Gritos y susurros, por Laura Rosal

Escribir

para confundir las palabras

y que las cosas aparezcan

Chantal Maillard

Laura Rosal. Escribir, besar palabras. Escribir cuando la lluvia. Cuando la lluvia y la saliva. Cuando las palabras resbalan como agua sobre el cuerpo. Cuando las letras gotean distraídas. Cuando la lluvia se escribe como un cuento. Cuando me trago la tormenta sin tortura. Cuando me leo la humedad de tus vocablos. Cuando traduzco el diluvio y lo hago mío.

Qué hastío de días y semanas. Cortázar describía a la perfección el “aplastamiento de las gotas”. Cortázar y su acento y su vocecilla, y todas las voces que chapotean. Yo no sé si escribir o pasarme las mañanas grises engullendo libros, escupiendo versos, diluyendo las nubes exánimes. Pero sí que sé pasarme las noches grises devorando pianistas: Max Richter, Philip Glass, Michael Nyman, Wim Mertens: quedaos aquí, conmigo. Tengo la cabeza inundada. Inundada con tanta palabrería, como criticaba Muñoz Molina; inundada de la estúpida verborrea que a veces tenemos que soportar alrededor. Y mientras, Javier Marías reivindica “el deterioro del español de España”. Joder. El mismo Javier Marías que me desorienta más de una vez con las tildes mal colocadas en sus artículos. Hoy denuncia el empobrecimiento del lenguaje, su mal uso y su deterioro definitivo. Palabras que envejecen, palabras sobre las que ha llovido tanto que desaparecen del diccionario de uso. Maldita climatología lingüística. Malditos académicos, os odio (sólo porque os adoro).

La lluvia, elemento romántico, y la lluvia, desastre natural. Tantas palabras, tanto escondite simultáneo. A partir de mañana sólo quiero luz: imploro un ayuno de palabras vacuas. “Tristes gotas, redondas inocentes gotas. Adiós gotas. Adiós».

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Antonio Campos

Licenciado en Periodismo por la Universidad de Sevilla, empezó en la comunicación local y actualmente trabaja para Canal Sur TV. Máster en Gestión Estratégica e Innovación en Comunicación, es miembro...

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