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Visitar a los difuntos con cita previa

Desde  hace más de cinco mil años, allá por el calcolítico, venimos recordando a nuestros difuntos, nuestros muertos. Testimonio de ello son los dólmenes o enterramientos “megalìticos” construidos con grandes losas de piedra. Estas tumbas se encuentran en la zona de La Mesa  de Gandul-Dólmen del Término-o sus alrededores-dólmen de El vaquero.

La Mesa de Gandul fue uno de los primeros asentamientos turdetanos. La  ciudad fue ocupada por los romanos (siglo III a.c) quienes le dieron el nombre de Irippo, hoy Alcalá de Guadaíra. 

Viene siendo costumbre de todos los seres vivos, entre ellos los humanos, eso morirse. Lo de honrar a sus seres queridos parece ser que sólo es patrimonio del hombre.

En nuestros días, un entierro es un acontecimiento social que forma parte de nuestra cultura. De aquellos velatorios que duraban toda la noche queda ya poco, debido a que la gente suele ir a nacer y a morir a ese sitio tan frío llamado hospital. Por eso las familias y allegados del difunto aguardan en una sala de espera a que se hagan los preparativos para llevar el cuerpo al cementerio, donde se celebrará una ceremonia religiosa-o no- Pocos van ya a la Iglesia. Desde que llegaron los tanatorios, se recibe en una salita decoradas con buen gusto y donde no es necesario pasar por encima del ataúd para dar el pésame, con lo que las personas más aprensivas se ahorran ese trago.

Yo recuerdo, cuando se murió mi abuelo que había mucha gente en toda la casa y mis tías iban y venían sirviendo unos platos de garbanzos a la hora de cenar y luego más tarde, por la madrugada una copita de aguardiente. Más tarde me costaría trabajo entender también que, inmediatamente después de la misa o del responso, acudiéramos en grupos a los bares a tomar café o una cerveza, según la hora. Luego comprendí que eso debía ser así: El muerto al hoyo y el vivo al bollo.

Lo del luto ya es otra cosa. Antes las mujeres se vestían  de negro durante más de un año y poco a poco se cambiaban el vestido por uno negro y blanco, mezclillado, denominado “de medio luto” hasta que por fin se volvían a poner el vestido de color. Yo no recuerdo a mi madre ningún vestido florido. Siempre llevó luto. Primero por mis abuelos, luego por mis tíos, más tarde por mi hermana…

Los hombres por su parte se ponían una corbata negra, un brazalete cosido en la manga de la chaqueta para pasar más tarde al botón negro en el ojal. ¡Qué cosas!Todo seguía unas reglas, un tiempo preciso, hasta que aquellos sentimientos de dolor, de tragedia fueran calmándose con el paso de las horas. La muerte de un familiar, de una persona querida, necesita un “luto”, un duelo que requiere tiempo para poderlo entender, aunque, desde luego nunca se olvidará. Ahora, con las prisas queremos que todo se olvide de un día para otro, que el doliente se sienta bien, que mire palante, que viva…sin apenas comprender que hay que dar tiempo al tiempo, que las heridas se curan poco a poco.

En estos momentos, con la que está cayendo, tal y como está el patio, digo el cementerio-el de San Fernando en Sevilla tiene su puerta que parece más la portada de una feria-es complicado hasta morirse. A tu velatorio solo podrá ir un número determinado, según aforo y deberán de sufrir un protocolo que tú dices, vamos, mejor vuelvo mañana. 

Este mes de noviembre es el mes de Todos los Santos y el de Los Difuntos, el mes dedicado al recuerdo de nuestros seres queridos.

¡Qué mes más triste, este que vine yo a nacer, el mes de los muertos!

Pues, entre las medidas protocolarias de este mes, en el que se tiene por costumbre realizar muchas visitas a los cementerios-antes en mi pueblo, cuando éramos chicos, nos llevábamos hasta la merienda porque ese día era todo una fiesta-las ofrendas florales se continúan a lo largo de todo el mes, en algunos pueblos duran todo el año y la masificación en estos lugares se hace inevitable. El negocio de la venta de flores está en auge y se anuncia hasta en la tele. 

