Marcello Mastroianni en La Dolce Vita, película de Federico Fellini.

Por un nada extraño misterio de la naturaleza estaba como tenía que estar y hacía tiempo que estaba. Veía y observaba la lluvia como la observaba de noche, con los ojos a medio camino entre las lágrimas y la sonrisa. Vivía un poco en la carretera y el otro pie lo tenía en la calle, acariciando el asfalto, vive sin saber que la felicidad existe, no quiere decir eso que no es feliz, que no vaya a serlo, que no lo fuera. Porque quien no es feliz no tiene más oportunidades para mejorar, y él puede mejorar, pero no está a ese tema, no quiere meterse, no se plantea ser bueno con una moneda que tiene dos lados y siempre tiene que aprovechar lo malo de la cara y lo bueno de la cruz.

Las pasiones tibias no le hacían mal, tampoco bien, quizá no le llevaban al límite que creía necesitar. Espigado, algo remilgado, creía y sabía ser mejor persona de lo que reflejaba hacia los demás, esa barrera de seriedad que al poco de tratar a alguien se esfumaba, pero hace tiempo que no conoce a alguien, no en el sentido correcto, pues ciertamente conocía a gente todos los días y aprendía cómo y cómo no tenía que ser, porque los recuerdos son una fantasía que existe de todo aquello que ocurrió y que es patrimonio de un tiempo que no fue. Constantemente se pelea con sus gafas, siempre sucias, y al limpiarlas se maldice por dentro recordando aquella frase de esa película que casi se sabe de memoria «Ya sé que tengo cara de gilipollas, pero me jode que la gente se fíe de las apariencias». No se ve, no cree. No por que no sepa hacer alguna de las dos cosas, si no porque no sabe qué es cada cosa.

En su vida cada mañana tiene bajo control pocas cosas, lo básico, único e imprescindible que sabe que puede controlar y de esa forma es feliz, aunque no lo sabe. Es el dueño de un propio destino que a minutos se le hace grande y a días se le hace pequeño. Pasa los fines de semana gastando rueda y kilómetros para sus piernas, intentando encontrar su límite y no romperlo si no reírse de él. Sorprende; tiene obligaciones. Humo y risas se le escapan en los tres días que dura el fin de semana. Vida fundida, alma esfumada. Ha tenido muchas mariposas que le tendieron la mano para emprender la metamorfosis hacia la eternidad, pero Fernando Del Siglo se quedó y permaneció y sigue siendo el mismo capullo de siempre.

Sólo tiene en su vida aquello que tiene utilidad y tendrá sentido, se ve a si mismo como ve todo lo que le rodea, una pistola de Chejov, sólo que mal amartillada, pues es evidente, y en el fondo lo sabe, que nadie puede ni debe ser indiferente a los sentimientos, ni si quiera el propio Cervantes. Es culpable de tan inocentemente iluso que es, culpable de no saber que vive. Las luces de este tiempo otoñal que quiere ser invierno le gustan, le recuerdan todo lo bueno, lo que fue, no pudo ser y tendría que haber sido. No volverá atrás, nunca lo hace, ni a primera hora cuando cree y sabe que algo se le olvidó en el coche, va a lo que va, entra a una hora y sale a la que tenga que salir, le son indiferente las horas, le gusta lo que hace o lo que cree que hace, aunque a veces no le gusta ser lo que es. El amanecer le sorprende y ama demasiadas cosas en la vida como para contárselas a alguien, porque consciente es de que hoy todo el mundo necesita saber que el contrario ama cosas y tiene pasiones que debe confesar, lo que la gente no sabe es que desvelar las pasiones es descubrir al resto tesoros cautivos que dejan de tener significado para quien una vez los abrazó.

De vez en cuando retumba en su cabeza aquello que le decía su mentor sobre el ejercicio, «La dialéctica no viene a ser otra cosa que tener pelotas». Y nada llama su atención esa mañana de las vísperas de ese día en que antaño estaba bien rodeado y abrazado y en el que este año, otro más, estará sólo, pobre, tan joven y ya disfrutando forzosamente de la soledad. Ni el humo le consuela. Tiene todo a su alcance, lo que desea y lo que no sabe que desea se le escapa. En la dulzura de la redondez de las gafas de la joven que ve reflejada en el escaparate se dibuja el amargor que por dentro lleva y que le hace ser una roca sensible. Qué paradoja, no tener nada que llame la atención de ese nonchalant insoportable y a la vez ser todo lo que no sabe que es. Al final las luces en el amanecer se le apagan porque se le tienen que apagar y un golpe le devuelve a la realidad, la distracción le hizo caer en lo que no debía, todo se le va, o cree que se le va. Todo tiene que tener sentido, tiene que ser útil, pero ese rifle que él creía inútil en su vida parece que va a cobrar sentido ahora que la conciencia se le fue y un coche se lo llevó por delante mientras se distraía mirando a aquella silueta desconocida frente al escaparate de aquella Avenida grande venida a más.

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Jaime Fernández-Mijares

Nacido en 1989 en Sevilla. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por la Universidad Loyola Andalucía. Forma parte de 'Andaluces, Regeneraos',...

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