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En la espiral apocalíptica que cada generación vive, la mía sufre constantes ataques a su enganche tecnológico.

Se nos considera poco más que idiotas rematados por servirnos de lo que las nuevas formas de comunicación ponen a nuestro alcance. Sufrimos nuevas enfermedades y atropellos por no saber dejar el móvil en determinados momentos.

Admito, que sin un gran esfuerzo, me obligo a desconexiones tecnológicas, a veces más por educación que por otro motivo.

Quedé la noche del sábado con unos amigos, y desde que me subí a su coche no miré mi smartphone hasta que no llegué a casa. La compañía era buena, la conversación era interesante y la comida estaba rica, de forma que nada me preocupaba como para estar atenta a mi pantallita. Además, aunque no quisiera, me enteraba de forma ambiental de los progresos del Madrid, que es algo que me daba absolutamente igual, pero que en la piel de toro era algo de mayor importancia que los Presupuestos Generales del Estado.

Al llegar a casa y encender esa forma arcaica de comunicación que adoro, la radio, me entero de pasada que ha habido un atentado en Londres. Fue tan fugaz, me pilló tan fuera de juego, que no me enteré bien de lo que pasaba… Reuniendo mi atención, sólo me dí cuenta de que la actualidad pasaba por la celebración madridista, donde, de tarde en tarde, se hablaba algo del atentado. Sin tener muy claro la magnitud del ataque, tuve que echar mano de las demonizadas nuevas tecnologías para conseguir saber qué había pasado, mientras en la radio, tradicional fuente de información, un analfabeto funcional que bebía entorno a una fuente, increpaba a un jugador del Barça, porque la celebración no tenía sentido sin esos comentarios según parecía.

Menos mal que existe Twitter, porque sin ese canal sólo habría sabido que Sergio Ramos no quería hacer declaraciones… ¡fatalidad!

En estos momentos no me arrepiento de disfrutar de las cenas con gente apreciada; el ritmo del mundo es demasiado frenético como para que una no pueda pararse de vez en cuando, aunque todo se derrumbe mientras lo haces. Pero sí me planteo que esas teorías apocalípticas de la gente que critica el progreso en un extraño intento de que sigamos viviendo en los años sesenta, pierden fuerza cuando ocurren cosas así; y se caen por su propio peso cuando intentas saber que ha pasado en Londres y una de las principales emisoras nacionales sólo te ofrece a gente que celebra la victoria de su equipo: celebración respetable y comprensible, pero que sinceramente, no me parece que debiera haber sido la noticia prioritaria en ese momento.

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Mercedes Serrato

Técnica Superior en Integración Social, Graduada en Trabajo Social, Especialista Universitaria en Mediación, Máster Oficial en Género e Igualdad. Actualmente Doctoranda en CC. Sociales; investigadora...