Son las cuatro de la mañana y el sueño no ha venido esta noche tampoco. Aprovecho para encerrarme en el baño y teclear los últimos folios…con el ruido de la cisterna que tiro una y otra vez, no se oirá la máquina de escribir, como si las palabras nacieran ya sordas.

He cerrado la puerta y las ventanas, pero oigo ruido por todas partes.

Nadie podrá encontrarme esta vez, porque los golpes de la olivetti ya no volverán a oírse en el piso de al lado. He forrado el baño con cartones de huevos. Aquí sentada en el váter escribiré el final de esta novela que conseguí rescatar del “punto limpio” a donde fueron a parar mis treinta años de escritura novel. Nunca quise publicar nada, siempre había esperado pacientemente a que mi pluma me delatara. La fama, algún día llamaría a mi puerta. Por fin sería famosa y mis libros serían traducidos a más de 1230 idiomas, pero aún después de eso, seguiría escribiendo a escondidas, encerrada en el baño.

Sin embargo,  mis planes se torcieron aquel mes de diciembre en que, por error, envié unos escritos a un concurso y quedé finalista. El relato se llamaba Misa de difuntos. Aunque no era el mejor, había sido premiado y mi nombre apareció en los periódicos. Fui conocida antes de tiempo. No eran esos mis planes.

El escrito-mi relato premiado-contenía los nombres reales de los protagonistas. Yo jamás pensé en que iba a ganar.

Al principio no me preocupé mucho. Aquel premio no era muy notorio. La historia que yo contaba no llegaría nunca a oídos de la familia real.

Al no ser yo periodista, no había comprobado las fuentes y aquella frase se convirtió en mi ruina.

Tuvo que ser el primer finalista el que difundiera el “librillo” de relatos por ahí, y de esa manera llegó a manos de  algún descendiente en el pueblo donde vivió mi abuela y su asesino, allá por 1916.

Desde que me llegaron los primeros anónimos al buzón me sentí perseguida y ya no volví a dormir tranquila. ¡No duermo nada desde entonces!

¿Qué puede importarle a los nietos de aquel hombre que llevan su mismo apellido si su abuelo fue o no fue? ¿Por qué no cambié de nombre a los personajes? Nada, tuve que ponerles sus nombres reales. Error de principiante.

Fue un acto de vanidad absoluta.

Quizás creí que así me crecería delante de mis hermanos y de mi madre. Ella siempre me decía que yo era “un verso”. Y al final, en eso me he convertido.

Fue por eso por lo que tuve que dejar el trabajo y me atrincheré en el piso de la playa. Había comprado víveres suficientes para un mes. Y más tarde tuve que salir por la noche. Iba a las gasolineras que encontraba abiertas y compraba para una semana, por no levantar sospechas.

Ahora ya no me dan “fiado”, porque el dinero se me acabó. Me han embargado la cuenta. Menos mal que me quedan algunas botellas de agua, unas pocas latitas de atún y un litro de leche. Pero lo que menos me queda es aire. Tengo selladas las rendijas de la salida del termo. Por eso no lo pongo. Tampoco pongo el calentador, aunque es ya invierno. Además tengo la luz cortada…

Supongo que nadie sabe que estoy aquí y los vecinos creerán que el piso sigue vacío. Sin embargo, por las mañanas creo oír pasos delante de mi puerta e incluso oigo la llave en la cerradura.  ¡Será mi imaginación!

Otras veces huelo el café y las tostadas, será el hambre. Entonces doy una cabezada y todo me parece una nueva pesadilla.

He quitado el pomo de la puerta y lo tengo escondido en el bolsillo de la rebeca, para evitar que alguien pueda forzarla.

Seguro que no me encuentran. No pueden. Ahora no oigo nada ni a nadie.

Me pongo a escribir otra vez, en el baño. Intento una y otra vez recordar qué fue lo que verdaderamente conté en aquel relato y qué me ha llevado a esta torpe situación.

No quiero que me encuentren. Pongo el oído y escucho alguna palabra suelta.

No, esta vez huele a café y a tostadas. Es el ruido de una cafetera al subir el café. Debe de ser por la mañana.

Me siento en el vater con mi olivetti entre las piernas. Empiezo a escribir y me doy cuenta de que me he quedado sin papel. ¡No me dejaré pillar!

Alguien ha entrado en el baño sin forzar la puerta y ha comenzado a lavarse los dientes, con mucha crema. Mientras, ha echado una meada y ha tirado de la cadena. Es un hombre.

¡Dios mío, con las prisas se me han caído las hojas en el vater!

Siento frío, tengo la sensación de que me diluyo y me deshago. Me miro al espejo y no me veo. Asomo la cabeza al váter y veo varias letras rojas flotando en el agua de la taza.

Siento que soy toda agua. Oigo otra vez la cadena y el sonido de las tuberías.

Acababan de irse por el sumidero mis últimas palabras.

¿Qué haré ahora sin papel, sin poder salir?

Voy a la cocina y tomo un poco de café frío. No quiero hacer ruido si lo utilizo el  microondas para calentarlo.

Vuelvo al baño y sigo escribiendo un rato más…cuando me doy cuenta estoy dormida sobre la máquina de escribir. Me asomo al espejo y tengo señaladas las letras m u r d e r er en la cara.

Dejé la olivetti en el suelo y salí del baño. Me eché en la cama y miré el reloj de la mesita de noche. Las agujas marcaban las seis y veinte de la mañana. No conseguí dormirme, ni siquiera dar una cabezada. Cuando volví a mirar el despertador eran ya las ocho y media.

Entro de nuevo al baño y miro de reojo la máquina de escribir. Me doy cuenta de que no tengo papel. Había estado escribiendo sin poner una hoja nueva. La cinta debía estar medio gastada ya, por lo que pensé que tendría que cambiarla…yo creo que me traje una de repuesto…

Me di una ducha con la cortina descorrida. Me daba miedo cada vez que me metía en la bañera, no dejaba de pensar en la película de Hitchcok,  psicosis.

En ese momento sonó el timbre del teléfono. Debería ser el de la vecina, yo lo había desconectado…A través del lavabo seguí escuchando. Alguien había abierto la puerta y oí voces distintas. Cerré el grifo de la ducha, no quería que nadie supiera que en el piso 32 había alguien. Debían pensar que seguía vacío.

Como ya estaba enjabonada, opté por darle un chorrito a la ducha para poderme enjuagar el cuerpo. Cogí la toalla del perchero y me envolví en ella. Descalza volví otra vez a la habitación. Tenía que pensar cómo ingeniármelas para salir de allí sin ser vista. Me quedaban muy pocas provisiones en el frigorífico y lo que más me preocupaba era que ya no tenía folios.

No se cuánto tiempo pasé liada en la toalla. Quizás me quedé dormida. Unos nudillos en la puerta  me hicieron volver a la realidad.

-¡Carmen, Carmen,  despierta!

-¿Qué pasa?-atiné a decir.

-Te llaman de Sevilla Actualidad. Has quedado finalista…deberías ponerte.

-¿Si? Dígame….CONTINUARÁ

Lucre Romero

Lucre Romero

Maestra, especialista de francés. Titulada por la Escuela Oficial de Idiomas, colabora en La Voz de Alcalá desde el año 2003 y en el periódico local 'La higuerita' de Isla Cristina desde el año 2010....