Belén Zurbano Berenguer, Y qué si levanto la voz, Sevillaactualidad
El jueves se vendieron en tan sólo cuatro horas 43.000 entradas de las 75.000 que se pusieron a la venta para el concierto de U2 Sevilla.  Es un tiempo record. ¿Lo es?  Y las de pista, las baratitas -que para eso estamos en crisis y que, qué pelotas, los conciertos son para verlos y vivirlos en pista, dando botes- se agotaron a los 20 minutos. Algunos se han preguntado si en estos tiempos difíciles que corren nos estamos evadiendo de la realidad con artificios propios de la era en que vivimos: cine, vídeo, Internet, soportes que median entre la realidad y nuestra cotidianidad –nuestra verdad al fin y al cabo- convirtiendo la vida en una situación irreal, intermedia a lo que sentimos-nos transmiten y lo que de verdad está pasando. Y música.  

Belén Zurbano Berenguer. Esta semana hemos recuperado en la agenda mediática el escandaloso machismo del no menos escandaloso -¿y mafioso? Las interrogaciones son una broma- primer ministro italiano. Honduras sigue tomada por un gobierno ilegítimo que arropado por un consenso con las instituciones se reviste de un halo de legitimidad que se queda sin poder justificar porque secuestrar a un presidente que nos cuenten si no es criminal, y no legítimo. Hay que volver a la época de Barrio Sésamo: democracia, votar; secuestro, malo. No, no, legítimo no, malo. 

También han ayudado al despropósito los jueces, los conservadores sí, pero a los que precedieron una categoría de “jueces” en general que flaco favor hicieron a la beligerancia nacional y la crítica fácil de seguimiento inmediato, volviéndose a declarar en huelga. En nuestra ciudad fueron 45 los que secundaron su huelga. ¿Huelga? ¿Alguien se imagina a la señora recostada en el suelo, con la balanza sobre sus rodillas y una bandera de cualquier sindicato en la mano? Dicen los jueces que piden justicia. Medios para la justicia, que viene a ser lo mismo. Y yo me acuerdo de Proudhon: “Las revoluciones son las sucesivas manifestaciones de la justicia de la humanidad”. Por el camino que lleva nuestra justicia vamos a tener que empezar a creer más en las revoluciones que en los jueces. Qué peligro.
Y para ponerle la guinda a la semana, el Nobel de la Paz al que no ha cumplido 1 año en la presidencia de su país. Que tiene otro talante, que nos encantó su “As-salaam-alaykum”, que sí, pero que es más fácil “querer” la paz cuando se poseen más armas nucleares que nadie y potencial bélico y militar para imponer razones. Lo que debería inquietarnos es la rapidez. Hasta ahora esto era un premio a la paz, no a querer ser pacífico, ¿no?
Así y todo la gente ¡se va a un concierto! ¿Qué hacen que no están en sus casas leyendo a Soros o a algún keynesiano revisionista que nos diga, al menos, cómo salir de la crisis económica? Porque de la política desde luego no nos salva nadie. ¿Es que no queremos ver? No. Pero sentimos de otra manera, lo dejamos ir un poco. ¿Qué hay de esas noches de rock, humo y luces, de irse y dejarse? Hoy se vuelven de nuevo necesarias. Hay que escapar de vez en cuando para volver… para ver, tenemos que salir para volver a entrar con fuerzas, tenemos que observar desde fuera. 
No me gustan los U2, pero sí otros muchos, y me gusta la música. Es necesaria para la vida, para vivirla. Y en los tiempos que corren más que nunca, a veces para deleitarse otra tantas para evadirse, el cuerpo pide música y no de atildadas sintonías de partidos ni de noticieros sensacionalistas. Nuestros oídos y nuestras almas reclaman música que es la única poesía de la que entendemos los que no sabemos de nada.
Hoy en día a veces se hacen las más grandes confesiones durante una conversación por Internet que se convierte en un intercambio de enlaces a canciones que nos definen el estado de ánimo. 
Esta semana he conocido a alguien interesante. Sus ojos son música y sus dedos ritmo. Sus palabras son la letra de aquellas canciones que hace tiempo me negué a oír porque no me daban la mano para no caer. Esa poesía de la cotidianeidad mezclada con los sueños de quienes creen que es posible. Inocente criatura política. Pero cree, y me hace creer. A mi novio del tren.

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