Sin embargo, este año de pandemia, las autoridades han establecido una “cita previa” para que todos podamos acercarnos al camposanto. Lo que pasa es que no a todos nos ha tocado esos días claves del uno o el dos. En el pueblo de Alcalá del Valle ( Cádiz) las citas se dieron por sorteo…así todos salen contentos. Tendremos que conformarnos con una cita a final de octubre o a mediados de noviembre. ¡Total, qué más da! Digo, no acaban de celebrarse las comuniones correspondientes al mes de mayo…

A mi me causan mucho respeto estos lugares, aunque ponga cementerio municipal. Yo procuro no ir mucho, sólo cuando  sea estrictamente necesario, no sea que me vaya a ocurrir como a unas paisanas que fueron a arreglar el nicho de su padre y se quedaron encerradas.

Daba la casualidad que el año pasado por estas fechas hicimos un viaje al pueblo y quisimos hacer senderismo. Como hacía mucho que no íbamos, buscando los caminos, pasamos por las puertas del cementerio y yo iba diciendo:

-Ahí están enterrados mis abuelos y algunos de mis tíos…En ese preciso momento escuchamos voces que provenían de allí dentro.

-¡Socorro, oiga, muchacho!

Nos bajamos del coche y comprobamos que, detrás de las rejas había tres mujeres de distintas edades que permanecían agarradas a los hierros dando gritos.  Desde la cancela se veían algunos nichos con su lápidas y otros con una foto y unas palabras escritas que daban información del lugar dónde se habían encontrado aquellos restos y que ahora habían desenterrado,  por eso de la memoria, de una fosa común, aquella donde iban los ahorcados. O los que no habían recibido “cristiana sepultura” por distintos motivos.

Las tres “ánimas” nos hacían señas para que nos acercáramos.

Nos bajamos del coche y miramos, indecisos a las tres mujeres.

¿Sería una aparición? ¿cómo se habían quedado dentro estas mujeres?

¿No tenían teléfono para llamar a alguien es este caso?

Nos bajamos del coche y, a una cierta distancia, les preguntamos que qué querían.

-Acercarse, no os vamos a hacer nada…

Por si acaso, no nos acercamos mucho y les preguntamos que qué les había pasado.

-Nos hemos quedado encerradas. El guarda se ha ido y nos ha dejado aquí dentro.

-Mira que se lo dijimos, intervino la más joven.

-Si yo no iba a venir, dijo la de mediana edad,

-Este chiquillo…se entera de lo que quiere. Lo que no le trae cuenta no lo escucha, dijo la mayor. Ha pasado un hombre y le hemos dicho que llame a Pedro, pero de eso hace un rato y aquí no aparece nadie.

-¿A quién podemos llamar, tienen ustedes el teléfono?

-No, a ver si pueden llegarse a buscar a Manolito.

-Podemos llamar a un número del pueblo, díganme uno.

-Es que como no nos hemos traído el teléfono, no nos lo sabemos de memoria…

-Vaya, llamaremos a la policía local.

La policía local estaba comunicando, la guardia civil, de Osuna, nos dijo que haría algunas gestiones y el Ayuntamiento  estaba cerrado, pues era día festivo. 

Miramos hacia las mujeres y ya no estaban…fue entonces cuando corrimos hacia el coche, arrancamos y salimos echando chispas.

Yo paso de pedir cita, que la muerte como las enfermedades viene sola y te sale al encuentro, seguro, el día menos pensado.

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Sobre el autor

Lucre Romero

Lucre Romero

Maestra, especialista de francés. Titulada por la Escuela Oficial de Idiomas, colabora en La Voz de Alcalá desde el año 2003 y en el periódico local 'La higuerita' de Isla Cristina desde el año 2010. Desde 2014 coordina El Club de Lectura en Francés en la Biblioteca José Manuel Lara.

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