Una silla de plástico azul en una azotea con verdina en las losetas. Y sol. Cierra los ojos. Se oyen los claxon del medio día en una ciudad activa, ruido de niños que vuelven del cole, el ladrido de un perro. El sol te pica en la cara pero no te sobra el pañuelo que llevas anudado al cuello. ¿Se puede ser más feliz?

Belén Zurbano Berenguer. La respuesta es no. Ese momento en el que eres conscientes de cuánto calienta el sol, de lo que reconforta en un día todavía de invierno, de lo ‘bien que viene’ ese palestino aún, de que estás privilegiadamente ausente del bullicio social y laboral de la ciudad, entonces, te das cuenta de cuán afortunado eres.

Un poco del sol, ropa abrigada, una silla de plástico y una azotea pueden y se convierten en los únicos recursos materiales necesarios para concebir la felicidad en estado puro. Casi me duermo incluso. Qué grandes cosas hace el sol en los últimos días del largo invierno.

Mi profesor de Pilates me contaba una mañana el mundo tan maravilloso al que le transportan unos chicos Síndrome de Down con los que trabaja. Me confesaba que eran ellos los que le estaban enseñando a él realmente y que envidiaba de alguna su mundo, tan presentista, tan honesto, tan puro. Hoy en mi terraza me he sentido un poco más cerca de aquello que todos   –por reflejo a otros mundos como el de estos chicos por ejemplo- en mayor o menor medida echamos en falta: humanidad.

Esa conexión del ser humano con su propia esencia como ser natural. El meter los pies en la arena, respirar hondo sobre una montaña, tomar el sol en una terraza, no son sino esas cosas que en la vida de hoy no podemos permitirnos y que son las necesarias dosis periódicas de felicidad, esa conexión con tus verdaderas raíces, imprescindibles para no armarse un rifle al hombre y empezar a matar a todo el que crees que te impide ser feliz. Feliz igual a lo que todos hemos construido que así sea: un trabajo al uso, ingresos, una casa, un coche, dinero para ir al cine, y para cenar y para viajar. Es necesario viajar y es necesario contar dónde se ha estado y lo bien que se ha pasado, que no es necesariamente lo mismo. Y cambiar la ropa cada temporada. Y escribir ese artículo que me dará el mérito número no-importa-nada-porque-no-eres-la-elegida. O avanzar en esa tesina que no salvará a ninguna mujer de morir por la sinrazón de su marido.

Y entonces: el sol, el ruido del que soy ajena, la silla, la terraza.

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