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¿Alguna vez se han preguntado si el columnista de opinión nace o se hace? Imagino que no, es bien raro preguntarse algo así desde luego, pero lo que vengo a contar hoy viene a colación de este pequeño pilar entre interrogantes.

No puedo hablar en absoluto por todos los columnistas, apenas puedo hablar de mí, pero en mi caso puedo decir que como casi todo en la vida, los columnistas se hacen, aunque no sea a propósito.

Creo que para empezar, influye mucho ser español. El español es un opinador compulsivo, rotundo… En mi caso, también se potencia esta tendencia con el entorno familiar.

Los psicólogos sociales definen nuestro sistema familiar como ‘Familia Mediterránea’. La mía debería tener un extra, mediterránea y opinadora. Pero no siempre opinamos a lo loco, estilo barra de bar. A veces hay toda una cultura de la opinión en nosotros.  Esta cultura se forja con mucha radio, muchas tertulias, debates televisivos, gente opinadora profesional. Llega hasta tal punto que yo tengo dos padres putativos en esto de la opinión, aunque ellos, benditos sean, no lo sepan. Es maravilloso, hija ilegítima de dos grandes opinadores.

Hace un enorme puñado de años, mi madre me aficionó a esa extraña pareja que aparecía en un suplemento dominical: Pérez-Reverte y Marías; corsario con patente y rey de Redonda, respectivamente. Esta pareja de hecho, que luego se separó -pues Javier abandonó el suplemento-, era para mí el Ying-Yang de la opinión. El primero mordaz, deslenguado, directo, tan sincero que a veces duele… El segundo, es él mismo, todo un caballero, delicado, educado, impecable, minucioso.

Creo, y es osado por mi parte afirmar tal cosa, que en mi mutación a opinadora, pesó más lo revertiano que lo mariano, pero realmente aquello fue una impronta que está indeleble en mí.

Cuando a un niño le preguntas si quiere más a papá o a mamá, te puede responder cualquier cosa. Yo creía que era una niña algo mala. Quería más a Reverte. Siempre he pensado que era así, hasta que Marías ha pegado el puñetazo en la mesa, puñetazo metafórico, con mucha clase, como sólo puede hacerlo él. Entonces he sentido verdadero orgullo, orgullo de hija ilegítima, orgullo que me hace corregir mi surreal relación con mis padres de opinión.

No es que quiera más a Arturo, es que me llevo mejor con él, es que me recuerda a Dumas y al camarero de cualquier bar a la vez, pero Marías es un caballero, un hombre de honor que ha rechazado un premio y ha rogado que no le den algunos más porque su código moral y el respeto a su padre, el de verdad, no se lo permite.

Javier Marías es un caballero. Javier Marías también es mi padre aunque él no lo sepa. Javier Marías, en tiempos de crisis, ha dado a todos los que están dispuestos a aprender algo, una gran lección.

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Mercedes Serrato

Técnica Superior en Integración Social, Graduada en Trabajo Social, Especialista Universitaria en Mediación, Máster Oficial en Género e Igualdad. Actualmente Doctoranda en CC. Sociales; investigadora...