Hubo un tiempo en que tanques, rifles, soldados y bombas se disponían a lo largo de las múltiples fronteras interiores europeas dispuestos a defender y/o extender los límites de las mismas. Disputas que se fueron encadenando desde la época de los griegos y romanos hasta hace tan sólo unos años.

Denominaron a las últimas como Primera y Segunda Guerra Mundial, aunque la mayoría de países en conflicto eran europeos, y los que no eran europeos, exceptuando otras dos grandes potencias, eran colonias dirigidas por países europeos.

En esas guerras, a las víctimas, ya fuesen soldados o civiles, se les honraba por parte de alguno de los bandos en disputa, de manera que se intentaba escenificar la importancia que todos ellos tuvieron en la defensa de la patria en cuestión y de lo trascendental y necesario que significó su sacrificio. Personas que no se conocían se habían matado entre ellos por las decisiones de personas que sí se conocían y ni por asomo habían pisado el frente.

Con el paso del tiempo, el hombre se fue dando cuenta de que sólo existía un elemento capaz de frenar al fanatismo político, al religioso y a las ansias de poder que motivaban esas contiendas: el dinero. De esa forma, Europa construyó una unión con interés de que no volviesen a ocurrir acontecimientos tan catastróficos como esas guerras. Fueron momentos ilusionantes, complementados con la esperanzadora Oda a la Alegría, esa que decía “…en que los hombres volverán a ser hermanos…”, y, finalmente, con la materialización de uno de sus principales objetivos: el Euro.

El paso de los años, no obstante, ha logrado demostrarnos que ese elemento que iba a significar la unión entre todos los europeos, lo que nos iba a convertir en hermanos, se haya convertido en la identificación de la desigualdad, del aprovechamiento de unos pocos frente a muchos, de la lejanía de los que mandan con los que tienen que obedecer y de la creación de nuevas barricadas en las que de un lado se sitúan cómodamente personas que están incluidas en conceptos como “partido”, “lobby”, “gran empresa”, “macroeconomía”, o “decisiones”, mientras que en el otro se esconden, con una mezcla de temor e indignación, todos los que sólo pueden responder al nombre de “ciudadanos”.

Europa no ha servido para acabar con la guerra, simplemente ha conseguido maquillar la forma de ésta: las balas han dejado paso a las monedas, las pistolas ahora son decretos, los generales son la Troika, los soldados ahora son simples cifras, y la motivación de la guerra en defensa de la democracia ahora se sostiene en defensa de “los mercados”. Pero los afectados siguen siendo los mismos: civiles inocentes, víctimas de las decisiones de personas que no sufren las consecuencias de las mismas.

Es una guerra silenciosa en la que ya no se escuchan disparos y en las que las víctimas no están a miles de kilómetros de distancia, sino a nuestro alrededor, en forma de despedidos, parados, desahuciados, empleados precarios, de decretos que favorecen a unos pocos, de normas del FMI o del Banco Central Europeo y de miedo e incomprensión ante la incertidumbre de que de un día para otro puedas pasar a no tener nada a escasos metros de otro ciudadano que acaba de hacer una jugada espectacular en la bolsa que le ha reportado inmensos beneficios.

Son las mismas víctimas que había en tiempos de guerra, pero nadie las honra, a ninguno les preocupa, no aparecerán en libros de texto ni en ningún monumento conmemorativo. No quedan tirados en un campo de batalla reconocible al que poder acudir a recogerlos. Están al lado nuestra, en nuestros mismos barrios, paseando cerca de nosotros, o sentados en las calles, o en los soportales de edificios al resguardo de la lluvia, con la cabeza gacha por vergüenza a producir pena. No son invisibles, pero nuestra mente ha fabricado esa reacción y ese concepto para poder seguir pensando que la Unión Europea, el Euro, y una sociedad basada en la mejora de los indicadores macroeconómicos favorece a una gran mayoría.

La Tercera Guerra Mundial ya ha comenzado. Es la consecuencia de nuestra percepción indiferente hacia el mundo de los invisibles.

Eduardo Parody

Biólogo de formación con filósofa deformación, escritor, autor de la novela 'La soledad del escribido' y del blog 'Mi Mundo Descalzo', ha sido infectado por dos moscas ciertamente peligrosas: una,...

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