Hoy podría caer en la tentación de desatar toda mi ira ciudadana contra las repercusiones aún no suficientemente meditadas de la reforma laboral emprendida por el gobierno español en un surrealista intento de paliar la sangría del desempleo abaratando los costes del despido.

Incluso podría clamar indignado por el acoso y derribo proyectado sobre el pueblo griego desde la cúpula europea; sin embargo, correría el riesgo de desfallecer de desánimo, de repetirme hasta la saciedad, de ser el mero eco de un clamor que paulatinamente se hace más poderoso. Por ello, hoy he decidido hablar del amor.

El día de San Valentín suele suscitar muchas e inexplicables suspicacias entre la ciudadanía. Se achaca que es una celebración impostada, creada artificialmente por los centros comerciales, todo un invento capitalista para elevar las cifras de venta en un mes complicado tras la resaca navideña. Indudablemente, los fines comerciales son inherentes a cualquier festividad o fecha señalada en el calendario; desde los santos, hasta Navidad, pasando por el día del padre o de la madre, pero quizás a estas no se las juzga con tanta vehemencia e intolerancia como al bueno de Valentín.

Si se piensa objetivamente, dedicar un día del año a la celebración del amor es, además de necesario en tiempos de un individualismo rampante, una bonita iniciativa para que todos aquellos (es decir, la mayoría) que han quedado irremediablemente prendidos de otra persona pongan un especial énfasis en su dedicación hacia ella, ya sea a través de declaraciones románticas de conquista (suicidas o no) o de reconquista, ya sea con actos de conmemoración de un amor perpetuado a lo largo de los años.

Naturalmente, el amor no es cosa de un día concreto en el que saldar las cuentas de meses de descuido, sino un sentimiento que subyace en el ánimo de forma constante, que modela una percepción de la vida enaltecedora de la auténtica felicidad. Festejarlo es, de este modo, una excusa para valorar el admirable logro que hemos alcanzado, la inmensa fortuna de sentir algo tan poderoso, tan sencillamente inspirador. Y no es necesario colmarse mutuamente de regalos o embarcarse en misiones imposibles deudoras del cine ‘romántico’ de Hollywood; basta con ser emocionalmente sinceros, dedicarse todo el tiempo posible y felicitarse por tan grata sensación de bienestar.

Celebrar el día de San Valentín no significa hacerle el juego a un sistema capitalista voraz e inclemente, pues al fin y al cabo todos (incluso aquellos que lo niegan) participamos de ese juego con cada uno de nuestros actos cotidianos. Así pues, dejemos el cinismo y el espíritu crítico para los temas que realmente los requieren; para la burla constante de nuestros políticos, para las injusticias de la justicia, para las dictaduras a las que nos somete el capital internacional o para las mentiras de los medios de comunicación; y tengamos un poco más ilusión para uno de los días más hermosos del año, el día del amor.

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