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En la siesta, te molestan las moscas, por la noche, el calor insoportable, y por la mañana, resulta que todos tus vecinos se han puesto de acuerdo para hacer las obras más ruidosas del mundo entero

Belén Zurbano Berenguer. Éste –pensaba yo- éste, es el año. No sólo largas mañanas de verano por delante sin quehacer inmediato porque el periódico empieza a funcionar sobre las doce, es que, además, iba a tener la tranquilidad de dormir con el “titulo bajo la almohada”. Ensoñaciones de periodista recién titulada y de vecina con amnesia.

No falla y ya van tres veranos: es llegar el calor y aparecer, como setas, los primeros síntomas en el barrio: ruidos a horas intempestivas, un polvo con aspecto sahariano que se cuela por la ventana en cuanto la abres, toda la clase de objetos –palés, bidones, cubas- ocupando plazas de aparcamiento en las calles. 

Qué tendrán estos lares que aquí, en cuanto asoma una miaja el calor, empiezan a correr sudores de obra. Que si fachadas, que si suelos, que si “reforma general”. Ahora, desde la ventana de mi habitación sufro no una, sino dos. Las de tres patios –que vaya acierto al menos ponerse todos de acuerdo para hacerlo al tiempo y con la misma empresa- de mis mismos bloques y la de una cocina del bloque de enfrente. Vamos, que a las siete y poco todo el mundo en planta. El señor de la rotaflex y el que pica los azulejos de la rubia con mil hijos –que  otra parte chillan lo mismo al desayunar con obras o sin ellas – de enfrente se han erigido por mandato veraniego en despertadores de la comunidad. 

¿Quién dijo dormir en verano? En mi barrio no desde luego. Como dice alguno que yo me sé “es llegar el verano y estos pijos venidos a menos que no pueden cambiar de casa, se dedican a reformar la que tienen.”

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