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Partido redondo del Sevilla, que arrolló al Granada en una primera parte vibrante y lo sentenció en la segunda, gustándose y con la grada, por completa, entregada.

El equipo toma impulso y el efecto Emery se impone en un grupo que ha recuperado la autoestima. Poco a poco, pero con firmeza y buena letra el Sevilla de Emery va tomando forma y despejando los nubarrones que ensombrecían el horizonte de Nervión hace unas semanas. Empezando desde atrás, porque apenas concede ocasiones al rival, el técnico vasco ha ido granjeando una identidad de equipo agresivo, justamente lo que pidió a su llegada, e intenso, que plantea los partidos sin ambages, lanzándose al cuello del contrario hasta que logra herirle y rematarle. Y eso, obviamente, engancha a todo el mundo, a los jugadores, que han retomado la confianza perdida, y a la afición, que vuelve a vibrar y que de nuevo ha hecho del Sánchez Pizjuán ese estadio temible para los visitantes.

Decir que el partido de esta noche fue un calco al del Zaragoza sería mentir, porque a diferencia del miércoles, el equipo no necesitó estar en superioridad numérica para anular al rival y lanzar una andanada de ataques que inevitablemente sólo podían acabar en gol. De la mano de un Reyes en forma, que probó varias veces a Roberto nada más empezar, el Sevilla puso la quinta marcha desde el arranque, generando fútbol por ambos costados y desbordando a un Granada que apenas podía guardar el equilibrio.

Pero ni Reyes ni Fazio ni Negredo, que las tuvieron, abrieron la lata, y el Granada tímidamente se estiró, aunque más que zarpazos apenas lanzó arañazos que el debutante Julián -muy respaldado por la grada- repelió con solvencia. Las intenciones granadinas, no obstante, se las cargó de un seco cabezazo el inconmensurable, una vez más, Kondogbia, cuyo rol en el grupo no cesa de crecer, asentándose como el verdadero hombre de contención y soltando más a Medel para apretar a los rivales. El francés remató de formidable testarazo un saque de esquina botado por Rakitic y lanzó a los suyos a por un triunfo que desde el comienzo se intuía cantado por la actitud de los sevillistas.

Esa determinación que mostró el equipo en el primer tiempo, no se abandonó en el segundo, pese a que las fuerzas aflojaran, lógicamente. El Granada, que movía el banquillo mirando hacia arriba, tomaba más protagonismo, pero el Sevilla sabía aguantarlo, sufría por momentos, pero lo hacía bien, como el púgil que se sabe ganador y que aguanta con inteligencia, encajando con destreza los ataques, un par de asaltos para tomar aire y lanzar después una sucesión de ganchos mortales. Eso es lo que hizo el Sevilla, esperar y atacar cuando el Granada pensaba abrazar el empate, besando finalmente la lona. Y todo, y esto hay que remarcarlo porque es el hombre junto a Navas más regular del equipo, por el empeño de Fernando Navarro de no renunciar jamás al cuero, y por la precisión que Rakitic tiene en su zurda prodigiosa, con la que sirvió un balón templadito al corazón del área para que Negredo dibujara una belleza de cabezazo, un remate de matador, cambiando el rumbo del esférico ante el patidifuso Roberto.

Quedaban 20 minutos para el final y el Sevilla, con la afición volcada, jugaba con la sonrisa en el rostro, gustándose, y con una venda en la cabeza en el caso de Medel, que tras abrirse una brecha en la cabeza, regresó al terreno de juego con ese aura guerrero que le mueve y caracteriza, esprintando en la presión como sólo él sabe y dándose el lujazo de hacer un tanto de auténtico delantero centro, tras amortiguar un rechace en el área chica y empalmar con virulencia al fondo de las mallas, poniendo la rúbrica a un partido donde la superioridad local fue irrefutable.

Resulta inextricable explicar que un Sevilla como el de esta noche sólo tenga 25 puntos en la tabla. Pero en el fútbol, y por manida que esté la frase no carece de verdad, no siempre se impone la lógica. Sí se impone la calidad, pero cuando viene acompañada de esfuerzo y confianza. Esos dos factores tan difíciles de controlar, sobre todo el último por su condición intangible, los ha congeniado Unai Emery con el talento que se le presupone a un plantel que tiene futbolistas de indudable valía que se apagaron en noviembre y congelaron el ánimo de Nervión. El Sevilla respira de otra forma, juega sin complejos, pisa fuerte, se exhibe liberado… El equipo, de alguna manera, ha vuelto a ser el que ilusionó a comienzos de campaña. El efecto Emery se deja notar y toma una forma muy atractiva y, lo que es más importante, aparentemente –porque aún es pronto- real, justamente en el momento más indicado del campeonato. Con un partido como el de este lunes, es lícito soñar el jueves con algo grande, una vez más. 

Crónica facilitada por el Sevilla FC

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Equipo de redacción de Sevilla Actualidad