Emmi, una amiga finlandesa, me comentaba hace unos días lo pesados que están sus compatriotas con la sauna. Hablábamos del último Mundial de Sauna celebrado hacía días en Heinola, a 140 kilómetros de Helsinki, en el que uno de los finalistas, de origen ruso, murió en el intento de alzarse con el prestigioso título de ser el mejor en cocerse cual huevo escalfado.

Marta Comesaña. El otro finalista, por supuesto finlandés, no podrá disfrutar de su trofeo puesto que el concurso se  declaró desierto, y él con quemaduras en el hospital. Afortunadamente, parece que no se celebrará más, nunca más. Con historias así a Emmi no le falta razón, pero lo cierto es que, como marca de identidad del país, cualquiera que pase por aquí no debe irse sin probar la experiencia. Y que no cunda el pánico, la sauna tomada en moderadas dosis no entraña ningún peligro.

La sauna seca, la finlandesa, se toma a una temperatura de entre 70 y 100º. Los entendidos afirman que el momento en el que el cuerpo rompe a sudar, unos 10 minutos, es el óptimo para darse una ducha lo más fría posible para, de nuevo, volver a entrar en ella. Estas saunas hay que humedecerlas echando agua de vez en cuando sobre las piedras que mantienen el calor. Y cuando digo de vez en cuando, quiero decir cada vez que, por ejemplo, se entre refrescado de la ducha. Ese es para mí el mejor momento. El latigazo que se recibe del vapor de agua se siente en cada poro y te limpia desde lo más profundo.

sauna-helsinki-marta-comesanaHoy día, cada vez es más fácil tomar una sauna en cualquier parte del mundo. Pero hacerlo en Finlandia lleva consigo una serie de rituales que son los que le aportan la originalidad y el encanto que tiene a tantos finlandeses enganchados, hasta el punto de que utilizan un verbo específico para ello: saunoa.

Y es que aquí, «saunoar» es algo más que pasar un rato de calor para liberar toxinas. Es una excusa para pasar un rato con amigos, liberar estrés e, incluso, cerrar negocios. Muchas decisiones importantes se toman a diario, cerveza en mano, a una temperatura media de unos 80 grados y, normalmente, en pelotas.

Sí, es casi obligatorio eso de estar desnudos. Estos finlandeses son gente poco pudorosa y lo más natural es hacerlo así. Y yo en eso estoy totalmente de acuerdo. Al principio puede dar el mismo reparo que cuando te plantas en medio de una playa nudista y piensas, «bueno, ¿y ahora qué?» y después resulta que el resto del mundo no anda pendiente tuya. Porque hay que pensar que no es lo mismo que cuando te duchas con el resto de gente en cualquier gimnasio o algo así. En este caso, puedes estar compartiendo un habitáculo de unos dos metros cuadrados con un cliente, con el dueño de la sucursal bancaria que te va a conceder un préstamo para abrir un negocio millonario o con el concejal de urbanismo de tu región. Y entonces ya no estamos hablando de lo mismo.

Eso sí, normalmente las saunas públicas están separadas por sexos, a menos que se reserve para un grupo de personas concreto. Hay multitud de saunas públicas que son, expresamente eso, saunas. La más pintoresca de Helsinki, Kotiharju, está en el barrio de Kallio y conserva su arquitectura original desde que fuera abierta a principios del siglo pasado. Allí las saunas son de leña, manteniendo así la forma que tenían originalmente de mantener caldeado el ambiente. Pero lo más curioso de todo es pasar por la puerta en cualquier época y encontrarte a asiduos de distintas generaciones tertuliando entre sauna y sauna, provistos únicamente con una toalla.

También puedes encontrar infinidad de bares y cafeterías que la ofrecen. Y es muy común que haya edificios que las compartan para sus vecinos. Además, buscando piso para vivir aquí, comprobamos que muchos de ellos la incorporan dentro del cuarto de baño, una gozada.

Nosotros tenemos una sauna común para los dos bloques de pisos que conforman la comunidad. Y cada miércoles, a las ocho de la tarde, tenemos una cita inexcusable. Para acceder a ella tenemos que cruzar un patio común descubierto y desde hace unos meses, viendo como los vecinos lo hacían, volvemos sólo con el albornoz. Es curioso comprobar cómo la temperatura corporal adquirida en la sauna se mantiene hasta después de haber llegado a casa, a pesar de los cero grados que nos acompañaron esta última semana.

Dice el dicho que dónde fueres, haz lo que vieres y es, sin duda, la mejor forma de comprender e integrarse en un país de costumbres tan distintas a las nuestras.

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Equipo de redacción de Sevilla Actualidad