identificado en una sola de las afirmaciones.

Por el artículo pasean Derrida, Nietzsche o Butler entre otros y ciertamente es una pieza que merece ser leída, no ya por la sabiduría de Garrocho, profesor de Ética, si no por lo certero. Garrocho retrata a una generación que se niega a sí misma su propio sentido y origen, lo cual no es triste, es únicamente real, reconocible, incluso aplaude uno a la gente que es así. El joven y la joven a quienes va dirigida la misiva en el fondo es el mismo que otros y todos, vive, por lo general en la capital, está encantado de pasearse con sofisticación y gastar un acento de la Moraleja en la ciudad que habita y acento de Jorge Juan esquina Claudio Coello de viernes cuando se decide a brindar a Padres el honor de visitar su pueblo, ese pueblo del que nunca habla. Es pueblo de la mal llamada «España Vaciada», y es que escucha esta parte tal expresión y tiene claro que quien lo dice tiene una parte de su cerebro más vaciada que esa España. Naturalmente este joven lo pasó mal en el confinamiento, ellas sobre todo, María de -inserte aquí nombre de la Patrona del pueblo- es en la ciudad María a secas, y en el pueblo es «mira cómo triunfó, que está en Madrí y cómo son esos sitios que salen en sus historias de Instagram». Por supuesto María obvia y odia la idea de tener hijos, no sabría qué forma dar a esa idea de tener descendencia, María vive mejor sola. O bueno, entre risas aparentes, filtros bellos, el whiskas de su gata persa que es más independiente que ella, el satisfyer que sus amigas le regalaron a modo de broma en un amigo invisible y ese compañero llamado Lexatin que le ayuda a no descubrir ante los demás la ansiedad que padece y que se niega a reconocer.

A María y a Javier le gustan los niños un rato, no una vida entera, y en los últimos meses ambos se han dado cuenta de que no encontrarán al hombre y a la mujer ideal. Él se duele más de eso que ella. Ella trabaja en un buen sitio, oficinas bonitas, limpias, con vistas a una gran avenida, todo el mundo lo sabe, él igual, ocurre que no todo el mundo sabe lo que hace él porque él cuenta su dulce desencanto burgués entre copas, contando con que socialice un viernes, esta vez sentado frente a Silvia y dispuesto este a contarle la verdad mientras va vestido de lo que somos todos en el mundo: apariencia a los pies de la cama. «¿Crees en Dios? Estamos en sentidos opuestos, yo creo que voy a desbautizarme, somos muy distintos», afirma ella, «Distintos no, complementarios», afina él como si fuere Ricardo III moribundo mientras Silvia muestra indiferencia en tanto que Javier oye como algo se rompe contra el suelo y es su ego. María está sentada a dos mesas de Javier y Silvia rodeada de amigas, amigas de su éxito dibujado, no de ella, porque hace tiempo que no sabe qué es, sólo sabe que su hombre ideal, el padre de sus hijos es una mezcla de Bill Gates y Manuel Carrasco y por esa razón María va a preferir siempre esa dulce condena de Whiskas, Lexatin y Satisfyer antes que todo.

María y Javier están sólos, eso ya lo sabemos, a pesar de todos los filtros, de toda la pomposidad y en un punto extraño de madurez en el que entienden su madurez como una suerte de libertad en base a la cual nunca ejercieron una responsabilidad más allá de pagarle cada dos semanas a la limpiadora que va a su estudio. Cuando estudiaban se veían casados y con hijos a los treinta, hoy no quieren tener hijos, a los 35 tendrán ganas pero la diversión podrá y la vida lenta que seduce a los 45, esa idea de vida de vivir despacio, está a la vuelta de la esquina, y ahí caerán en la cuenta todos de que la madurez para tener hijos la da el tiempo cuando sorprende. Pero todos seguiremos sólos, y maquillando la ansiedad con sonrisas.

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Jaime Fernández-Mijares

Nacido en 1989 en Sevilla. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por la Universidad Loyola Andalucía. Forma parte de 'Andaluces, Regeneraos',...

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