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Buried (Enterrado), una experiencia fílmica sin concesiones (****)

Crítica. La segunda película de Rodrigo Cortés confirma el virtuosismo del realizador español en un ejercicio apasionante de tensión sostenida, claustrofobia y suspense. Toda una experiencia para cualquier espectador en busca de adrenalina.

Jesús Benabat. Son necesarias dosis ingentes de osadía, coraje y escaso temor al fracaso para llevar a cabo uno de los experimentos fílmicos más estimulantes del año. Y el joven director español Rodrigo Cortés lo ha hecho con una maestría que ya quisieran para si legiones de experimentados realizadores con demasiado ego para reconocer el talento desmedido de las nuevas generaciones.

Buried (Enterrado) es una apuesta radical por el cine de espectáculo bien confeccionado, a medio camino entre el consumo rápido del público de multisalas y el disfrute pausado de los más acérrimos amantes del cine. Si no fuese así, sería incomprensible el aplauso unánime de la crítica internacional y nacional a la película, o las largas colas bajo la nieve que pudieron verse en el pasado Festival de Sundance, donde se proyectó con enorme éxito.

Sus razones tiene; una premisa  cuyo riesgo y arrojo ha disuadido a lo largo de los años a productores y cineastas incapaces de apenas vislumbrar su potencial (el famoso episodio televisivo de Quentin Tarantino para CSI Las Vegas, aunque con un punto de partida similar, ni siquiera se acerca a la estructura discursiva del film de Cortés); un uso claustrofóbico del tiempo y el espacio francamente espléndido; un ritmo constante y trepidante propio de una película de acción; ese suspense tangible y desquiciante que aflora los nervios al más sosegado; e incluso una trama que, aun con la evidente limitación de su premisa, se desarrolla brillantemente sin dejar títere con cabeza. Al fin y al cabo, se nos habla de la guerra de Irak en un insólito fuera de campo mucho más revelador y consistente que otras multipremiadas y cobardes apuestas hollywoodienses.

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Rodrigo Cortés únicamente necesita a Ryan Reynolds (con una carrera a sus espaldas más que cuestionable; X-men Orígenes, La proposición, Definitivamente quizás), un ataúd (en realidad fueron siete para adaptarse a las diferentes necesidades de la trama), una fotografía sensacional en claroscuros de Eduard Grau y la inquietante música de Víctor Reyes para montar un apasionante experimento cinematográfico de 90 minutos de tensión constante. Desde el primer instante, además. Una pantalla en negro en la que crece en perceptibilidad la respiración entrecortada de una persona, sus primeros movimientos, la frustración ante el espacio claustrofóbico y la percatación de lo que le está ocurriendo; una recreación, en fin, del despertar de una pesadilla demasiado real para que acabe.

Paul Conroy es un transportista norteamericano que trabaja en Irak cuando es secuestrado tras un ataque de un grupo islámico al convoy en el que se desplazaba. La imagen inminentemente posterior a este suceso que obtiene Conroy es el lúgubre interior de una caja de madera iluminada por el leve fulgor de un mechero. Lo único que hay allí dentro es un móvil mediante el cuál deberá encontrar la ayuda necesaria para escapar. Se inicia, pues, una macabra carrera contrarreloj por su supervivencia, para la que deberá permanecer con el grado máximo de equilibrio mental si no desea desistir en su vital empeño.

A tenor de las absurdas y condenables desvelaciones de la trama que se han venido dando en algunos medios de comunicación “serios”, la recomendación más sensata es acudir al cine a ver Buried sin mayor información que la de común conocimiento, como una aventura cinéfila que vivir en la sala oscura del cine, algo que, sin duda, brilla por su ausencia en el panorama actual. Y es que Cortés consigue sorprender y convencer. Es indiferente que se cometan errores técnicos de iluminación o enfoque, la película logra la improbable hazaña de mantener al personal pegado a su butaca en todo momento mientras presencia la agónica aventura de un hombre enterrado en un ataúd.

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Para los más escépticos, Buried entretiene y apasiona por igual, juega con el espectador a su antojo con guiños de irónica siniestralidad, golpea a su personaje con la indiferencia enervante de las figuras “ausentes” del espectáculo, tan crueles como la más cruda y enrevesada realidad. El bueno de Conroy puede hacer frente a las diversas complicaciones que le surgen a lo largo del metraje (y tengan por seguro que son muchas y peliagudas), pero cómo luchar contra el sistema burocrático de un país sustentado en la mentira y los dobles raseros, manifestado a través de esa implacable voz metálica de funcionario que tras su jornada rutinaria regresa al dulce hogar con su familia. La catalogación es bien simple; víctima o cómplice en un mundo de daños colaterales.

Memoricen este nombre; Rodrigo Cortés. Tras su notable ópera prima, Concursante, salva el escollo de llegar al gran público. Ahora ya prepara su primera incursión estadounidense de la mano de Sigourney Weaver, Red Lights. Esperemos sinceramente un futuro prometedor a un realizador con un virtuosismo desarmante. Si ha conseguido encandilar con esta historia imposible, nada se puede interponer en su camino a la gloria.

Pueden leen más críticas en; elcinequevivimospeligrosamente

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