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Crítica. Un espectáculo visual sin concesiones. Puro disfrute fílmico. Una oda desenfadada y frenética al amor. Posiblemente, el mejor musical de todos los tiempos.

Jesús Benabat. Es indudable que en la filmoteca personal de cualquier cinéfilo deben ser halladas algunas de esas obras inmortales enraizadas en la cultura patrimonial del séptimo arte; películas de grandes autores, manuales visuales de la elegancia y la clase más universal, cintas, en fin, canonizadas como joyas necesarias para cualquier individuo con la más mínima inquietud intelectual. Sin embargo, sería ingenuo e incluso absurdamente elitista desnudar al cine de una de las virtudes que, por otro lado, configuran su esencia más primigenia; el entretenimiento.

El cine, además de una vía privilegiada hacía la reflexión, se erige como una de las creaciones humanas más ingeniosas de nuestra historia por el mero hecho de utilizar una materia prima tan común como la vida misma y retorcerla hasta los límites creíbles del puro disfrute contemplativo. Se trata de imaginar, soñar, ir más allá del estatismo de la vida humana para congraciarnos con las maravillas de una realidad paralela y lejana.

Toda esta reflexión acerca de la dualidad del cine como arte del entretenimiento y la reflexión carecería  absolutamente de sentido si no me dispusiese a hablar de una de esas películas que han llenado de color mi febril imaginación de joven enamoradizo tantas veces que mi memoria es incapaz de recordar el número exacto. Y es que Moulin Rouge, ese musical hiperromántico, vanguardista, acelerado e inifinitamente deleitable, se constituye como un ejemplo manifiesto de cómo una película puede ingresar en el selecto grupo de las grandes obras maestras de nuestra filmoteca por el simple método de la diversión más desaforada; ni siquiera importa la calidad formal de la propuesta, únicamente es necesario abrir bien los ojos y sentir cómo penetran en tu mente una sucesión de imágenes tan trepidante como absolutamente original.

El verbo me puede cuando hablo de Moulin Rouge. Es una dolencia tan alucinógena que ya no sé si estoy ante una magna obra del cine moderno o ante un mero engaño con suntuosos decorados y un argumento de cartón-piedra. En realidad sí lo sé, y compadezco a todos aquellos que han desarrollado un juicio crítico tan espeso y refinado que son incapaces de disfrutar de un espectáculo clásico con estética posmoderna inigualable en nuestros tiempos. Cuestión de amor y corazones rotos.

«Fuera las cosas serán trágicas, pero aquí todo es magia» es lo que entona con inverosímil intuición ese bufón pasado de rosca y de ingeniosa verborrea llamado Harold Zidler. El Moulin Rouge es eso, un sugerente decorado para pasar una noche inolvidable; volantes agitados con fruición por damiselas empolvadas, señores respetables con caras sonrojadas, el color en movimiento al son del vertiginoso ritmo del Can Can, música, baile, lujuria, nihilismo desbocado, el movimiento bohemio en todo su esplendor, una función inmortal acerca de la libertad, la belleza, la verdad y el amor. Una explosión para los sentidos.

Sí, el amor como vértice primordial de la obra en medio del vórtice estético-musical. Una clásica historia de amor que no deja de ser conmovedora por su evidente desenlace y sus poca disimuladas conexiones con la novela de Alejandro Dumas, La dama de las camelias (una lectura muy recomendable, asimismo). El chico ingenuo y enamoradizo que aterriza en el París bohemio y desenfrenado de 1900, su accidentada entrada en el mundo del espectáculo, el fulminante flechazo con la cortesana-estrella del burdel con más encanto de la ciudad y el inexorable camino romántico hacia la desgracia. Para darles forma, ahí están Ewan McGregor, genial en su doble papel de actor y cantante, y una Nicole Kidman pícara y divertida a veces, y dramática y convincente en otros.

Moulin Rouge supura en cada plano un romanticismo llevado al exceso por el hipnótico poder de la música y la coreografía espectacular de legiones de extras concebidos como perfecta maquinaria rítmica. Nos encontramos ante el discurso más radical y atrevido del cine-espectáculo de nuestra época por una sencilla razón; Baz Luhrmann concibe cada minuto de metraje como una oportunidad idónea para abrumar al espectador con un poderío visual inaudito y golpearlo en la fibra sensible con una historia de amor inmortal. Y todo ello a través de la acción frenética, sin ofrecer respiro alguno, entre números musicales tan brillantes como fastuosos.

Cómo olvidar ese arranque a ritmo de popurrí entre el Can Can y Nirvana, o el pasaje en el nuestro protagonista encandila a la bella Satine con el Your Song de Elton John, incluso el Like a Virgin surrealista de Jim Broadbent (una interpretación para el recuerdo, especialmente cuando emula a Freddy Mercury) y Richard Roxburgh. Mención aparte precisa el tango de Roxanne, con un montaje y un intercalado de canciones que quita la respiración, o ese epílogo majestuoso de mutantes texturas y cadencias absolutamente genial en el que los amantes se reencuentran antes de la tragedia romántica deudora de su época.

Moulin Rouge es un verdadero goce para los sentidos. Las palabras apenas fluyen para retratar lo que es en sí misma una maravillosa función de teatro inmortal para románticos empedernidos y soñadores incorregibles. Véanla, disfruten y ¡que viva el amor!

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