La insurrección popular desatada a lo largo de estas dos últimas semanas en Túnez con motivo de la precaria situación social que vive el país africano, viene a develar dos cuestiones clave para afrontar la compleja comprensión del sistema político internacional; por un lado aviva la esperanza de un cambio espontáneo en las estructuras de poder, tal y como ha demostrado la caída del dictador Ben Alí por la presión de la calle; mientras que por otro suscita el interrogante de cómo ha podido pervivir un régimen despótico de esas características durante 23 años ante el silencio de la comunidad internacional y, en especial, de la Unión Europea.

Jesús Benabat. Respecto a la primera de las nociones extraídas, ni los más posibilistas contemplaban la eventualidad de una revuelta exitosa en el marco de los países árabes del Norte de África, todos ellos anquilosados bajo el autoritarismo de familias reales, dictadores sempiternos y frágiles democracias; y donde los mínimos resquicios de libertad concedida a la población había ayudado a conformar una masa social inmóvil y disgregada. No obstante, todo poder tiene su límite, y ese se halla en la frontera que marca la desesperación por sobrevivir en un ambiente de asfixia y miedo donde ya no hay nada que perder.

Sólo así se explica la atormentada decisión del joven Mohamed Bou’aziz, un tunecino que llevaba en paro desde que se graduó en la Universidad hacía 5 años (como el 25% de los licenciados del país) y que intentó quitarse la vida quemándose vivo en público. A partir de esa extrema demostración de desaliento, secundada por varios compatriotas, un movimiento social sin precedentes se reprodujo de forma súbita por todo el país para denunciar el flagrante expolio que estaba infringiendo el gobierno de Ben Alí y su extensa y corrupta familia contra su propio pueblo. El resultado ha sido esperanzador; se ha arrumbado con un sistema perverso ramificado en multitud de organismos de represión (como la policía) y se ha abierto un proceso de reconstitución del país ante el empuje del espíritu irredento de su población.

Regresando a las cuestiones apuntadas al comienzo de este artículo, se nos antoja fundamental debatir acerca de la evidente connivencia de la que ha disfrutado el régimen de Ben Alí con las grandes potencias del panorama internacional. Hace tan sólo unos meses, el director general de esa diabólica organización denominada Fondo Monetario Internacional (FMI), Strauss Khan, no tuvo reparos en aseverar en una visita a Túnez que “la política económica del presidente Ben Alí es sana y un buen ejemplo a seguir”, posiblemente, debería haber pensado, porque se sustentaba en el yugo impuesto a su población para el solaz de la inefable cuadrilla de especuladores internacionales.

Incluso la Unión Europea, esa organización benéfica autocomplaciente y defensora a ultranza de los derechos humanos, contaba entre sus socios preferentes con Túnez, país cuya economía depende en un 80% de las inversiones (convenientemente ‘facilitadas’ por el poder) de empresas europeas, fundamentalmente aquellas que lo han convertido en el destino exótico y barato por excelencia para cientos de miles de turistas.

Duele pensar que nuestra ignorancia como sociedad ocupada en otros menesteres, ya sea el consumo desaforado o la claudicación ante las banalidades varias de los medios de comunicación, haya sido un requisito indispensable para que una dictadura como la sostenida en Túnez durante 23 años se mantuviese ajena a las críticas o a la presión internacional, pues ni si quiera sabíamos de su existencia. Deberíamos reflexionar acerca de lo que realmente conocemos y aquello que se nos oculta. Cuestionarnos el por qué de la cobertura mediática exhaustiva en torno a líderes populistas díscolos y la ignorancia absoluta sobre caudillos aceptados por el sistema de poder como aliados necesarios. Este, al fin,  es el mundo que hemos creado; la categoría de buenos y malos la impone quien mueve el dinero, aquel que vela por sus intereses más allá de escrúpulos cívicos y dicotomías morales.

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