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Se preguntaba Joaquín Romero Murube en una de las “Divagaciones” que hacía en la prensa escrita allá por los años cincuenta del pasado siglo: ¿Cuántos patios quedarán en Sevilla en el año dos mil? Y se apiadaba premonitoriamente de los que hemos vivido el cambio de siglo: ¡Ay, qué pena nos inspiran los sevillanos del año dos mil!, porque Sevilla, la ciudad de la luz, estaba perdiendo su cielo, sus patios, sus claridades y sus jardinillos.

Con una visión casi romántica se lamentaba de que la mayor altura de las edificaciones “empenumbraban” las calles robándoles el sol de la primavera y se dolía de que el alma sevillana estuviera amenazaba con la desaparición de los patios donde la gente se congregaba al respaldo de las conversaciones bajo un cielo pleno de luz o de estrellas.

Al margen de sensibilidades poéticas algo anticuadas parece que, pasado con creces el fin del milenio, Romero Murube no se equivocó demasiado en sus temores y sus augurios y, para nuestra desgracia, el urbanismo del que nos precavía, más veces de las deseadas ha ido perpetrando desmanes contra las personas a mayor gloria de los adoquines y del cemento. Algunos espacios urbanos sevillanos parecen inspirados en la plaza de Tiananmen de Pekín o en la plaza Roja de Moscú con cientos y cientos de metros cuadrados de paisaje duro e inhóspito diseñados más para desfiles de soldados y vehículos militares que para solaz de sus miles de habitantes.

El urbanismo salvaje no acondiciona las ciudades a la medida del hombre y este hecho ha tenido como consecuencia la aparición del “homo urbanitas” un ser que siguiendo las teorías darwinianas, se ha adaptado al medio de tal manera que prescinde de los árboles, la hierba y las flores en beneficio de los fabricantes de sombrillas, de losas de terrazo y de maceteros de fundición.

Continuando con la broma, lo que está claro es que si un arquitecto diseña un espacio duro e inhabitable como el remozado Paseo Marqués de Contadero, lugar propicio para la insolación, la deshidratación y el bronceado abrasador, es porque su noción del hábitat urbano es el resultado de su condición de “homo urbanitas” la subespecie del género humano que habita permanentemente en edificios climatizados y utiliza la red viaria sólo para desplazarse.

Es cierto que mantener los jardincillos de que hablara Romero Murube, no es barato porque requiere unas plantillas de jardineros que muchos ayuntamientos, para mal de sus vecinos, no quieren mantener y limitan los jardines a los parques que se están convirtiendo en reservas naturales a las que acudir para que nuestros hijos “urbanitas” sepan que las rosas no se fabrican en las floristerías o que las naranjas no nacen en los cajones de los supermercados. Todavía estamos a tiempo de cambiar el modelo de ciudad, bastaría con que fuéramos un poco rebeldes y algo más idealistas; es seguro que en Sevilla debajo de los adoquines no está la playa, como decían las pintadas del mayo del sesenta y ocho francés, pero sí es incuestionable que debajo del Paseo Marqués de Contadero o en la explanada de San Telmo, están los arenales del río y seguro que en ellos pueden crecer rosales y naranjos para que no acaben siendo especies en peligro de extinción.

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Manuel Visglerio

Hijo de un médico rural y de una modista. Tan de pueblo como los cardos y los terrones. Me he pasado, como aparejador, media vida entre hormigones, ladrillos y escayolas ayudando a construir en la tierra...